Revista N° 66 - 2017

Actualidad Internacional

¿Por qué se desvanecen las alianzas?

Por Nicolás Comini
Director de la licenciatura y la maestría en Relaciones Internacionales de la USAL, investigador visitante en la American University, profesor de la maestría en Sociología Política Internacional de la UNTREF y de la New York University-Buenos Aires.

El autor analiza la fragilidad del sistema de alianzas en el actual contexto global y regional. Recriminaciones públicas, pases de factura y amenazas exponen un panorama sombrío y cargado de incertidumbre, aunque también abierto a nuevas formas de asociatividad, ya que la cooperación suele emerger en contextos de crisis.

Imaginemos un mundo en el que Donald Trump tilda de “patético” al alcalde de Londres, Sadiq Khan. O en el que el presidente de Estados Unidos regaña públicamente a sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) por no estar al día con sus pagos. Fantaseemos con una realidad en la que Gran Bretaña se retira de la Unión Europea, dejando al bloque en terapia intensiva. Deliremos y pensemos en una América Latina en la que la popular Venezuela de hace solo unos años atrás parece quedarse sin amigos, con vecinos que la miran de reojo como si tuviera una enfermedad contagiosa. O en el que, de un día para el otro, Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes, Egipto, Yemen y Libia deciden romper relaciones con Qatar, acusando al país de apoyar el terrorismo. Ese es, ni más ni menos, el mundo que nos toca vivir.

Sin embargo, de poco sirve lamentarse. Más útil resulta, en cambio, problematizar ciertas cuestiones en torno a la fragilidad que parecen evidenciar las alianzas a lo largo y a lo ancho del mundo. A tales fines, este ensayo interpela las causas y motivaciones de la asociatividad internacional, así como las razones que contribuyen a su desaceleración, erosión o deceso. Como podrá apreciarse, la sensación de incertidumbre que hoy parece estar atormentando a muchos no es más que una nueva expresión de un sistema de vinculación externa inestable y dependiente de una amplia gama de factores. El mayor problema aquí es que esos factores también son fluctuantes e interdependientes.

¿Por qué surge una alianza?

 Una alianza implica necesariamente algún tipo coordinación de acción entre las partes involucradas, así como la expectativa respecto de que aquella va a motivar reciprocidad. Es decir, conlleva la idea de que ambas partes van a obtener algún tipo de provecho (material o simbólico) gracias a la cooperación emergida en su seno. Ahora bien, lo cierto es que, si uno tuviera que identificar cuáles son las causas de la conformación de una alianza, las opciones son cuantiosas, según la perspectiva adoptada.

La primera es la conveniencia. Es decir, un actor decide aliarse a otro por una cuestión esencialmente utilitarista. Esta opción es muy común, algo que ha quedado demostrado en las diferentes filtraciones masivas de documentos como los de Wikileaks. El presidente de República Dominicana, Leonel Fernández, refiriéndose a Hugo Chávez como “intelectualmente débil” o Barack Obama planteando que David Cameron es un “político de peso ligero”, parecen ser muestras propias de matrimonios por interés. Incluso ese interés puede estar vinculado a alcanzar legitimidad externa para fortalecerse internamente, algo explícito en la crisis de Pando en 2008, ocasión en la que Evo Morales logró contener la grave situación en la medialuna boliviana gracias al accionar de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). O a resolver un tema puntual, como el acuerdo de readmisión de inmigrantes y refugiados firmado entre la Unión Europea y Turquía el año pasado. La conveniencia tiene una doble cara ya que presupone la coexistencia de intereses tanto divergentes como afines. Ciertas vinculaciones con China parecen ir en esta línea, ya que por un lado todos necesitan que el país asiático crezca, pero ese mismo crecimiento significa, al mismo tiempo, una potencial amenaza. Como sea, la verdad es que numerosas alianzas emergen en contextos de tensión y conflicto, algo que sucedió al momento de creación de la propia Unasur, que incorporó tanto a Colombia como a Venezuela y Ecuador.

Una segunda razón para crear una alianza puede ser la voluntad de modificar el statu quo. James Morrow asegura que todas las naciones habrán de estar insatisfechas con el statu quo sobre ciertas cuestiones. Es por ello que para torcerlo en su favor probablemente deseen tejer redes que incrementen su capacidad de incidencia. Son enormemente variados los objetivos que pueden ser esgrimidos al respecto, yendo desde el llamado a garantizar la seguridad, la paz (propósitos defensivos) o el equilibrio de poder, hasta a hacer la guerra (ofensivo). La alianza entre Israel y Arabia Saudí tiene una explicación fundamental: el temor a su enemigo común, Irán.

La primera razón para que surja una alianza es la conveniencia. Un actor decide aliarse a otro por una cuestión esencialmente utilitarista.

En tercer lugar, el alineamiento puede surgir vía la conexión de cuestiones. Esto significa que el mismo puede ser estimulado por la necesidad de vincular temas diferentes. Por ejemplo, en diferentes momentos de la historia, Estados Unidos y varios países de América Latina han fortalecido sus lazos enlazando la agenda económica con la de seguridad, ya sea conteniendo al comunismo, luchando contra el narcotráfico o frenando los flujos migratorios. Asimismo, la necesidad de garantizar la paz entre Francia y Alemania fue clave para regular los sectores del carbón y del acero, elementos esenciales de la industria bélica. Por su parte, la cooperación en materia de energía nuclear constituyó un elemento de enorme relevancia para que India y Bangladesh dieran por concluida, en 2015, una de las disputas limítrofes más controversiales del mundo poscolonial.

Una cuarta razón para la conformación de una alianza es la afinidad. En política internacional, como en la interna, las relaciones interpersonales juegan un rol protagónico. Lejos de pensar en los Estados como entes unitarios y racionales, las decisiones individuales pesan a la hora de relacionarse unos con otros. Las acciones de los Estados son adoptadas por personas o grupos de personas que ocupan determinadas posiciones privilegiadas de poder, las cuales, también forman parte de redes que trascienden las fronteras nacionales. Esas redes (o “pequeños mundos” como las llaman Ilgaz Arikan y Oded Shenkar) pueden estar arraigadas en cuestiones ideológicas, económicas, culturales, raciales o religiosas. Pueden incluir tanto a representantes oficiales como a intermediarios del sector privado o social. Desde el punto de vista de la afinidad, el chiismo constituye una pieza clave de la vinculación entre Irán, Yemen, Irak y Siria. Lo emocional, signado por la historia, sí importa en la distinción entre amigos y enemigos.

Estas cuatro razones no sólo se encuentran profundamente conectadas, sino que además conviven con muchas otras opciones. Con el fin de mencionar algunas, una alianza puede ser concebida ponderando determinados valores. La democracia fue el motor de los pactos entre los presidentes de la Argentina y Brasil durante la segunda parte de los años ochenta y también fue la justificación que aplicaron los miembros de la OTAN para permanecer en Irak luego del fallido intento por hallar armas de destrucción masiva. El no alineamiento, la neutralidad, la no agresión, la contra hegemonía o la pos hegemonía, no sólo representaron posicionamientos estratégicos entre diferentes actores, al mismo tiempo fueron (y continúan siendo) conceptos erigidos como valores compartidos.

Complementariamente, una alianza puede surgir para edificar credibilidad. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) fue constituida con el propósito de hacer creíble los procesos de reforma social en países como Venezuela, Cuba, Ecuador o Bolivia. La Alianza del Pacifico ha intentado mostrar a sus países (Chile, Colombia, México y Perú) como actores serios y ordenados, capaces de captar, fundamentalmente, inversión, comercio exterior y turismo. Cada cual a su estilo, dichas estrategias de asociación fueron diseñadas para adquirir mayor reputación, otro objetivo recurrente en el establecimiento de vínculos internacionales.

La lista podría continuar con aspiraciones tales como alcanzar mayor cohesión, proyectar el liderazgo, diversificar las relaciones exteriores (o, en contraposición, restringirlas a partir de la fijación de relaciones especiales con determinados socios) o desviar la atención de problemáticas domésticas. Incluso, un acuerdo podría surgir de la improvisación de determinados agentes en ocasiones puntuales. Todo ello puede derivar en los más variados tipos de alianzas.

¿Alianzas para todos los gustos?

 Una manera ilustrativa de comenzar a categorizar las alianzas es según la cantidad de miembros que la conforman. Básicamente pueden distinguirse las bilaterales (con dos miembros) y las multilaterales (con tres o más). Los Estados suelen contar con ambos tipos en su cartera. A modo de ejemplo, Chile y México cuentan con tratado de libre comercio (TLC) rubricado en 1998. Al mismo tiempo, el país azteca pertenece al ahora tan cuestionado Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), junto a Canadá y Estados Unidos.

El grado de institucionalización representa otra cuestión significativa. Mientras que algunas alianzas son formalizadas, otras se mantienen en la informalidad. Las formales son aquellas que implican acuerdos con fuerza legal que pueden materializarse, entre otros, en tratados susceptibles a ratificación, convenciones o acuerdos ejecutivos sectoriales. Éstas pueden establecer organizaciones dotadas de estructuras burocráticas (como las Naciones Unidas, la Unión Africana o la Organización de los Estados Americanos -OEA-) o simplemente generar un régimen que reglamente actividades concretas. Muchos, como Brett Ashley Leeds, consideran que las formales son las únicas alianzas que cuentan. No es este el caso. Las coaliciones ad hoc, los mecanismos y foros de diálogo son, aunque más flexibles e informales y menos institucionalizados, expresiones de alianzas tácitas. La creación del Grupo de Apoyo a Contadora en 1985 (conformado por la Argentina, Brasil, Perú y Uruguay) simbolizó mucho más que una instancia para contribuir a la paz en América Central.

Otro asunto en la que varían las alianzas es en su duración, distinguiéndose entre temporales y permanentes. Ahora bien, su perpetuidad o fugacidad puede o no ser formalizada. Es decir, las partes involucradas pueden ponerle una fecha explícita de caducidad al acuerdo, rescindirlo de un día para el otro o dejarlo vivir por los siglos de los siglos, con o sin oxígeno. El tratado de amistad firmado en 1950 por China y la Unión Soviética tenía una duración definida, pero no fue el caso de la alianza entre Japón y Estados Unidos, que se mantiene vigente desde 1952. Por su parte, un ejemplo de alianza en “estado de coma inducido” es el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), que si bien no ha perdido su personaría jurídica, lejos está de alcanzar sus propósitos originales.

Complementariamente, debe destacarse el tema de su alcance. Y se ha mencionado la importancia de la vinculación de cuestiones como un potencial impulsor asociativo. En ese marco, la conexión puede darse en múltiples niveles. Primero, hay alianzas de alcance general materializadas en organizaciones formales que abordan una multiplicidad de temas de interés común. La Unión Europea es un prototipo categórico de alianza general. Sin embargo, existe la posibilidad (más recurrente) de materializar alianzas (formales o informales) en sectores particulares, que pueden abarcar desde el comercio, la producción, la infraestructura, la educación o la cultura hasta la defensa y la seguridad. México y Estados Unidos negocian problemáticas comerciales en el marco del TLCAN, de seguridad en la Operativa Mérida y, mientras tanto, firmaron un acuerdo migratorio en febrero de 2002 de repatriación de ciudadanos mexicanos. Pero aun cuando las agendas de los tres temas se encuentran profundamente interconectadas, las plataformas de materialización de la alianza varían según sector. De la capacidad de vinculación depende el trade-off de cada parte.

El tratado de amistad firmado en 1950 por China y la Unión Soviética tenía una duración definida, pero la alianza entre Japón y Estados Unidos se mantiene vigente desde 1952.

La mezcla merece un punto aparte. Algunas alianzas tienden hacia la homogeneidad, otras hacia la heterogeneidad. Las homogéneas exhiben cierta uniformidad, fundamentalmente por estar compuestas por actores con perfiles similares en materia de régimen político, modelos de desarrollo, prioridades e intereses de política exterior o de condiciones geográficas y geopolíticas. La Alianza del Pacífico podría ser catalogada como homogénea, con posturas concentradas en la apertura y desreglamentación como herramientas para aumentar la competitividad e insertarse en el orden económico liberal, algo que ha comenzado a mostrar sus límites en México. Por el contrario, las heterogéneas son multiformes y no implican necesariamente similares condiciones políticas, ideológicas, económicas, religiosas o racionales. Poco tenían en común Estados Unidos y la Unión Soviética durante su alianza en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. En otro orden, durante la década de 1960 el Movimiento de No Alineados incluía a países tan disímiles como Egipto, India, Cuba o Afganistán. Complementariamente, Egipto fue el primer país africano en establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China, en 1956.

En una relación de simetría se sobreentiende algún tipo de equidad, ya sea por sus  capacidades, formas o tamaños. Incluso los intereses pueden ser simétricos.

Finalmente está el asunto de la distribución de poder. Hay alianzas simétricas y asimétricas. En una relación de simetría se sobreentiende algún tipo de equidad, ya sea por su posición en la estructura de poder o a raíz de sus capacidades, formas o tamaños. Incluso los intereses pueden ser simétricos. La relación es fundamentalmente de interdependencia, aunque no sea exactamente equitativa ya que pueden evidenciarse jerarquías, pero que no implican relaciones de dominación y dependencia. En la Comunidad del Caribe (Caricom) existe cierta asimetría entre los miembros, inclusive cuando se evidencia un grupo de naciones menos favorecidas, como Antigua y Barbuda, Belice, Dominica, Haití o las Granadinas. A nivel bilateral, el acuerdo de libre comercio entre Chile y Ecuador de 2006 podría también ser incluido en esta categoría. Ahora bien, lo cierto es que en la gran mayoría de las alianzas se perciben asimetrías notorias. En la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao), Nigeria se ha comportado como líder regional, de la misma forma en la que Brasil intentó hacerlo en la Unasur. Tanto en el ahora frustrado Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP), la Organización de Cooperación de Shangai o la propia Unión Europea, pueden identificarse actores hegemónicos que motorizan un sistema de preferencias y prácticas para garantizar su posición dominante, ya sea a nivel regional como global. La garantía del control, entre otros, de recursos (materiales e ideales), mercados, finanzas y sistemas de seguridad, se torna para ellos un objetivo prioritario. A nivel bilateral, esta dinámica es muy común, no sólo en los acuerdos entre las potencias centrales y los Estados periféricos, sino también entre poderes regionales y sus vecinos.

Ante la visible variedad de alianzas en términos de naturaleza, dinámicas subyacentes y formas de concretización, y considerando la complejidad que testimonia el actual escenario geopolítico, vale preguntarse cómo hemos llegado hasta este punto.

El arte del desvanecimiento

 La asociatividad internacional ha estado históricamente signada por zanahorias y garrotes y, en esta coyuntura, los garrotes ocupan un papel estelar, dejando a las zanahorias en un circuito secundario. Explicar las razones de esta situación resulta una tarea cargada de obstáculos, siendo la ausencia de transparencia una de las más importante. En ese sentido, acceder a información fidedigna para comprender un determinado proceso de toma de decisión se torna una labor titánica. No obstante, existe un conjunto de razones que podrían contribuir a comprender el progresivo desvanecimiento de los lazos entre diferentes Estados.

En un primer momento puede señalarse la presencia de ciclos políticos. La erosión de una alianza se encuentra ligada a los cambios políticos al interior de los países, los cuales a su vez están vinculados con modificaciones económicas, institucionales, sociales o culturales. En ocasiones da la sensación de que con la elección de un presidente o primer ministro deviene un barajar y dar de nuevo y que esta situación se repite constantemente, como si fuéramos Bill Murray en Groundhog Day. En la Argentina se suele creer que esto es parte de una patología propia y sin igual, aunque se trata de una problemática más generalizada de lo que se imagina. Donald Trump no es el único ejemplo disponible. Desde Mariano Rajoy en España hasta Narendra Modi en India o Vladímir Putin en Rusia, todos parecen querer imprimir su propio sello en materia de política exterior, expresando una vulnerabilidad colectiva en la construcción de políticas de Estado arraigadas en consensos intersectoriales e interpartidarios. Ello no implica deshacer los grandes designios de política exterior, tales como la búsqueda de autonomía o independencia, para unos, o el respeto de los derechos humanos o la democracia, para otros. Pero sí suele conllevar reconfiguraciones de los medios que (como una alianza) son considerados adecuados para alcanzarlos.

Ahora bien, no todos los actores cuentan con el mismo margen de acción para dañar un acuerdo internacional, así como tampoco son susceptibles a sufrir las mismas consecuencias. El poder se torna, de esa forma, en un segundo elemento central. Al respecto, Anthony D’Amato sostiene que el poder y la ley se encuentran simbióticamente conectados, de manera tal que la ley pretende controlar al poder, mientras que al mismo tiempo necesita de él para adquirir capacidad de aplicación. Simultáneamente, el poder busca moldear a la ley a su imagen y semejanza. En ese marco, la normativa sobre la cual fue construida la alianza entre los actores que ganaron la Segunda Guerra Mundial (y que fue materializada en las Naciones Unidas), les otorga a los miembros de la Asamblea General las mismas condiciones. Sin embargo, los miembros permanentes y con derecho a veto en el Consejo de Seguridad (China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia) son visiblemente menos sensibles a sus resoluciones. La anexión de Crimea y Sebastopol por parte de Rusia, o la invasión de Estados Unidos (y aliados) a Irak y Siria son sólo algunos ejemplos recientes de tal afirmación.

Dicho esto, un gobierno puede querer romper una alianza aduciendo problemas de cohesión y liderazgo. ¿Qué significa esto? En realidad, simboliza varias cosas, dependiendo de lugar en el que nos situemos. Desde el punto de vista de una nación poderosa, es frecuente el argumento de la distribución de las cargas de la alianza. El líder del bloque puede denunciar la vigencia de una distribución inequitativa de los costos para mantenerla activa. Hacia esta dirección se vienen dirigiendo desde hace años las discusiones en el núcleo de la OTAN, algo que se evidenció en 2011 en los debates al interior de la organización respecto de participar o no en la intervención militar en Libia. Se profundiza, así, la discusión en torno a las prioridades estratégicas y los recursos limitados, sobre todo en la Casa Blanca. El escepticismo reinante en la elite política estadounidense acerca de la alianza transatlántica ha alcanzado un pico inédito luego de que Trump demandara públicamente a sus aliados el pago de sus obligaciones económicas, aduciendo que “veintitrés de los veintiocho países miembro aún no pagan lo que deberían pagar”. Esto fue el 25 de mayo, es decir, tres días después del atentado terrorista en el Manchester Arena. Existe un sinnúmero de ejemplos de reclamos de este estilo. Solo por citar un caso, en los tiempos de gloria de la Unasur era sencillo escuchar a funcionarios de Itamaraty quejándose por considerar que Brasil estaba asumiendo el peso de las cargas del nuevo bloque.

El riesgo de erosión o pérdida de gravitación de una alianza se minimiza o profundiza según el grado de institucionalización.

En contrasentido, una alianza también puede resquebrajarse por la pérdida de capacidades de sus motores, algo que podría impactar directamente en su margen de construcción de cohesión y liderazgo. Volviendo al ejemplo anterior, podría sostenerse que la crisis actual de la Unasur se encuentra directamente ligada a la grave situación interna por la que atraviesan varios de los países de la región, sobre todo Brasil. El Pacto de Varsovia se disolvió en 1991, al son de la implosión de la Unión Soviética, de la misma forma que el ALBA perdió rumbo luego del fin del boom de los commodities y la enfermedad de Hugo Chávez.

Ahora bien, los actores menores de la alianza pueden tener una perspectiva distinta al respecto. Desde un extremo, los Estados menos poderosos pueden desear el fin de una alianza si el liderazgo de la misma se torna demasiado autoritario y aumentan las resistencias a la subordinación. Más allá de la multicausalidad arraigada en cuestiones económicas, ideológicas y culturales, esto sucedió en ocasión de la ruptura entre Yugoslavia y la Unión Soviética hacia fines de los años 40. En el otro extremo, su reclamo puede estar asociado a la vigencia de un liderazgo laxo, sin compromisos o inyección de recursos. Algo de esto podría recriminárseles a Brasil y la Argentina en su accionar en el Mercosur.

Complementariamente, podría afirmarse que el riesgo de erosión o pérdida de gravitación de una alianza se minimiza o profundiza según el grado de institucionalización. A niveles más intensos de coordinación de políticas y formalización, la ruptura se torna más engorrosa. Las cíclicas etapas de aceleración, estancamiento y retroceso de la Unión Europea demuestran que no resulta tarea sencilla echar por tierra el complejo entramado de normas, estructuras, programas y burocracias sobre las cuales se cimienta la organización. La interdependencia se torna, aquí, una cuestión fundamental. Por el contrario, a menor coordinación e institucionalización, menores son las obligaciones adquiridas y los costos potenciales de ruptura. Ingresar al G-77 (compuesto por 77 países del Sur Global) resulta tan sencillo como retirarse.

Las alianzas también pueden perder relevancia por ser sujetos de estereotipos. Asociado al cambio de ciclo político, una alianza puede ser percibida por una nueva gestión como un club de amigos hecho a la medida de su antecesor. Más grave aún, hasta puede ser entendida como una plataforma diseñada para subordinarse a un determinado actor extranjero. La desconfianza en las contrapartes marca el pulso de la misma. En la Argentina conocemos bien esta dinámica. El progresivo apartamiento de la OEA durante las gestiones kirchneristas, así como el rechazo al proyecto de creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), estuvo directamente asociado a la percepción de sendos espacios como mecanismos hegemónicos dominados por Washington. Mientras tanto, la administración Cambiemos se aparta de instituciones como la Celac o la Unasur por catalogarlas como “demasiado bolivarianas”.

También las alianzas pueden erosionarse ante la desaparición de una amenaza. Claramente algunas sociedades internacionales nacen de la percepción de un peligro, ya sea este real, imaginado o fabricado. Como en los casos anteriores, la amenaza puede ser multifacética o asumir las más diversas naturalezas, abarcando desde otro Estado o conjunto de Estados, hasta una ideología, una religión o una cultura. O hasta una combinación de todas ellas. La diagramación de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) en 1967 no puede ser disociada de la cercanía de sus miembros con China, de la misma manera en la que la edificación de la Liga Árabe luego de la segunda contienda global se encuentra simbióticamente conectada a las negociaciones para la creación del Estado de Israel. La amenaza también puede ser un sistema de ordenamiento político, económico y social. En efecto, el temor al avance del capitalismo fue un elemento clave para la puesta en marcha del Consejo de Ayuda Mutua Económica (Comecon) en 1949. Dicho esto, debe reconocerse que una alianza también puede perecer ante el surgimiento de una amenaza. Los ya mencionados países que recientemente rompieron relaciones con Qatar (donde se encuentra la mayor base militar de Estados Unidos en Medio Oriente) aplicaron este argumento.

Ligada a los estereotipos, el desvanecimiento puede ser traccionado por considerar que la alianza carece de resultados e impactos sustantivos. Los acuerdos internacionales suelen partir de una intención por transformar (o, al menos, reformar) determinadas realidades. Cuando la utilidad de aquellos deja de ser considerada relevante, el mismo corre peligro de extinción. Esta situación es particularmente delicada en los matrimonios por conveniencia y poco institucionalizados, una combinación de factores que suele intensificar la inherente inestabilidad de cualquier relación, sea ella bilateral o multilateral. Las nuevas formas de concertación regional que surgieron en América Latina (y que se expresaron en grupos como los de “Contadora”, “apoyo a Contadora” o “Río” o en iniciativas como el “Consenso de Cartagena”) representaron una alternativa a la rigidez que proponía la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) y que pocos resultados demostraba. En ese sentido, queda claro que para erosionar una alianza no es necesario decretar su defunción formal. A veces basta con dejarla viva, vaciándola de funciones y autoridad, algo que a su vez impacta negativamente en su capacidad de generar resultad concretos y visibles. Es decir, se genera un círculo vicioso en el que la voluntad política de las partes (o la falta de la misma) termina siendo la variable constante. Lo cierto es que la percepción sobre los resultados puede estar basada en numerosas razones objetivas e incluso ser resultado de emociones como la ansiedad, la primacía del corto plazo y la especulación.

Las nuevas formas de concertación regional que surgieron en América Latina representaron una alternativa a la rigidez que proponía la ALADI y que pocos resultados demostraba.

Otra causa de debilitamiento es la pérdida de credibilidad. El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) ilustra un caso paradigmático. Firmado en 1947 y orientado a garantizar la defensa colectiva del hemisferio americano, fue invocado para derrocar a Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, luego para luchar contra el comunismo, y fue ignorado durante la Guerra de Malvinas. Así y todo, continúa vigente.

En otro orden de cosas, la decisión británica de retirarse de la Unión Europea estuvo condicionada por la percepción de determinados sectores políticos y sociales acerca de la incapacidad de Bruselas de tomar decisiones capaces de mejorar la economía y contener los flujos migratorios hacia el archipiélago.

Vale agregar que en cuantiosas oportunidades la pérdida de credibilidad se potencia cuando diferentes acuerdos entran en contradicción, algo que sucedió en el conflicto malvinense, cuando Washington priorizó su alianza especial con la OTAN en detrimento del TIAR. También se evidencia en las múltiples protestas en Japón para que Estados Unidos relocalice las bases militares que tiene desplegadas en la isla, prestando especial atención a los compromisos de aquel país con China.

 ¿Cada cual por su camino?

 Nos encontramos transitando épocas complejas, en las que las alianzas se mueven y redefinen. Desde una mirada pesimista, podría augurarse un futuro sombrío. Aunque, si se confía en Hyman Minsky y se asume que la estabilidad es siempre desestabilizante, tal vez el escenario hostil e incierto que hoy nos toca vivir sirva para generar ideas y proyectos innovadores.

Lo cierto es que lo perceptible, lo palpable, es la presencia de un complejo sistema de alianzas internacionales en el que cada actor cuenta con intereses, agendas de prioridades y hojas de ruta propias. Las alianzas viven, así, en constante riesgo de extinción. Sin embargo, no es necesario asumir el costo de su derogación formal, ya que muchas veces sólo se requiere quitarles el sentido material y simbólico por el cual fueron creadas. Las excepciones, reservas, cláusulas especiales, el sistema de votación; son múltiples y variadas las vías de escape que suelen utilizar los Estados para desentenderse de sus obligaciones internacionales.

La inexistencia de un comando integrado le permitió a Siria evitar involucrarse en la Guerra de Suez de 1955, a pesar de compartir un acuerdo de defensa conjunto con Egipto. Esto sucede, por supuesto, cuando las alianzas están institucionalizadas, dado que, cuando son informales, basta con ausentarse de una cumbre o de una reunión sectorial. Esta es una opción que se ha venido aplicando en el seno de la Celac. De hecho, países como México, Brasil, Paraguay y Perú ni siquiera enviaron delegados al encuentro de mayo que había sido convocado por Nicolás Maduro para abordar la crisis por la que atraviesa Venezuela.

La estabilidad es siempre  desestabilizante, tal vez el escenario hostil e incierto que hoy nos toca  vivir sirva para generar ideas y proyectos innovadores.

Pero, más allá de todo, ni los Estados ni los individuos y grupos de individuos que actúan en su nombre, lo hacen de manera aislada. Se encuentran conectados en redes y atados de diferentes formas, sean o no conscientes de ello. De ahí que les resulte embarazoso deshacerse de aquello que no consideran útil o que simplemente estigmatizan por cuestiones políticas, económicas, financieras, ideológicas, religiosas o raciales. Con esta realidad deben lidiar, incluso, las grandes potencias que fijan las reglas del orden global. El proceso de socialización cultural es fundamental a la hora de etiquetar cuestiones y cargarlas de peso valorativo.

De cualquier modo, nada es para siempre. “Todo lo que era sólido y estable es destruido; todo lo que era sagrado es profanado, y los hombres se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas con desilusión”, nos advertían Karl Marx y Friedrich Engels. Las alianzas, ya sean sólidas o líquidas, también se desvanecen. Cultivar, atender y alimentar aquellas que contribuyan a mejorar la calidad de vida de los pueblos y, fundamentalmente, de los sectores más vulnerados, es el deber de nuestros Estados.

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