Revista N° 65 - 2017

Actualidad Internacional

África en transformación

Por Lionel Zinsou
Economista franco beninés

El crecimiento demográfico, de la inversión, de la industria y del comercio, así como la aplicación de tecnologías de última generación, sitúan a África como el continente que en las últimas dos décadas se ha transformado a un ritmo jamás visto en la historia. Este impresionante desarrollo, muchas veces ignorado por los países occidentales, puede apreciarse en las innumerables mejoras en la calidad de vida de los africanos, así como en innumerables aspectos negativos.

África vive desde hace unos veinte años una serie de cambios, de metamorfosis, que por su rapidez y profundidad son bastante poco comunes en la historia e incluso son bastante difíciles de imaginar por actores de otros continentes.

Recuerdo que hace dos años el presidente francés, François Hollande, estuvo de visita oficial en Nigeria y hablando con industriales franceses éstos le dijeron que el año anterior, sus exportaciones hacia Nigeria habían aumentado un trece por ciento. Esto lo consideró un importante logro porque el comercio exterior de Francia había estado estancado en 2013. Pero arruinaron un poco la satisfacción de Hollande al decirle que ese año Nigeria había aumentado sus importaciones y, además, sus exportaciones, un veinte por ciento.

Nigeria, con respecto a la economía francesa, se ha desarrollado notablemente, y también respecto de todos los países europeos que tienen cifras de crecimiento menores a las de África. Para un europeo es difícil imaginar que el crecimiento del continente africano desde hace veinte años, sea del cinco por ciento para el valor agregado y, debido al avance de África en el comercio internacional, las cifras del intercambio, al igual que las cifras de la inversión en África, son muy superiores al crecimiento del PBI.

Con mucha frecuencia, en la mirada de los europeos sobre el cambio en nuestro continente hay algo humillante para los africanos, que consiste en considerar eternamente a pueblos que se han vuelto soberanos, como si todavía fueran inferiores en su soberanía, como que tienen una soberanía incompleta que no llega a asumir todas sus obligaciones.

África vive un ritmo de transformaciones que pocos países han realizado, y este crecimiento económico, medido por el PBI, se sustenta en razones fundamentales, especialmente por razones demográficas.  Benín, por ejemplo, tuvo en los últimos diez años un crecimiento demográfico de 3,7 por ciento anual.

Sin embargo, esta mirada que va a volverse en contra de Occidente, une enormemente a África con China. El país asiático ha aumentado sus exportaciones hacia África en cifras que parecen inimaginables: treinta y cinco por ciento cada año, durante veinte años. Esto, sumado a la solidaridad con India, con Turquía y una nueva solidaridad con América Latina, representa una metamorfosis absoluta que Occidente no comprende, y se comete un error mayor al no ver la rapidez de las transformaciones.

Tengo la impresión de que la evolución de los últimos años de la Argentina, o la increíble metamorfosis de América Andina no fueron percibidas como tampoco lo fueron las transformaciones profundas del África Subsahariana. A mi mitad francesa le cuesta mucho comprender cómo no somos capaces, en Europa, de mirar a la globalización de frente.

Tanto es así que hemos llegado a negar las evidencias y a cuestionar todas las cifras.

Cada vez que el FMI revisa las cuentas nacionales de un país africano, las revisa en alza, porque el crecimiento económico de África Subsahariana no es lo que piensan los europeos, está subestimado.

En 2014 se revisaron las cuentas nacionales de Nigeria, y el PBI dio un 89 por ciento por encima de las cifras que se utilizaban. En 2013 se habían revisado las cuentas de Ghana, y dieron un 40 por ciento por encima de las cifras que se utilizaban.

La certidumbre europea es que el cambio en África no es profundo, que no resuelve sus problemas. Por eso se cuestionan las cifras y se sospecha que están sobreestimadas. Lo cierto es que objetivamente hay una subestimación flagrante.

África vive un ritmo de transformaciones que pocos países han realizado, y este crecimiento económico, medido por el PBI, se sustenta en razones fundamentales, especialmente por razones demográficas.

La demografía africana se está acelerando. Benín, mi país, tuvo en los últimos diez años un crecimiento demográfico de 3,7 por ciento anual. En los diez años anteriores, el crecimiento había sido de 3,5 por ciento. Recordemos que la revolución demográfica europea ocurrió al duplicarse la población a lo largo del siglo XVIII, es decir, a un ritmo de 0,7 por ciento por año. Incomparable al 3,7 por ciento que vemos hoy.

A la vez, debemos comprender que en África la fecundidad está bajando. Níger es el país en el que hay más hijos por mujer: más de seis. Pero en todos lados, incluso en Níger, la fecundidad está bajando. Lo que hace que el crecimiento demográfico se acelere es el aumento de la esperanza de vida. Hay países en los que la población sigue aumentando fuertemente, como Túnez, aunque ya tiene indicadores de fecundidad europeos, 1,8 hijos por mujer.

En Benín hay seis hijos por mujer en el norte, mientras que en la capital hay tres hijos por mujer. Esto quiere decir que la transición demográfica ha comenzado, pero el crecimiento demográfico se está acelerando. Esto no es una paradoja, es efecto de un factor diferente al de fecundidad, es la esperanza de vida lo que convierte en muy joven a la composición de población. África es, incluso delante de Asia, el continente que tiene más jóvenes en edad activa. Lo que es una ventaja considerable con respecto al equilibrio entre la cantidad de niños y de personas en edad avanzada. Somos, lo cual es totalmente ignorado, el continente que genera la mayor cantidad de excedentes de seguridad social y de retiro, ya que tenemos la composición de población activa más joven del mundo. Esto va a darnos treinta o cuarenta años de ventaja contra el envejecimiento estructural.

Por otra parte, hay una falsa creencia sobre África y los “niños soldado”. Ni los nigerianos, ni los liberianos, ni los sierraleoneses se vuelven niños soldado. Las guerras civiles duran momentos, pero se detienen. No digo que ya no haya niños soldado en África, ni que no los vaya a encontrar en República Democrática del Congo, en Burundi, en Sudán o en Eritrea, eso es indudable. En el caso de Níger, por ejemplo, este país tiene un crecimiento medio que lo vuelve incapaz de absorber toda la cohorte de sus niños, pero aun así absorbe más del cincuenta por ciento de esa cohorte.

El niño nigerino, a pesar de Boko Haram, hoy está rodeado de una dinámica económica lo suficientemente fuerte como para que ese no sea su único destino. No podemos presentar el hecho como consecuencia de la miseria. Es una consecuencia de fenómenos como el desarrollo de estas sociedades guerreras, pero no es la miseria lo que crea sociedades guerreras. No hay una correlación estricta entre sociedades guerreras y miseria.

Por lo tanto, la imagen sobre la cual deberíamos hacer foco es aquella de un África que crece fuerte y sosteniblemente, y cuyo crecimiento es endógeno; es decir, un África cada vez menos extrovertida que participa cada vez más en el intercambio internacional, pero ya no desde una economía “de trata”. Es cada vez menos una economía cuya dinámica consiste en exportar productos brutos al resto del mundo.

Si examinamos la composición del PBI de África vemos que se ha transformado en un continente terciario. En Benín, que lo tomo como ejemplo porque es un país promedio del África Subsahariana, el sector terciario, es decir, el comercio, la logística, los servicios financieros y las telecomunicaciones, son objeto de una revolución. Los dos sectores que crean más empleos son contra intuitivos: los servicios financieros y las telecomunicaciones. Todo lo relacionado con las nuevas tecnologías de la información, que representan el sesenta por ciento de la riqueza nacional. Por ello, ya no somos, en nuestra dinámica fundamental, productores de cacao, de oro y de petróleo. África se ha convertido en un continente terciario.

En segundo lugar, África tiene hoy un índice de industrialización que hace sonreír a los europeos, que piensan que África es esencialmente agrícola. El índice de industrialización, de industrias manufactureras, ha llegado a ser superior al de Europa, que se ha desindustrializado.

El cliché es profundamente falso. Hay que dejar de mirar sólo nuestros pozos petroleros y nuestras plantaciones de mandioca o cacao; también hay que mirar las fábricas de automóviles, de componentes electrónicos y, sobre todo, de materiales de construcción y de bienes de consumo. Como todo continente con un crecimiento importante de la demanda final de consumo, tenemos una industria que es, en principio, de bienes de consumo. Por supuesto que la agricultura sigue siendo muy importante, representa el veinticinco por ciento de la producción nacional de África, y ocupa al cincuenta por ciento de la población activa.

Es necesario deshacerse de la mirada europea, hay que considerar a África según la mirada que ella tiene sobre sí misma, y según las cifras de base. África es un continente que está desarrollando actividades fundamentalmente endógenas. Y el aumento del crecimiento africano en veinte años no es, en principio, en las materias primas.

Tenemos un África que vota; mejor o peor, pero vota. En Benín la participación en las elecciones es del ochenta por ciento. Tenemos un África en la que, salvo en algunos países, no hay ningún escepticismo con respecto al avance que representa la libre expresión de la opinión.

Además, tenemos un África de los sectores privados. Antes de las grandes olas de privatización de los años noventa, no había sector privado. Pero hoy, treinta años después, existe una cantidad increíble de start-ups y de incubadoras. Hay una juventud innovadora que crea y emprende de manera espectacular. Esta es nuestra nueva África, y nos humilla profundamente cuando se tiene sobre nosotros una mirada diferente.

La velocidad de los cambios es absolutamente increíble y se ve por lo que hay de positivo, como la caída de los índices de mortalidad, y también se ve por lo negativo, una urbanización absolutamente desenfrenada y totalmente descontrolada, con efectos de contaminación dramáticos. Por ejemplo, a cien kilómetros de Porto Novo, la capital de Benín, está la ciudad de Lagos, en Nigeria, que tiene veintidós millones de habitantes en una superficie de mil kilómetros cuadrados. Esta increíble aceleración provoca anomia social, polución, fenómenos de parálisis urbana total, tanto en Lagos como en Nairobi, en Abiyán o en Acra. Pero aun así, en veinte años, cien millones de habitantes superaron el umbral de la pobreza.

La velocidad de los cambios es absolutamente increíble y se ve por lo que hay de positivo, como la caída de los índices de mortalidad, y también se ve por lo negativo, una urbanización absolutamente desenfrenada y totalmente descontrolada, con efectos de contaminación dramáticos.

Enfrentamos tres problemas muy singulares. El primero es que el crecimiento de África, a diferencia de lo que se observaba en Asia, no reduce la cantidad de pobres. Hay más ricos, más millonarios, la clase media es muy numerosa, pero tenemos más pobres y excluidos. Por ejemplo, en 1960, año de la independencia, Benín, tenía dos millones de habitantes, de los cuales el setenta y cinco por ciento vivía por debajo del umbral de pobreza. La obra civilizadora había sido modelo en sus efectos, la colonia dejó un millón y medio de excluidos. Hoy Benín tiene diez millones de habitantes, un tercio de los cuales viven por debajo del umbral de pobreza. Es decir, tres millones de personas. Eso significa que siete millones de personas superaron el umbral de pobreza, pero hay dos veces más pobres y excluidos en el Benín de 2016 que en el de 1960. En el campo la presión de la pobreza es bastante fuerte y más aún en el mundo suburbano. Los muy precarios barrios periféricos de las grandes ciudades africanas se han vuelto hogares de anomia social.

Esta paradoja de nuestro crecimiento se explica en gran parte por el fuerte crecimiento demográfico.

El segundo problema es que si bien los índices de urbanización aumentan, en el campo hay cada vez más habitantes. Es decir, tenemos un crecimiento demográfico suficiente para aprovisionar el crecimiento urbano más fuerte que haya existido en el mundo y a la vez, un crecimiento en el campo, menor, pero asimismo crecimiento. No estamos en un modelo de éxodo rural para poblar las ciudades, sino que existe éxodo rural y a la vez el campo crece en población. Esto plantea diversos problemas de equilibrio que en un contexto de cambio climático son difíciles de manejar.

África tiene que resolver problemas que nadie ha tenido. Los europeos pretenden explicarnos cómo dominar la urbanización. Las lecciones se escuchan con cortesía y la mayor atención, pero en 2040 vamos a tener quinientos millones de habitantes urbanos más que en 2016. En ningún lugar del mundo ocurrió esto, ni siquiera China experimentó semejante proceso, lo que va a demorar veinte años en África le ocurrió China en ochenta. Europa tiene quinientos millones de habitantes. No puede explicarnos cómo instalar en las ciudades, en cuanto a alojamiento, educación y salud, quinientos millones de personas.

En Francia se preocupan porque Bordeaux, que hoy tiene ochocientos mil habitantes, en veinte años va a tener un millón. Nosotros, en Cotonou, tenemos ochocientos mil habitantes que en cinco años van a ser un millón.

No podemos utilizar las soluciones europeas. Utilizamos soluciones tecnológicas, porque no tenemos opción. Y además hay una gran diferencia con Europa. Las soluciones tecnológicas no nos desestabilizan, no destruyen nuestros empleos.

No le tememos a uber -la renta de autos con chofer que no son taxis-, porque no tenemos taxis. Tampoco tememos al auto autónomo porque no tenemos autos. El mercado africano de automóviles es semejante al mercado francés, dos millones de vehículos por año. Pero no somos sesenta millones, somos mil doscientos millones. No le tememos a los pagos por celular. África se está estableciendo como el número uno mundial en el pago por monedero electrónico. Y eso no desestabiliza nuestro sistema bancario, porque no lo tenemos. Utilizamos tecnologías que no nos desestructuran.

Las soluciones tecnológicas no nos desestabilizan, no destruyen nuestros empleos. Por descuido o por defecto, vamos a utilizar las tecnologías más modernas. Porque no existen las etapas de crecimiento. Es lo que algunos historiadores llaman “la ventaja del retraso”: pasamos rápidamente a la última generación.

Lo mismo ocurre con las energías renovables, que va a permitirnos desarrollar la electrificación rural. Es imposible hacer una electrificación de manera económica en África. No podemos instalar cuarenta kilómetros de cables de la red nacional para gente que va a consumir una centésima parte de lo que consume un argentino hoy. Por el contrario, todos los sistemas descentralizados de energía, solar o de biomasa, son la solución por excelencia. Entonces, por descuido o por defecto, vamos a utilizar todas las tecnologías; en realidad, las más modernas. Porque no existen las etapas de crecimiento. Es lo que algunos historiadores llaman “la ventaja del retraso”: pasamos rápidamente a la última generación.

El último problema, que se está resolviendo a gran velocidad, pero que objetivamente continúa, es que debemos hacer un esfuerzo, a través de las inversiones, que nunca nadie ha hecho en el mundo. Estamos obligados a que el cambio en África no produzca todos esos aspectos de anomia social, de exclusión, con todos los riesgos de radicalización que implica. Los riesgos de tener una juventud que sabe perfectamente a qué tiene derecho, y que no puede tener acceso a ello.

Tenemos un estrangulamiento muy particular que es la falta de capital y no un problema vulgar de financiamiento. Estamos condenados como africanos a hacer cambios que no implican contenidos en el trabajo, en los sectores que contienen menos en trabajo. El primero es el sector de la energía, que es costoso en capital. África está en un apagón eléctrico total. El setenta y cinco por ciento de los habitantes no tienen electricidad. La necesidad de invertir en energía para la economía y para los aspectos sociales fundamentales es enorme. Pero las centrales eléctricas, solares o nucleares, o las refinerías, no implican a los asalariados. No hay dólar invertido que implique menos empleo.

El segundo sector más intensivo en capital es el del agua. Necesitamos controlar el agua ya que hay regiones enteras en estrés hídrico, por ello, tener agua es tener capital.

El tercer sector más intensivo en capital es la agricultura, que tiene la particularidad de que los aumentos de productividad son tan grandes que nos va a transformar en el granero de soja del mundo. Vamos a tener, en la mayoría de los grandes cultivos de cereales, avances absolutamente fenomenales. Pero la agricultura, al modernizarse, destruye el empleo.

Estamos en una situación en la que nuestros cambios alimentarán nuevos conflictos, que no tomarán la forma de los niños soldado en las guerras atroces por el diamante en Sierra Leona o en Liberia. Ni estaremos necesariamente en situaciones del tipo de Boko Haram. Sin embargo, estaremos en situaciones en las que habremos creado un inmenso problema social, desigualdades muy importantes y tendremos un riesgo de asociación entre terrorismo, desequilibrios sociales y anomia social.

 

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