Revista N° 66 - 2017

Debates

El futuro de la democracia

Por Juan Gabriel Tokatlian
Politólogo y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella.

La democracia está en peligro. Vuelven a aflorar con plena vigencia períodos de tremendas luchas de clases, que serán muy costosos en términos sociales, políticos y económicos. El problema de la desigualdad y el de la injusticia están en el corazón de este proceso y que tiene una dimensión muchas veces no computada que se refiere a lo que está pasando con las nuevas generaciones.

A los fines de tener parámetros de debate sobre la cuestión de la democracia, tomando el título que nos invita, que parte de una pregunta: ¿Adiós a la democracia?, propongo tres tipos de reflexiones distintas.

La primera es: ¿desde qué perspectiva mirar la cuestión de la democracia?; ¿cómo nos aproximamos al tema de la democracia?

Existe, históricamente, una coincidencia muy peculiar entre el mundo del pensamiento liberal y el mundo del pensamiento socialista respecto del devenir histórico. En él, los procesos son, en general, ascendentes, perfectibles, casi inexorables y siempre hay un mañana que va a superar el presente. En consecuencia, hay una visión tácita de progreso. Buena parte del pensamiento moderno y buena parte del pensamiento liberal y socialista, está montado sobre esta idea de progreso.

No comparto esta mirada, no porque no crea en sus méritos, que los tiene en algún sentido, sino que propongo, a los fines de abordar este interrogante, una mirada vinculada con los procesos dinámicos y dialécticos que tiene la historia, donde hay avances y recaídas, mejoramientos y regresiones, flujos y reflujos.

Desde esta perspectiva, desde una visión más cíclica, más ponderada y menos determinista, encontramos que no estamos a punto de decir adiós a la democracia, sino que deberíamos preguntarnos desde otro lugar la cuestión de la democracia. Voy a poner a este tema en parte del debate que se ha dado en los últimos cincuenta años.

Si hoy tomamos cualquier publicación, anglosajona en particular o continental europea, vamos a encontrar un sinfín de referencias al fin de la democracia: la democracia terminal, la democracia agotada, la democracia sucumbiendo, la democracia ya en su fase agónica. Esta idea definitiva, categórica, inexorable, predeterminada, la hemos tenido en los años sesenta. Daniel Bell, por ejemplo, hablaba del fin de la ideología.

En los ochenta apareció un debate, particularmente en la literatura anglosajona, en el contexto de una cierta détente entre la Unión Soviética y Estados Unidos, sobre el fin de la guerra. La guerra ya no tenía sentido, no iba a haber más confrontaciones. Hay una infinidad de trabajos en esta materia. En esta misma década también aparece el tema del fin de la soberanía, que declamaba que ya no tiene sentido pensar en clave convencional, el modelo europeo era la muestra clara de cesión de soberanía y había que pensar desde otro lugar.

El debate sobre el fin de la democracia tiene los mismos contenidos que aquellos viejos debates. Ni la soberanía, ni el Estado, ni las guerras, ni las ideologías, ni la historia han terminado. Estamos ante procesos sociales, políticos e históricos muy complejos donde no hay nada insalvable e inexorable.

En los noventa surge la idea del fin de la historia. El texto de Francis Fukuyama es emblemático en este sentido.

También hay otros fines… El fin de la geografía, que planteaba que las finanzas internacionales y la globalización nos iban a integrar masivamente y, por lo tanto, no importa en qué lugar del mundo estemos ya que terminaremos en una plataforma plana del entorno internacional; el fin del Estado, que se iría retrayendo frente al mercado, etcétera.

Es inagotable la cantidad de textos, publicaciones, libros y ensayos que, en los últimos cincuenta años, trataban sobre el fin de todas estas cosas.

Hoy asistimos al debate sobre el fin de la democracia, que más o menos tiene los mismos contenidos que aquellos viejos debates, en el sentido de que nada de esto ha terminado, ni siquiera la democracia. Ni la soberanía, ni el Estado, ni las guerras, ni las ideologías, ni la historia han terminado. Estamos ante procesos sociales, políticos e históricos muy complejos donde no hay nada insalvable e inexorable. Lo que se necesita en esta época es saber observar, escuchar e interpretar. El pensamiento terminal, categórico y determinista nos lleva a evitar la reflexión, el debate y la deliberación.

Para aproximarnos al tema de la democracia debemos ser menos impacientes, no anunciar su debacle final ni su colapso inminente, sino darle a lo que ha estado sucediendo un carácter analítico, histórico y descriptivo.

Esto me lleva a la segunda reflexión: ¿Es pertinente plantear un adiós a la democracia? Más allá de la mirada de la historia que tengamos, lo que tenemos que buscar son las razones del malestar por la democracia liberal, que es algo distinto y nos lleva a una reflexión diferente.

En este sentido, considero que estamos viviendo un segundo ajuste histórico de la democracia. Desde hace mucho tiempo –existe una literatura prolífica al respecto- existieron muchas argumentaciones con respecto a los límites de la democracia -en particular los límites a la participación- y con respecto a la relación entre la democracia y el capitalismo.

El primer momento histórico de un ajuste de la democracia lo encontramos en los años setenta. Entonces existía la percepción extendida, particularmente en Occidente y específicamente en las principales economías, que el sistema estaba sobrecargado, que había demasiada participación, un exceso de demanda de la sociedad y de deseos de transformación. Un conjunto de elementos provenientes de hechos del largo ciclo histórico, desde los cincuenta en adelante, tanto del capitalismo como de la democracia, exige poner un límite, un coto o alguna restricción a estos avances. Detrás de esto hay un conjunto de actores con poder que ven que las crecientes demandas sociales, los movimientos alternativos, las impugnaciones del poder, etcétera, comienzan a generar los primeros cimbronazos del régimen democrático liberal.

Así, en los años setenta comienza un gradual desmantelamiento del Estado de bienestar. En los países latinoamericanos fue más evidente, pero también ocurrió en Europa. La idea central, incluso antes de la desaparición de la Unión Soviética, era replegar el Estado, avanzar con las fuerzas del mercado y desbaratar ese conjunto de derechos adquiridos que habían tomado los movimientos sociales, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial.

Los elementos que nos mostraban el debilitamiento, la retracción, las contradicciones y las tensiones de la democracia, empezaron en los años setenta.

Lo que estamos viendo ahora es un segundo momento de ajuste. En ese sentido, el estado de la democracia en términos generales, es peligroso. Este segundo ajuste ya no solamente significa el desmantelamiento gradual del Estado de bienestar, sino que estamos a costas de una situación en la que vuelven a aflorar con plena vigencia momentos de tremendas luchas de  clases, que van a ser muy costosas en términos sociales, políticos y económicos.

Tenemos que poner el lente, no tanto en las consecuencias del debilitamiento de la democracia; esto es, no tanto en por qué hay en la actualidad tanta xenofobia, tanta desconfianza en los políticos, una criminalidad en ascenso, una gran destrucción ambiental; sino en los factores, causas o motores que han llevado a esta situación.

El orden de las preguntas debe ser el que mire las motivaciones, los motores y los intereses. El problema de la desigualdad y el de la injusticia están en el corazón de un debate que requiere urgentemente más voces y más polémica.

Si uno toma estos últimos dieciséis meses en la Argentina, para poner un ejemplo cercano, ni la palabra desigualdad ni la palabra injusticia están en el corazón de casi ningún actor político; empezando por el gobierno y terminando por la oposición. Es un tema casi rezagado, olvidado, dejado de lado.

Este segundo momento histórico de ajuste de la democracia ya no sólo significa el desmantelamiento gradual del Estado de bienestar, sino que estamos en una situación en la que vuelven a aflorar momentos de tremendas luchas de clases, que van a ser muy costosas en términos sociales, políticos y económicos.

Otro factor importante es el generacional. La Encuesta de Valores Mundiales, la World Value Survey, acaba de publicar un estudio con respecto a la democracia en Estados Unidos y Europa según cortes generacionales. La pregunta fundamental era cuán importante es vivir en un país gobernado democráticamente. En Estados Unidos, para el 58 por ciento de los nacidos en los años cincuenta era esencial; mientras que para el 50 y el 42 por ciento lo es para los nacidos en los años sesenta y setenta respectivamente. Pero para los nacidos en los ochenta solamente el 30 por ciento lo considera esencial. En la Unión Europea, para estos mismos períodos los porcentajes son 58, 52, 49 y 43 por ciento. Aquí tenemos un problema que se está extendiendo a las nuevas generaciones. Y este malestar profundo, hondo y complejo frente a la democracia, tiene una dimensión muchas veces no computada que se refiere a lo que está pasando con las nuevas generaciones y aquellos que quieren defender o promover la democracia.

El tercer punto de reflexión se refiere a América Latina, que ha sido la región donde más claramente observamos, desde los años 2000 en adelante, un renacer de los procesos de redemocratización o, lo que podríamos llamar, de ampliación de derechos; en casi todos los países, con mucha fuerza. Éste es un proceso que debe ser valorado y, a la vez, debatido. Valorado, en el sentido de que un conjunto de nuevas conquistas, de nuevos derechos, de nuevos propósitos y de nuevas políticas, trataron de compensar, lo que podríamos llamar, tres décadas sucesivas de pérdidas en América Latina.

La de los setenta fue nuestra década perdida en términos de democracia. Sólo había dos gobiernos democráticos en la región: Colombia y Venezuela. La de los ochenta fue nuestra década perdida en términos económicos: volatilidad económica, endeudamiento, etcétera. Y la de los noventa fue nuestra década perdida en términos de los grandes indicadores sociales de la mayoría de nuestras sociedades.

Frente a eso el reflujo latinoamericano fue positivo. Hubo una serie de propuestas, proyectos e incluso gobiernos que llegaron con una agenda de ampliación de derechos, de profundización de la democracia, de expectativas sociales y económicas muy significativas.

Es hora de que hagamos una evaluación de esas experiencias, cualquiera sea la conclusión a la que lleguemos. ¿Se logró? ¿Cuánto se logró? ¿Fue vital?

Hay un elemento muy interesante, y muy preocupante, en un primer esbozo de evaluación del proceso de democratización que viene de la mano de la denominada “nueva izquierda”, en América del Sur en particular. Lo primero es que, a diferencia de lo que ocurrió en los años setenta, la salida del gobierno de estos partidos se hizo sin un gran desplome institucional. Es decir, su salida no ha generado una contraola autoritaria. Esto no es menor, es un logro de la región; y ese logro es compartido incluso con nuevas formas de expresión de los actores que no necesariamente provienen del progresismo. Comparar lo que fueron los años setenta para nuestra región con estas transiciones que estamos viendo hoy -todavía no tenemos en claro qué va a pasar en Venezuela- nos revela que, en general, las transiciones de cambios y alternancias de gobiernos -con dolores, con dudas, con chicanas, con todo lo que hemos padecido- no han sido trágicas ni violentas, no han sido en el marco de la imposición de regímenes autoritarios. Esto es un mérito.

Sin embargo, la preocupación es hasta qué punto, después de doce o quince años de gobiernos de la nueva izquierda, en particular en Sudamérica, a pesar de los avances en la lucha contra la pobreza, cambió la matriz social de nuestros países. ¿Cambió positivamente? ¿Cambió en la dirección de la prosperidad la matriz social de nuestra sociedad? Hasta qué punto -a pesar de los nuevos derechos, derechos igualitarios, derechos de género, derechos en distintos campos- la matriz política cambió en nuestros países.

Sin lugar a dudas, hubo más riqueza y más ingresos, producto de la gran atracción del mercado de China y de Asia en general. Pero hasta qué punto se modificó nuestra matriz económica. ¿Se ganó en términos de proyectos productivos o en un mayor énfasis en nuestra capacidad científica y tecnológica aplicada? Obviamente, se diversificaron mucho las relaciones exteriores, pero hasta qué punto se cambió la matriz de inserción internacional de nuestros países.

Si bien la experiencia de democratización de los últimos años deja elementos importantes, plausibles, positivos, a su vez deja algunos mojones de gran significación. En el fondo, en nuestros países no ha cambiado mucho ni la matriz social, ni la política, ni la económica, ni la internacional. Y, por lo tanto, si estos sectores quieren buscar, retornar o propender a una nueva ola de democratización después de estos flujos y reflujos que se dan con alternancias en el poder, es el momento de una fuerte autocrítica de lo vivido en la región. Creo que es indispensable una  renovación política porque, de lo contrario, todo aquello que se logró, quizás quede olvidado ante una sociedad que no alcanza todavía a dimensionar que lo que está en juego es, en esencia, el futuro de la democracia. 

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