Revista N° 66 - 2017
Actualidad InternacionalPragmáticos, ambiciosos y con estilos personalistas de liderazgo, Xi Jinping y Donald Trump comparten la responsabilidad por la cogestión del orden mundial. De sus pareceres, desconfianzas, formas de expresión y de los vínculos interpersonales que establezcan dependerá, en gran parte, la mayor o menor probabilidad de resolución pacífica de los conflictos geopolíticos y lagobernanza mundial del siglo XXI.
El año 2017 seguramente será recordado por diversos acontecimientos históricos, pero uno, sin dudas, ocupará un rol prominente en la larga lista de hechos, situaciones y procesos: el ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Caracterizado magnate y heredero de un imperio forjado en los negocios inmobiliarios, el nuevo presidente accede a la máxima posición de poder gracias a los pliegues que presenta una envidiable democracia, tan vital como sorpresiva, que permite –gracias a la alquimia del sistema indirecto de elección presidencial– perder una elección general pero ganar la presidencia. Como exitoso empresario devenido político, con la mitad del electorado en su contra, sus primeros pasos se han encaminado a posicionarse ante la opinión pública como un líder decidido, enérgico, ejecutivo y ágil, capaz de interpretar sentimientos y emociones populares, en especial los de aquellos residentes de los Estados del noreste estadounidense, castigados por el deterioro en la calidad de vida, el repliegue de oportunidades de trabajo y el cierre de empresas que moldearon centros industriales, como por ejemplo, Detroit. Sus códigos corporales y su estilo discursivo muestran una propensión resolutiva que refleja una evidente ansiedad por resolver problemas heredados de manera rápida y eficaz para, entre otros objetivos, legitimar su posición y ampliar su base de apoyo popular, considerando los tres millones de votos que obtuvo como ventaja la candidata demócrata Hillary Clinton.
La abrupta salida del Acuerdo Transpacífico, la empatía del primer momento –mutada en actual recelo– hacia Rusia, la desconfianza ante el establishment de Washington, las sospechas sobre una burocracia gubernamental anquilosada, las suspicacias personales mezcladas con incredulidad sobre los organismos de inteligencia, sus manifestaciones reflejo de un pensamiento binario y xenófobo cuyo principal destinatario ha sido México, y una –inflexible– postura ante lo que considera el daño y perjuicio comercial que otras naciones imponen a Estados Unidos mediante tratados o acuerdos comerciales desventajosos, conforman una cosmovisión cuya resolución concreta evidencia gestos espasmódicos que no necesariamente forman parte de una agenda de gobierno. Además, su estilo político ha generado un amplio rechazo en la sociedad estadounidense que critica una postura belicista y en ocasiones intemperante, disociada de concretos beneficios internos y que erosiona la credibilidad externa del país. Se suman a estas críticas, parte del poder legislativo –incluso del mismo signo político– y parte del poder judicial. Su discurso confrontativo ha tenido también como destinatarios preferentes al periodismo, intelectuales, fuerzas de la oposición e incluso empresarios. Ante este frenesí, el sistema político estadounidense ha ido imponiendo límites y encausado algunas prácticas de gobierno que, desde la tradición bipartidista, el jefe de la Casa Blanca debe asumir como líder de la primera potencia mundial. Lejos de este inmediatismo altisonante, el presidente chino Xi Jinping ha forjado una imagen de líder eficiente, operador sagaz y astuto armador político, capaz de acallar las
tensiones intra-partido y encolumnarlo tras de sí en la lucha contra la corrupción desatada en el seno del gobierno y del Partido.
Principal objetivo de su presidencia, la campaña sirve para impulsar su propia agenda de reformas signada por una dura transición económica con altos costos sociales; su fin es erradicar prácticas de la doctrina revolucionaria de la vieja guardia –la que se inculca hoy en centros de estudios y escuelas de
formación política y que el actual presidente rechaza por ser típicas de un viejo orden– para que el Partido sobreviva a las crecientes demandas sociales sobre apertura política, sostenga una senda de modernización social y administre equilibrios y tensiones inter facciones, así como liderar la transformación del país y relegitimarse en el ejercicio del poder mediante una eficiente gestión de la economía nacional y generación de bienestar. Obviamente, Xi no es producto de una elección democrática con participación directa del pueblo mediante el sufragio, como lo es el presidente estadounidense, pero no por eso requiere menos dosis de pericia política para sostener su posición y acumular suficiente poder a fin de aplicar medidas de reordenamiento político y económico tendientes a confirmar una trayectoria de mayor institucionalización doméstica y encumbramiento de China como potencia mundial en el siglo XXI.
Lo cierto y real es que en esta etapa de la historia, ambos líderes comparten la responsabilidad por la cogestión del orden mundial. De sus pareceres, modos, formas de expresión, interacciones, discordancias y mutua (in)comprensión, dependerá la mayor o menor probabilidad de resolución pacífica de conflictos geopolíticos de antigua data en el noreste y sudeste de Asia y en el espacio Indo-Pacífico. También de la posición y vínculos interpersonales que establezcan surgirán líneas de comprensión sobre el rol que han de adoptar otros actores sistémicos relevantes, como Europa, Medio Oriente e incluso nuestra América Latina. En este orden, al desdén de Trump por la región se contrapone el dinamismo de China y una estrategia de profundización de vínculos con la región en los años por venir.
SIMILITUDES Y DIFERENCIAS
En líneas generales, lo primero que podemos decir es que Trump comanda el Estado más poderoso del planeta, la principal economía mundial y primera potencia tecnológica del orbe. No obstante, su presidencia evoluciona en el marco general de tendencias profundas que asumen la pérdida progresiva, real y constante del poder e influencia estadounidense en el mundo; de otra forma difícilmente podríamos entender el por qué de su lema neo reganeano sobre “hacer América grande otra vez”. Reconstruir la imagen estadounidense en el mundo, para Trump, significa regenerar su poder perdido asociado al despliegue de poder duro o militar. Un sentido de proyección que parece ser contradictorio con una postura externa pro aislacionista en lo económico.
Su homólogo Xi, por el contrario, se encuentra al borde de iniciar su segundo mandato (2017–2022) al frente de una potencia emergente. Para China esta postura implica el resurgimiento de una nación otrora poderosa (quince por ciento del PBI mundial a mediados del siglo XIX) cuya praxis en la arena internacional discurre entre variadas opciones doctrinarias que abarcan desde enfoques basados en el más rancio y duro nacionalismo restaurador del poder imperial, hasta visiones más moderadas neo kantianas e institucionalistas (liberales) que inducen la inserción del país en un sistema de controles multilaterales que retroalimenten esfuerzos internos por mayor apertura económica y liberalización política. No obstante estas diferencias conceptuales y operacionales, todas coinciden en un mismo fin y comparten una común visión “restauradora” del poder chino en Asia y el mundo.
En tal contexto de expresa competencia por el poder, las modalidades y contornos que adquiere la dialéctica entre Estados Unidos y China deben ser administrados sin alcanzar puntos de ruptura. Si, como expresa George Kennan “la hostilidad suele ser un síntoma”, es esperable que ambos líderes minimicen desconfianzas y definan un modus vivendi que modere o neutralice los desacuerdos en función de aportar a la gobernanza mundial del siglo XXI.
Un escenario de equilibrio estable favorecido por el entendimiento personal es, además, conveniente para ambas naciones. Para Estados Unidos a fin de sostener su liderazgo tecno-industrial militar global y, para China, en pos de lograr reestructurar su sector industrial y sortear la trampa de los ingresos medios hacia mediados de siglo.
En toda esta dinámica macro geopolítica, las historias personales mínimas cuentan. Las tramas vitales nos muestran que ambos son parte de una élite en sus respectivos países, pero en tanto Trump se presenta como un personaje anti establishment, Xi no lo es. Trump es un multimillonario heredero entre
cinco hermanos de un imperio inmobiliario legado por un inmigrante de origen alemán. En su adolescencia logró acceder a la educación superior en una academia militar y en pleno auge de la Revolución Cultural china –cuando en la campiña china el joven Xi purgaba junto a su familia el pecado de un padre considerado contrarrevolucionario– obtuvo, en 1968, su licenciatura en Economía en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania. Una competitiva carrera en el medio empresarial estadounidense lo ubicaría, según la revista Forbes de 2016, en el puesto número 324 entre los hombres más ricos del mundo.
Su contraparte, Xi Jinping es uno de los cuatro hijos de Xi Zhongxun, líder revolucionario, compañero de trinchera en los combates contra el ejército nacionalista, camarada en el penoso derrotero de la Larga Marcha (1934-1935) y combatiente ante el ejército imperial japonés. Purgado por Mao Tsé-Tung, destituido de su puesto de vice premier y encarcelado en las negras noches de la Revolución Cultural (1966–1976) recién fue rehabilitado en los albores de las reformas gracias a Deng Xiaoping. Xi Jinping, nacido en 1953, estudió Ingeniería Química en la prestigiosa Universidad de Qinhua (en la que históricamente era formada a élite imperial) y obtuvo un doctorado en Teoría Marxista. Con este perfil y antecedentes familiares, el presidente chino es un cuadro partidario que forma parte de la élite de los denominados princelings (taizi dang).
En tanto Trump es un outsider de la política, Xi ha sido forjado en los avatares de una vida como campesino en la China rural, moldeado por la herencia paterna revolucionaria, la acción y lucha política dentro del Partido Comunista Chino. Su meritorio ascenso es resultado de su capacidad de gestión y resolución demostrada, entre otras funciones, como gobernador de la provincia sureña de Fujian y como secretario general del PCCh en la segunda provincia en importancia económica del país, Zhejiang. Una leve ventaja otorga a Xi un plus de conocimiento sobre el país adversario y el entorno en que su contraparte ejerce el poder. En 1985 y durante dos semanas, participó, junto con otros expertos chinos, de un intercambio sobre tecnología rural que lo llevó a convivir con una familia estadounidense en el Estado de Iowa; asimismo, su hija Xi Mingze ha estudiado en la Universidad de Harvard.
No obstante, ambos han tenido que luchar para alcanzar la meta política superior. Trump, en el contexto de una sociedad abierta y plural proclive a la igualdad de oportunidades, pero también con altas dosis de competencia, en ocasiones moderada o neutralizada gracias al ejercicio plutocrático del poder. En el caso de Xi, arropado en las ventajas de su herencia paterna, ascendió hasta la cima a fuerza de eficiencia y trabajo.
En el camino, ambos han sufrido no pocas tensiones personales; al igual que Trump, Xi está casado en segundas nupcias con Peng Liyuan, quien revista con el grado de coronel del EPL. Trump también perece haber elegido una mujer de fuerte personalidad para que lo acompañe.
Pragmáticos, ambiciosos y con estilos personalistas de liderazgo, ambos aspiran lograr la mayor concentración de poder posible. Trump, a la luz de su propia experiencia personal en el mundo corporativo, concentrando decisiones y absorbiendo funciones; Xi reafirmando un rasgo central de la cultura política china como es la acumulación de poder en un solo hombre con el fin –sostienen sus seguidores– de garantizar la estabilidad interna del país en tanto atraviesa una dificultosa transición (nueva normalidad); prueba de ello es que ha logrado posicionarse como “núcleo” (hexin) del gobierno y Partido, barriendo con un estilo de liderazgo colectivo que caracterizó anteriores administraciones y fue concebido para evitar rememorar viejos males de la etapa maoísta, como fue el denominado culto a la personalidad.
El directo control ejercido por Xi sobre comisiones especiales, como las de reforma, seguridad en Internet e información, economía y finanzas, defensa territorial y reforma del ejército, y sobre el Consejo de Seguridad nacional, dan cuenta del nivel de poder acumulado. En otro aspecto, ambos miran con sospecha el rol de los medios de prensa e información y su influencia en la opinión pública.
Trump denosta la prensa de manera directa o mediante el intenso uso de redes sociales, pero no puede evitar que cumpla con su función de control sobre el poder en una democracia. En cambio, Xi la controla y supervisa, al mismo tiempo que promueve la difusión doctrinaria por medios oficialistas, en un típico ejercicio propio de regímenes autoritarios. Los primeros movimientos de Trump intentan ordenar un gobierno, encausar la administración y lograr apoyos en un receloso Partido Republicano que no necesariamente refrenda sus iniciativas más polémicas. Su lucha contra la burocracia y el establishment ha generado antipatías y su proceder genera resistencias internas y dilaciones en la implementación de políticas.
Por su parte, Xi, apoyado en la estructura y disciplina partidaria, ha demostrado ser más eficiente; mediante la certera y quirúrgica campaña contra la corrupción logró disciplinar a opositores y atemorizar facciones que operan en su contra (la Liga de la Juventud Comunista y la Facción de Shanghai, representadas por los ex presidentes Hu Jintao y Jiang Zemin). Su combate contra la burocracia proviene de apuntar a erradicar prácticas corruptas que afectan la imagen del Partido ante la sociedad y el mundo.
Ambos líderes sostienen cosmovisiones restauradoras de la propia historia y expresan nostalgia por un pasado nacional idealizado; ambos intentan en sus discursos y enunciaciones movilizar emociones y fomentar el orgullo nacional.
Estados Unidos intenta revivir el sueño americano y aspira a que Norteamérica sea grande otra vez (make America great again). Xi, en cambio, es el artífice de una idea-fuerza que guía la acción del gobierno y que consiste en alcanzar el sueño chino; una utopía nacional centrada en la revitalización de la nación, el desarrollo económico y la recuperación del lugar que China merece en la historia. Adicto a las redes sociales, Trump presenta un discurso efectista que parece transmitir un sentido de ruptura respecto de la estrategia asumida por el país durante las dos últimas décadas; por el contrario, Xi expone discursos directos, calculados, prudentes y estructurados que intentan transmitir continuidad
por sobre ruptura. En tanto Trump intenta revertir procesos, Xi se sostiene y reafirma permanentemente como principal vocero de la gran estrategia de China, consistente en erigirse como potencia global en la centuria. Los dos parecen compartir un sentido de inevitabilidad del conflicto militar en el este de Asia durante el siglo XXI. Desde la asunción de Xi, China aceleró la modernización de sus fuerzas armadas e incrementó capacidades en ciberguerra a fin de que el país –acorde las directivas de Xi– esté preparado para enfrentar una guerra total y de alta tecnología.
Trump ha dejado en claro que el poder duro es el que mejor servirá a los propósitos externos de Estados Unidos; por este motivo, aprobó el mayor aumento de gasto militar en una década: cincuenta y cuatro mil millones de dólares. Como muestra de un realismo confuso, su apelación a la aplicación del poder duro para resolver conflictos, recuerda el viejo axioma maoísta sobre que “el poder nace en la boca del fusil”.
La militarización de los respectivos gabinetes es un claro indicador de coincidencias. Trump y Xi han nombrado altos oficiales de las fuerzas armadas en los principales puestos de asesoría y agencias responsables sobre defensa y seguridad; militares retirados y en actividad, copan roles centrales en la
orientación de la estrategia externa (política exterior) de ambos países. Trump está acompañado en cargos relevantes por el secretario de Defensa (James Mattis), de Seguridad (John Kelly) y ha nombrado al frente del Consejo Nacional de Seguridad al almirante McMaster, todos ligados por distintas vías al complejo industrial militar estadounidense.
Xi, por su parte, preside el Consejo Nacional de Defensa, la Comisión Militar Central y sostiene una política de modernización y reequipamiento que se define por el aumento del gasto militar, incorporación tecnológica, proyección del poder aeronaval y aumento en capacidades ciberespaciales. Además, ha cedido espacios decisorios en seguridad, defensa y diplomacia a los halcones que en política exterior sostienen el fin de la primacía estratégica de Estados Unidos y la consecuente necesidad del avance del poder militar chino, a fin de convalidar reivindicaciones soberanas en los espacios insulares del sudeste de Asia y enfrentar la estrategia de neo contención estadounidense en la región.
En tal sentido, ambos sostienen intereses divergentes en los principales escenarios de tensión geopolítica mundial del siglo XXI: la península de Corea, el sudeste de Asia y el espacio marítimo Indo-Pacífico. El gran juego en el este de Asia indica que para China, Corea del Norte (no importa quien gobierne) es una pieza central del ajedrez estratégico y no la abandonará a una forzada reunificación bajo influencia estadounidense. En el sudeste de Asia, bajo el gobierno de XI, China ha construido islas artificiales y asumido una dura posición ante cualquier intento de limitar sus pretendidos derechos de soberanía. Dada esta situación, difícil es y será compatibilizar los objetivos reivindicativos de China con el principio de libre navegación internacional sostenido por Estados Unidos en la subregión. La construcción de poder naval por parte de China, con sus dos portaaviones, y el despliegue del sesenta por ciento del poder aeronaval estadounidense en el Pacífico asiático como parte de la estrategia Asia pivot, es un indicador elocuente de una prevista escalada militar en Asia Oriental.
Para ambos, Rusia representa un actor global de importancia en la redefinición de equilibrios estratégicos y para estabilizar escenarios de conflicto en Medio Oriente, el Pacífico asiático, Asia Central e incluso Europa. China, bajo el mando de Xi, ha profundizado una alianza estratégica política y energética con la Rusia de Putin; la cooperación y diálogo sino-ruso sobre la base de una amplia comunidad de intereses sirve a varios propósitos. En primer lugar, para contener presiones de la OTAN para proyectar su poder hacia el Este; en segundo, para atenuar las sanciones internacionales impuestas a Rusia por efecto de la anexión de Crimea; y tercero, para garantizar el mutuo apoyo a sus respectivos reclamos soberanos (ambos son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), por parte de Rusia en territorios como Ucrania y Crimea y, por el lado de China, en el Mar del Sur. Además, Rusia es un socio clave para la proyección geoeconómica de China hacia el Oeste mediante el proyecto One Belt One Road (OBOR), proyecto que persigue sostener su crecimiento económico, pero fundamentalmente alejar a Europa de la órbita estadounidense y diluir su papel como actor internacional; una Europa más lejana respecto de Estados Unidos está hoy más cerca de China, unidas por conexiones ferroviarias (Shanghai-Madrid o Shanghai-Londres), inversiones y proyectos financieros.
El presidente de Estados Unidos, luego de una primera luna de miel en la que Rusia aparecía como un aliado confiable, inició la demonización de la neo zarista Rusia putiniana como emisora de ataques cibernéticos por parte de hackers a las bases del Partido Demócrata. La infiltración del espionaje ruso en los servicios de inteligencia estadounidenses o la influencia ejercida sobre funcionarios en Washington, han modificado radicalmente su consideración en la toma de decisiones sobre política exterior, defensa y seguridad. La observación sobre el comportamiento de Trump y de Xi sugiere la contrastante imagen de dos liderazgos con objetivos disímiles; uno que busca construir muros, una nueva Gran Muralla en la frontera con México; proyecto que sin duda, tarde o temprano sucumbirá por la fuerza de los hechos (inmigración), pero sirve para ganar simpatías domésticas y perderlas en el exterior al ser considerado un líder proteccionista y antiglobalización. El otro muestra una postura diametralmente opuesta; los muros que busca construir Xi son los de represas hidroeléctricas por parte de empresas estatales, especialmente en África y América Latina; asimismo, su impulso al proyecto de conectividad euroasiática OBOR, posiciona a China como el motor del libre comercio mundial y el proveedor de bienes públicos globales, tal como Estados Unidos lo hiciera desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
De esta forma, Xi convalida la generalizada percepción sobre la indetenible traslación del poder mundial desde Occidente al Pacífico con epicentro en China. Trump reniega del multilateralismo y condiciona el accionar de Estados Unidos en dichos ámbitos. Contrariamente a la actitud de Xi, que los aprovecha para expandir la influencia china y producir una reingeniería institucional a medida de intereses nacionales de largo plazo; la creación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (AIIB) es un claro ejemplo. Una postura pro aislacionista y la indefinición de una política latinoamericana por parte de
la administración Trump, incrementan la incertidumbre a nivel regional sobre el papel que ha de desempeñar Estados Unidos; la resolución final o no del conflicto con Cuba, la actitud menos abierta del mercado estadounidense vis a vis, la renegociación del Tratado de libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y los vínculos hacia el sur del río Bravo.
Mientras tanto, la China que hoy preside Xi evoluciona cómoda sobre la denominada paradoja asiática consistente en una acertada dosis de presión política y diplomática, poder militar e interdependencia económica. La estabilidad de la periferia china es un activo importante para la estrategia nacional de reconstrucción. Y hacia allí dirige sus principales medios coercitivos e instrumentos cooperativos aplicados en diferentes dosis, sea en el Noreste o Sudeste de Asia.
Extendido el análisis hacia nuestra región, el espacio vacío dejado por el aparente desinterés de la administración republicana en los asuntos latinoamericanos (a excepción de México), abre la puerta para un más activo ejercicio de inserción china en la región. Dan cuenta de lo expuesto, los objetivos de mediano y largo plazo que China aspira lograr en América Latina y que fueron expuestos en el Nuevo Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe, publicado en noviembre de 2016.
Finalmente, ambos muestran coincidencias sobre la necesidad de sostener el crecimiento económico y fomentar la creación de empleo. Para Trump se trata de recuperar sectores industriales afectados por la competencia externa, fomentar la inversión made in USA, reducir impuestos, alentar una mayor participación del sector industrial-militar en la economía nacional, reducir la burocracia, revertir desventajas comerciales, etcétera.
La búsqueda de Xi se centra, en cambio, en atravesar una etapa de menor crecimiento (China creció un 6,7 por ciento en 2016, la menor tasa en veintiséis años), reestructurar sectores industriales sobre-invertidos, promover la innovación y generar condiciones de competitividad con fuerte aliento del consumo interno.
Para ambas economías, las nuevas formas de producción y trabajo obligan a implementar reformas asociadas a crecientes costos sociales. En ambos países, estrategas económicos coinciden en la necesidad de un mayor compromiso por parte del sector privado, aliento a las pequeñas y medianas empresas, y mayor inversión en capital humano e investigación.
CONCLUSIONES
Más allá de tramas personales, familiares y condicionantes políticos, ambos líderes deben responder a demandas internas sobre bienestar económico y generación de empleo. Trump, apuntando a revertir las desventajas producidas por acuerdos comerciales considerados no favorables o que han dado muestras
de perjudicar las bases estadounidenses de producción, aplicar mayores dosis de protección del mercado interno y tratar de reducir desequilibrios en la balanza comercial.
Xi, enfrentando no pocos desafíos internos; la reingeniería económica muestra fisuras y grietas internas de consenso en cuadros partidarios locales y resistencias por parte de la burocracia gubernamental central y provincial. Arraigados intereses corporativos demoran la implementación de medidas.
Por otra parte, la composición de una nueva dirigencia, producto del XIX Congreso del PCCh, en octubre de 2017, es su principal preocupación en aras de alcanzar objetivos sobre desarrollo pautados para los dos centenarios: el de 2021, cuando el PCCh cumpla un siglo desde su fundación y el de 2049, cuando la República Popular celebre su primer centenario de vida. Como siempre el capitalismo (occidental o confuciano) opera y fluidiza las relaciones interpersonales.
Luego de la visita de Xi a Estados Unidos, en abril de 2017, China aprobó la instalación en su país de treinta y ocho franquicias de empresas ligadas a Donald Trump. En reciprocidad, compañías chinas como Angbang desarrollarán negocios inmobiliarios junto con el yerno del presidente, Jared Kushner, en la ciudad de New York. Causalidad o no, buenas conexiones personales facilitan mejores negocios.