Revista N° 61 - 2014

América Latina

El misterio de Getúlio Vargas

Por Alberto Ferrari Etcheberry
Director del Instituto de Estudios Brasileños de la UNTREF.

Pocas etapas de la historia brasileña contemporánea generaron tantos estudios como la llamada Era Vargas. Calculador, audaz, contradictorio, resuelto, astuto, cientos de calificativos se han usado para describir al misterioso Getúlio Vargas. Desde la lectura de Getúlio, de Lira Neto, se retoma la figura de este gran líder político que, influido por los ideales positivistas de Augusto Comte, se transformó en el artífice del primer proyecto industrializador brasileño.

Ningún tema en la bibliografía sobre Brasil ha recibido tantos estudios como el varguismo, la llamada Era Vargas, habitualmente considerada la etapa fundamental para entender la historia contemporánea del país. Cabe justificar, entonces, porqué escribo este artículo, motivado por la lectura de Getúlio, de Lira Neto, aunque no me limitaré a ese libro. (Lira Neto: dos tomos, el primero 1882-1930 y el segundo 1930-1945, recién aparecidos y con un tercero que su autor anuncia para el año próximo, a los sesenta años del suicidio de Getúlio Dornelles Vargas).

Alguna vez Lula explicó que la particularidad de su patria era que todo había sido hecho por una única clase, lo que explicaría que a menudo se recuerde la capacidad para cambiar sin cambiar de las elites brasileñas, dejando inalterado lo esencial, como describió Tomasi di Lampedusa en Il Gattopardo: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”.

Se lo dijo expresamente respecto de Vargas: “Getúlio, ministro de Hacienda del gobierno que derrocó, muestra que Brasil tiene una increíble capacidad para cambiar sin cambiar mucho, para dejar que todo quede como está”.

No parece sin embargo que el varguismo se agote en el gatopardismo. Y mucho menos en relación al presidente Washington Luis y sus antecesores.

Alguna vez Lula explicó que la particularidad de su patria era que todo había sido hecho por una única clase

Fernando Henrique Cardoso siendo presidente, aseguró, como sociólogo, que con su gobierno había terminado la Era Vargas, iniciada con la revolución de 1930. Cardoso se refería –cito su descripción en Folha– a su política de estrecha vinculación de la economía brasileña con el sistema financiero internacional, de apertura comercial, de limitación de la actividad del Estado en las relaciones económico-sociales, de la valorización del real atado al dólar como instrumento contra la inflación, hasta la devaluación del real por una “decisión solitaria” y personal, inmediatamente posterior a su reelección. Todo eso era el fin de la Era Vargas, “que traba el presente y retarda el progreso de la sociedad brasileña”, como Fernando Henrique Cardoso había anunciado al asumir la presidencia en 1995.

Pero ya en 2001, Luis Verissimo en O último Bragança e o primeiro Silva, lo acotaba y lo contradecía: “En su propia valoración el gobierno de Éfe Agá (F.H., esto es Cardoso) acabó con la era Vargas… si Lula venciera en las elecciones también F.H. puede pasar a la historia de una Era que tiene la edad de Brasil: la Era Braganza. Todos los presidentes de la República fueron herederos políticos de los Braganza, prototipos de la gran esperanza brasileña de simular una historia para no tener que hacerla… F.H. era lo mejor que nuestra oligarquía esclarecida podía producir. Su fracaso significa el fin del ideal ciceroniano de la casta iluminada… Ni Vargas ni cualquier otro pseudo o pretendido populista escapó al molde de la Era. Todos eran de ese linaje, aunque no lo quisieran. O supieran. Una improbable (sic) victoria de Lula no significará, claro, la toma del poder por la clase peligrosa. Él también dependería de una casta intelectual a su lado y de la buena voluntad del patriciado, y ni hablar del Congreso y del mercado, para poder gobernar. Pero será el primer presidente que no tendrá Braganza implícito en su nombre. El primer Silva auténtico”.

Lo improbable se hizo realidad y sigue vigente, acusado por Cardoso y sus amigos de retorno al nacional desarrollismo varguista, cuando no simplemente de populista; término que, declaro, no entiendo; y menos cuando la política liderada por Lula, tan contradictoria con la de Fernando Henrique Cardoso, ha incorporado cuarenta millones de brasileños al consumo de la clase media y transformado el noreste, abandonado por todos y también por Vargas.

De todos modos, no está allí la razón por la cual se justifica este artículo. Tam-poco porque yo pretenda sumarme a la, a mi juicio, exagerada y apresurada tesis de la similitud entre varguismo y peronismo y, más concretamente, entre Vargas y Perón: ¿alguien puede imaginarse un suicidio de Perón?

Este libro del periodista Lira Neto ha recibido una multitud de elogios en Bra-sil, pese a algunas severas críticas de historiadores profesionales que lo acusan de presentar como nuevos, hechos y documentos que ya eran conocidos.

Sea como fuere, en una clara narración, Lira Neto se basa en un caudal formi-dable de informaciones, uniendo fuentes privadas (la biografía de su hija Alcira) al diario personal de Vargas y a la correspondencia de su archivo, que desde el Getúlio más íntimo se acercan a lo que se ha llamado reiteradamente el misterio de Vargas y que a mí me permite pergeñar respuestas a interrogantes que, creo, se vinculan a la comprensión de Brasil y de los brasileños.

Lira Neto se basa en un caudal formidable de informaciones, uniendo fuentes privadas al diario personal de Vargas y a la correspondencia de su archivo

¿Cómo fue posible que de una aldea fronteriza de las misiones jesuitas de Río Grande del Sur, frente al río Uruguay (São Borja, hoy de no más de setenta mil habitantes) que era y es un símbolo de la cultura terrateniente y ganadera gaúcha, similar a Corrientes, surgiera el más importante proyecto industrializador brasileño, apoyado en los trabajadores urbanos? São Borja (unido hoy por un puente a Santo Tomé, Corrientes) no fue sólo la cuna y la escuela del estanciero Getúlio y de su familia, sino también la de su principal discípulo y continuador, el también estanciero Joâo Jango Goulart. Con ver el mapa de Brasil creo que basta para sorprenderse que desde ese pequeño punto marginal, tan influido por y tan parecido a la provincia argentina de Corrientes y al Uruguay anterior a José Battle, naciera la historia que hoy simbolizan San Pablo y el ABC paulista. “Sâo Borja, al mismo tiempo ruda y con pretensiones aristocráticas en sus grandes estancias, no tenía escuela secundarias”, pero favorecía el enriquecimiento desde abajo de quien tuviera audacia y coraje, como ocurrió con el padre de Getúlio, para afrontar la vida política, de alto costo físico, como que con habitualidad llegaba hasta el degüello de los adversarios.

Boris Fausto, uno de los principales historiadores de Brasil, da una clave para comprender a Getúlio: “En una de las páginas de su diario, escrito entre 1930 y 1942, Getúlio Vargas anotó: `Me gusta más ser interpretado que explicarme`”.

Fausto resume su opinión sobre el trabajo de Lira Neto: “Su libro contribuye significativamente para la comprensión del personaje… El estilo periodístico del autor concreta un texto fluido que evita, al mismo tiempo, los recursos fáciles y la banalidad. En base a una impresionante investigación, Lira Neto narra, con brillo y riqueza de detalles, la historia de la vida personal y de la vida pública de Getúlio”.

Rio Grande do Sul

Ante todo, Vargas es un típico riograndense.

El estanciero Getúlio llega casi cincuentón a la primera plana de la política nacional. Su experiencia personal y política ejemplifica la riograndense: poco valor a la vida, siempre violenta y con predominio de odios y venganzas entre los verdaderos clanes que eran las familias. Sâo Borja era un feudo de la familia Vargas, bajo el dominio del padre, el general honorario Manuel Vargas, simple soldado en la guerra del Paraguay que por su arrojo subió a cabo, sargento, teniente y finalmente capitán. Los recuerdos de esa guerra alimentaron las fantasías y los juegos del joven Getúlio, aunque el enemigo acérrimo del clan de su padre era el clan de la familia de su madre, los Dornelles.

Rio Grande es la región menos brasileña del Brasil, donde aún se reprocha al Imperio la derrota en la guerra contra la Argentina , 1825-1827, simbolizada por la batalla de Ituzaingó, por la pérdida de la provincia Cisplatina (Uruguay) y, con ello, el acceso al Río de la Plata, obsesión imperial, pese a que debió recurrir a mercenarios europeos. Rio Grande es el Estado que recibió menos esclavos africanos; poblado por colonos azorianos y más tarde por alemanes e italianos. Durante una década, 1835-1845, guerra de los Farrapos, es una república independiente, teatro de aventuras y hazañas de Garibaldi, que incluyeron al Uruguay y a la Argentina, cuyo historiador es precisamente Lindolfo Collor (conocido como el alemán porque sus padres lo eran), el primer ministro de Trabajo de Vargas. Los riograndenses no olvidan esa república: la Constitución estadual de 1891 mantuvo como insignia el “pabellón tricolor de la malograda República de Rio Grande”, y aún es así, y rindió homenaje a su jefe, Bento Goncalves, y a “sus gloriosos compañeros de la cruzada de 1835”.

Rio Grande es la región menos brasileña del Brasil, poblada por colonos azorianos y por alemanes e italianos, es la que recibió menos esclavos africanos

Tampoco hubo paz después del negociado fin, sin vencedores ni vencidos, de esa revolución Farroupilha o República de Piratini, su capital, “el mito fundador del gaúchismo”. De 1893 a 1895, la guerra civil de la Revolución Federalista, (“la mayor y la más sanguinaria de todas las guerras civiles brasileñas”, dice Lira Neto, cuyos diez mil muertos equivalían a un tercio de la población masculina de Porto Alegre) y que enfrenta a los Vargas con los Dornelles. Como había ocurrido con Fructuoso Rivera y Manuel Oribe durante la Farroupilha, la guerra estaba centrada en dos partidos que expresaban los íntimos vínculos con Uruguay, cuyas tierras eran apetecidas –y compradas– por los ganaderos riograndenses. Aparicio Saravia, jefe del Partido Nacional uruguayo (blancos) es de familia brasileña (Saraiva) y, a la muerte de su hermano Gumersindo lo reemplaza como jefe de los federalistas riograndenses (Maragatos) derrotados por los republicanos del PRR (pica pau) de Julio (Prates) de Castilhos, quien habría recibido la cabeza del degollado Gumersindo como trofeo de guerra.

El sucesor de Julio de Castilhos es Borges de Medeiros, quien mantendrá el férreo liderazgo sobre el PRR y de hecho gobernará sin límites un cuarto de siglo. En 1923, una nueva sublevación federalista, que sumaba algunos disidentes del PRR, dirigida por el diplomático Joaquin Francisco de Assis Brasil (fue varias veces representante brasileño en Buenos Aires) termina en un acuerdo –la transacción no era incompatible con las matanzas– que concluye con las reelecciones de Borges de Medeiros. Lo sucederá Getúlio con la misma política y eso abre el escenario nacional para el PRR: Getúlio es ministro de Hacienda del presidente Washington Luis Pereira de Souza; y luego permite el frente único gaúcho que abrirá el camino a la revolución de 1930 que lo derrocará y a la presidencia de Vargas.

El positivismo comtiano castilhista

Una raíz principal de Getúlio es el positivismo de Augusto Comte.

Julio de Castilhos era el jefe indiscutido del PRR. Mal orador (tartamudo) hace de su periódico el Corán del PRR, continuando y profundizando el positivismo comtiano que con Benjamin Constant Botelho de Magalhaes y la juventud militar había dado la sustancia al golpe militar que derrocó a la monarquía, estableciendo la república en 1889, un año después de la abolición de la esclavitud sin indemnización, base social del Imperio. La República adopta e inscribe en su bandera, hasta hoy, los principios comtianos: Ordem e Progresso, resumen de la frase completa de Comte inscripta en Río en el monumento al presidente y general, el Mariscal de Hierro, Floriano Peixoto: el amor por principio, el orden como base y el progreso como fin.

El republicanismo brasileño fue diferenciando dos sectores: uno liberal, influenciado por la experiencia norteamericana, y otro autoritario de raíz positivista, cuya primacía de la educación dominó la enseñanza militar, fortaleciendo el espíritu de cuerpo con la instauración de la república como su misión histórica. Durante el Imperio –y también después– la carrera militar, especialmente en el Ejército, era elegida por los hijos de las clases medias urbanas, por razones laborales y de ascenso social, que fueron muy receptivos al discurso comtiano. Proclamada la república, muy rápidamente la influencia positivista separó a la Iglesia del Estado, estableció el casamiento civil, la reforma educacional de Benjamin Constant y eliminó los feriados religiosos, aunque en un clima cultural y político ya preparado por la llamada Cuestión religiosa –el ataque frustrado a la dominante presencia masónica que terminó con dos obispos católicos encarcelados.

Pronto el centro positivista brasileño pasa a Rio Grande del Sur con su jefe Júlio de Castilhos, que impone el programa del Partido Republicano Histórico de Rio Grande del Sur (PRR) en la constitución estadual de 1891 que él redacta (sancionada en una fecha simbólica, el 14 de julio de 1891) y que es ejemplo del positivismo autoritario.

El régimen republicano debía asentarse en las verdades científicas para asegurar el orden y lograr el progreso. Castilhos sostenía que la sociedad debía regirse por las leyes de la matemática y la biología -una dictadura científica- pues el poder debería venir del saber y no del voto, un Ejecutivo hipertrofiado con la “tarea suprema” de modernizar a la sociedad, regenerar el Estado y educar a los habitantes para la vida en común, incorporando al proletariado desprotegido por medio de la “tutela benéfica del Estado”. Esos son principios que se incluyen en la Constitución de Rio Grande, como el voto descubierto, la austeridad, la reelección indefinida, la designación del vicepresidente por el presidente del Estado, el Legislativo reducido a una breve función deliberativa y presupuestaria, y otras medidas típicamente positivistas como la eliminación de restricciones para el ejercicio de toda profesión y la prohibición del anonimato en la prensa, sin respeto alguno al voto, considerado un “dogma metafísico”, siguiendo la enseñanza de Comte: “toda elección de los superiores por los inferiores es profundamente anárquica”. En suma, una dictadura republicana comtiana.

Castilhos sostenía que la sociedad debía regirse por las leyes de la matemática y la biología, pues el poder debería venir del saber y no del voto

A los 18 años Getúlio elige la carrera militar y es registrado como de tez blanca, de ojos oscuros, que sabe leer y escribir, imberbe, de un metro y cincuenta centímetros de altura. Lira Neto exagera: “prácticamente un enano”; aunque, dice, en párrafo dudoso, que luego crecería, sin llegar al metro sesenta, lo cual no era un obstáculo, tal vez por la preeminencia dada en las escuelas militares al estudio de Comte. Expulsado por haber adherido a un motín estudiantil, pasa luego a la Facultad libre de Derecho de Porto Alegre y se gradúa de abogado. Poco después pronuncia su primer discurso, como representante estudiantil, en las exequias de Júlio de Castilhos (1903), pese a que no poseía la voz estentórea tradicional: “Júlio de Castilhos para Rio Grande es un santo. Es santo porque es puro, es puro porque es sagrado, es grande porque es sabio… él fue el hombre puro de la República, el evangelizador de un pueblo, y su cuna es la Jerusalén de los elegidos… no sembró en tierra estéril y sus bellas enseñanzas serán continuadas”.

Getúlio ratificará su compromiso político poco después con motivo de la visita a Porto Alegre del presidente Afonso Pena y del poderoso senador riograndense, virtual presidente, Pinheiro Machado: “conservar mejorando”, divisa del PRR que le permite a Getúlio definir al político ideal: “conservador progresista”. Al año siguiente, para defender en las elecciones lo que los adversarios, incluida una disidencia del PRR, llamaban el castilhismo positivoide, se funda el Bloque Académico Castilhista en cuyo nombre Getúlio habla ante Pinheiro Machado, definiendo una conducta que sostendrá toda su vida: hay que “esperar la marcha de los acontecimientos colocándose al frente para guiarlos”.

El Bloque lanza O Debate (jornal castilhista) contra los “degenerados” opositores y defiende la necesidad de un Estado que dicte y haga cumplir las normas, “conducido por gobiernos fuertes y capaces que guíen los destinos colectivos”. El oficialismo gana las elecciones con las habituales acusaciones de fraude que abren para Getúlio la carrera pública, que a su llegada una multitud celebra en Sâo Borja, donde su padre administra el pueblo y sus negocios ganaderos. Pronto será diputado estadual, en un cuerpo en el que no se podía contradecir al jefe, Borges de Medeiros. Practicará la abogacía en escala pueblerina. Conocido como “eterno enamoradizo”, en 1911 elige para su matrimonio a una joven de 14 años. No hay casamiento religioso, siguiendo la trinidad positivista (Humanidad, Tierra, Universo) y sus convicciones anticatólicas, manifestadas en el nombre del primer hijo: Lutero.

La violencia

La violencia riograndense no era sólo verbal. Una familia rival del clan Vargas denuncia al mayor de los hijos, el coronel Viriato, intendente de Sâo Borja, por “estuprador habitual como es público”. Borges de Medeiros envía un investigador, eligiendo debilitar su relación con los Vargas. Viriato tiene una larga historia de violencias, que incluye muertes, y desde adolescente, negocios turbios, contrabandos, robo de archivos judiciales invadiendo la casa de un juez, ejecuciones de rivales por sus sicarios, incluso la expulsión de la ciudad de un personaje mí-tico, bautizado por Rui Barbosa como La hiena de Cati, invasor del territorio uruguayo con degüellos, estupros, robos, que el gobierno brasileño debió resarcir. La denuncia la hace un médico, que fuera amigo de los Vargas, quien es asesinado en su consultorio. Viriato es procesado y huye a Corrientes, Santo Tomé. Su defensor es Getúlio.

El tenentismo enmarca a la revolución de 1930, una alianza generada por el joven gaúcho Oswaldo Aranha, quien acompañará a Gétulio hasta su suicidio

Al mismo tiempo hay un conflicto nacional: Pinheiro Machado postula al saliente presidente, mariscal Hermes de Fonseca, para senador por Rio Grande, en medio de graves y grandes convulsiones opositoras en Río, que culpan a ambos por la calamitosa situación financiera. Pinheiro Machado es asesinado. Getúlio habla en su homenaje y el resultado lugareño es un arreglo que devuelve a los Vargas, vencedores en las elecciones, al aprecio del jefe Borges, quien le ofrece a Getúlio la jefatura de la policía estadual. No la acepta y vuelve a Sâo Borja.

El ejército en Río Grande

La presencia militar es otra característica riograndense. Además de la fuerza militar estadual (que Vargas eliminará después de 1930), el principal cuerpo del ejército federal está radicado en Rio Grande, como que la frontera con la Argentina es la de mayor importancia estratégica. También en los años veinte se producen los levantamientos de jóvenes oficiales del ejército: el tenentismo, que en 1924 incluyen el del gaúcho Luis Carlos Prestes que dará lugar a la legendaria Columna Prestes Miguel Costa (nacido en la Argentina) que recorre por el interior brasileño 25 mil kilómetros durante más de dos años en combates con el Ejército y fuerzas militares y civiles estaduales, sin poder ser derrotada.

El tenentismo es el otro factor que enmarca a la revolución de 1930, una alianza o apoyo en buena medida generado por el joven gaúcho Oswaldo Aranha, quien con desacuerdos y rupturas acompañará a Gétulio hasta su suicidio. Salvo el capitán Prestes, ya de hecho comunista, sus compañeros se sumarán a la revolución y al gobierno provisorio de Vargas.

El misterio de Getúlio

No sorprende que haya un generalizado consenso en cuanto al misterio de la personalidad de Gétulio, ignorando su arraigada formación en el positivismo castilhista. Como jefe del gobierno provisorio, Getúlio expone en Belo Horizonte su principal programa de gobierno en 1931, junto con Oswaldo Aranha, en un homenaje al federalista y liberal Raul Pilla. Vargas recurre a una explicación que reiterará frecuentemente, de raíz castilhista: “aprovechando la suma de poderes que la Nación confirió al gobierno provisional y que le permiten realizar con relativa facilidad reformas radicales imposibles de ejecución en períodos de normalidad constitucional”. Concreta: el problema máximo es el siderúrgico. Minas Geraes es el hierro y la edad del hierro será la independencia económica, nacionalizando la industria siderúrgica, que liberará al maquinismo de la agricultura de la dependencia del extranjero. Sería un error repudiar el capital extranjero, pero la defensa nacional exige nacionalizar la propiedad y el dominio de las riquezas naturales. Aranha homenajea calurosamente a Assis Brazil y a Pilla quien, respaldando el frente único gaúcho, subraya, en contraste conceptual, que “prometemos al Brasil una democracia liberal”, presagio de la ruptura que se producirá al año siguiente con el levantamiento paulista.

Sería un error repudiar el capital extranjero, pero la defensa nacional exige nacionalizar la propiedad y el dominio de las riquezas naturales

El positivismo brasileño castilhista es nacionalista, favorable al intervencionismo estatal y socializante o, al me-nos, partidario de la inclusión del proletariado en la sociedad moderna. Lo que era una propuesta vaga en Castilhos la precisará Vargas después de la revolución con Lindolfo Collor, primer ministro de Trabajo (1930) y particularmente en la dictadura plena del Estado Novo (1937). El análisis del patriarca, como se llamaba a Castilhos, le permite al joven Getúlio saludar al presidente Penna con un presagio certero: “el futuro considerará a Vuestra Excelencia un conservador progresista” y una precursora defensa de la industrialización.

Aunque pequeño, el grupo positivista en la Constituyente de 1891 impuso el presidencialismo como lo más cercano a la dictadura, compartiendo el rechazo de Comte al parlamentarismo; lo hace enfrentando al republicanismo civil y liberal paulista, crítico de Constant y de los militares, expresión de la expansión del café y de la gran propiedad agraria que definió al segundo Imperio, liberado con la inmigración de la necesidad de la mano de obra esclava, que había sido asegurada por el Imperio. Silvio Romero definió: “el ejército ha gobernado a la república y el sectarismo positivista dirige al ejército”. Es la tesis de Comte: el gobierno debe ser republicano y no monárquico, la república debe ser social y no política, y la república social debe ser dictatorial y no parlamentaria.

El positivismo logra la aceptación de su saludo: saude e fraternidade y del calendario de 13 meses cuyos nombres son los de grandes figuras occidentales de las ciencias, la filosofía, la religión y la industria: comienza con Moisés (mes 1) y termina (mes 12) con Federico el Grande y el fisiólogo Bichat (mes 13).

Toda industria de utilidad social que no pudiera ser ejecutada por la iniciativa individual, deberá ser realizada por los Estados

El nacionalismo del positivismo brasileño seguía el principio comteano de la Humanidad por encima de la Patria, pero su preocupación era un cosmopolitismo que afectará la unidad cultural. Vargas, con la experiencia riograndense, lo instrumentará en su dictadura estableciendo cuotas de inmigrantes permitidos calculadas sobre la cantidad existente ya integrada.

El sector ortodoxo del positivismo en A incorporação do Proletariado na Sociedade Moderna alentaba medidas para la cuestión social muy significativas para una sociedad que no había aun completado dos años sin esclavitud. Proponía ingresos fijos con gratificación variable, jornada laboral máxima de siete horas, descanso dominical y en días de fiesta nacional, licencia por enfermedad, prohibición de renuncia o cesantía luego de siete años de empleo, jubilación a los 63 años, licencia por enfermedad, vacaciones pagas. Teixeira Mendes las propone en 1912 como ley, pues la Constitución establecía que la enumeración de derechos no implicaba a los no incluidos. Como es obvio, dada la época, nada se aprobó. Aunque quedó como una expresión del alcance conceptual del positivismo brasileño que se concretará con Vargas después de 1930.

El apostolado positivista también establecía que toda industria de utilidad social que no pudiera ser ejecutada por la iniciativa individual, sin monopolios ni privilegios, deberá ser realizada por la Unión o por los Estados. Floriano, más realista, amparó la actividad nacional, preferentemente industrial y urbana, concretando una tendencia que se tornaría habitual en los gobernantes positivistas.

Fue, sin embargo, Getúlio el primero que alentó un Estado intervencionista. Seguía así a Júlio de Castilhos que lo había buscado dentro de los límites de la estructura agropastoril riograndense, enfrentado en la cuestión ferroviaria al presidente Prudente de Morais, que es quien inicia el ciclo liberal que desaloja a la clase media, base del positivismo. Castilhos afirma una política de Estado intervencionista, que será acompañada por los militares, y seguida por su sucesor, Borges de Medeiros, quien durante la primera guerra, siendo estadual el gravamen a las exportaciones, restringe y prohíbe la exportación de alimentos en resguardo del consumo popular, citando expresamente a Augusto Comte para “promover definitivamente al proletariado en la sociedad moderna, considerando al salario como el equivalente de la subsistencia y no como recompensa al trabajo humano”.

La formación social en Rio Grande es muy distinta a la del resto de Brasil, sin monocultivo latifundista ni ganadería al estilo nordestino. No hubo casa grande e senzala, sino el patriarcalismo doméstico, igualitario e informal, del violento señor rural, amigo de sus servidores modestos, con quienes repartía las vicisitudes de la guerra y de la paz.

La similitud con el campo uruguayo o con Corrientes es clara. El cuadro de Rio Grande se completa con la presencia militar permanente con su oficialidad positivista, para justificar el arraigo castilhista y sus valores, que predominarán nacionalmente con Vargas a partir de 1930, con la participación predominante de riograndenses y del tenentismo.

Getúlio, ya al comienzo (1932), proclama su definición castilhista: “Al jefe del gobierno provisional le incumbe auscultar los sentimientos del pueblo brasileño, oír el parecer de los líderes revolucionarios que más fielmente los interpretan y actuar de acuerdo con la mayoría de la opinión y, muy principalmente, en el sentido de satisfacer las necesidades vitales del país. El período dictatorial ha sido útil permitiendo la realización de ciertas medidas salvadoras, de tardía o difícil ejecución, dentro de la órbita legal. La mayor parte de las reformas iniciadas y concluidas no podrían ser hechas en un régimen en el que predominaran los intereses de las conveniencias políticas y de los mandatos partidarios”. Esta descripción típicamente positivista de 1932 se acentuó aún más con el Estado Novo (1937), esto es, la vinculación al positivismo castilhista, nacionalista, autoritario y, si se quiere, socializante, patrocinando el ingreso al área política de las clases trabajadoras bajo la tutela estatal: “la república debe ser social y no política”.

Familia

Para el ideario positivista comteano la unidad básica de la sociedad no es el individuo sino la familia, la base de la civilización. En los actos de Getúlio la familia está siempre en un primer plano. Parecería que su formación positivista encastrara con la cultura riograndense, los clanes familiares que lo marcan, tanto los Vargas como los Dornelles.

Durante toda su vida política recurre a sus hermanos. Su destitución en 1945 se produce como reacción a que designara jefe de policía a su hermano Benjamín. Ocurrirá lo mismo con la crisis final de su segundo gobierno, que lo llevará al suicidio y aún parece también una manifestación de esa seguridad familiar la conducta del jefe de su custodia, hijo de esclavos criado en la casa de los Vargas, responsable del atentado a Carlos Lacerda y de la muerte de su guarda espaldas militar, que precipitó la crisis final.

En los actos de Getúlio la familia está siempre en un primer plano. Parecería que su formación positivista encastrara con la cultura riograndense

Ni siquiera su hermano Viriato, desalmado delincuente, alejó a Getúlio del compromiso familiar.

La relación con su esposa Darcy, aunque convertida con los años en convivencia formal, manifestó similar respeto. En sus cuadernos íntimos, que Lira Neto recorre asidua e inteligentemente, Getúlio vuelca sus profundos sentimientos por su amante, joven de 24 años, casada con un colaborador cercano a la presidencia, en una relación que duró varios años, con encuentros sigilosos en su escondido nido de amor, a los que siempre trató de ocultar para no agredir a su mujer o a sus hijos, en un ambiente social y político en el que una situación de esa naturaleza era habitual. No oculta Getúlio a su confesionario escrito ni las expresiones de amor, casi adolescentes, ni tampoco la desazón, al borde de la enfermedad, provocada por el viaje definitivo a Europa de la bien amada.

También en la relación de Getúlio con la bien amada, que “interrumpió tres años y medio de vida regular”, como escribió en su diario, es probable que Getúlio haya recibido la influencia de Comte quien, felizmente casado, encuentra a Clotilde de Vaux, una trágica relación que con su muerte lleva a Comte a la elaboración de una religión de la mujer.

Antes la muerte que la deshonra

Tampoco el sentido de la muerte me parece ajeno a la formación positivista de Getúlio. Su suicidio, en agosto de 1954, concreta un pensamiento constante en Vargas anterior a la revolución de 1930, considerándolo la inevitable consecuencia del error y del fracaso. El suicidio es una posibilidad que integra la acción política.

Corroborando las hesitaciones que tuvo al aceptar la revolución en 1930, explicó su decisión de unirse a las tropas en la incierta aventura: “deseo hacerlo porque es mi deber, decidido a no regresar vivo a Río Grande si no como vencedor”. Y lo ratificó después del triunfo, ya presidente provisorio: “Cuántas veces deseé la muerte como solución de la vida. Y al final, después de humillarme y casi suplicar para que los otros no sufriesen, sintiendo que todo era inútil, me decidí por la revolución, yo, el más pacífico de los hombres, decidido a morir. Y vencí… entré de botas y espuelas (en San Pablo) para al otro día tomar posesión del gobierno en Catete, con poderes dictatoriales”.

Durante la revolución paulista de 1932 lo reiteró: mi sacrificio personal está en el campo de las posibilidades.

En 1938, como consecuencia del ataque del integralismo al Palacio presidencial, entró en crisis la relación con la Alemania nazi: “si fuera eliminado a traición o por sorpresa, ¿no sería un modo de salir dignamente de la vida?“.

Cuando decidió apoyar a los países que constituirían el Eje anotó que no podría aceptar un posible desastre. “No sobreviviría con eso en la conciencia. Y si perdemos seré señalado como el responsable. Sólo el sacrificio de la vida podría rescatar el error de un fracaso”.

Lo reiteró durante la Segunda Guerra Mundial. En abril de 1945, seis meses antes de ser derrocado, escribió lo que sería un esbozo de carta testamento, volviendo a la imagen del sacrificio personal.

La carta testamento que acompaña a su suicidio no es un arrebato: tuvo una preparación minuciosa, con la colaboración de sus asesores íntimos. Fue, sin duda, un acto político que buscaba un resultado político. Lo tuvo: con el levantamiento popular que provocó impidió el intento de volver hacia atrás la historia.

Esa actitud ante la muerte define, a mi juicio, la personalidad y los claroscuros de Getúlio: un político, que tenía claro lo que buscaba y que anteponía los fines a los instrumentos para lograrlos. Se lo ha calificado de ambiguo, calculador, hábil, ladino, astuto, contradictorio, ambivalente; Lira Neto es más preciso: “un impresionante sentido de la oportunidad y un casi increíble talento para conjugar el ocultamiento, la estratagema y la prudencia”.

La carta testamento fue un acto político. El levantamiento popular que provocó impidió el intento de volver hacia atrás la historia

Lo que está claro, además, es que Vargas no tuvo lo que habitualmente se entiende por carisma: bajo, gordito, leía sus discursos, sólo al final practicó un deporte: el golf. Algo así como lo opuesto a Perón.

Es difícil enumerar quiénes fueron los que lo acompañaron desde su comienzo hasta el final, tal vez con la relativa excepción de Oswaldo Aranha. Amigos terminaron perseguidos, adversarios duros llegaron del exilio para ser sus colaboradores: también un anti Perón; pienso en Bramuglia, Mercante, Reyes, Gay, Jauretche. Getúlio no tuvo traidores al nivel de un Teisaire.

Es cierto que esa amplitud parece una característica brasileña, heredada de una élite dirigente formada en el imperio esclavócrata, luego continuada con una república y una cultura en la que el voto popular estuvo ausente, hasta como reivindicación, prohibido o muy restringido hasta la Constitución de 1988. Pero también lo es que en Vargas es algo más, cuenta Lira Neto: “¿Tiene usted enemigos? le preguntó un día el biógrafo Emil Ludwig a Getúlio. Debo tenerlos, pero no tan fuertes como para que no pueda tornarlos amigos, respondió Getúlio. ¿Y amigos?, insistió Ludwig. Claro que los tengo, pero no tan firmes que no puedan tornarse enemigos, replicó Getúlio”.

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