Artículo online - Publicado el 19-08-21

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Afganistán

Por Friedrich Engels​ (1820-1895)
Filósofo, politólogo, sociólogo, historiador, periodista, revolucionario y teórico comunista y socialista alemán, amigo y colaborador de Karl Marx

La historia la cuenta nada menos que Federico Engels, el compañero y alter ego de Carlos Marx, con motivo de que tuvo que escribir en 1857, por razones alimentarias, para The New American Encyclopedia la voz "Afganistán". Después de exponer una descripción de las condiciones geográficas y sociales de aquel país clave dentro de la estructura de Asia Central, relata la invasión de los ingleses

Afganistán es un extenso país de Asia al noroeste de India. Está ubicado entre Persia y las Indias, y en la otra dirección entre la cadena montañosa Hindu Kush y el Océano Indico. En el pasado incluía las provincias persas de Khorassan y Kohistán, junto con Herat, Beluchistán, Cachemira, Sind, y una parte considerable del Punjab. Dentro de sus actuales fronteras probablemente no haya más de cuatro millones de habitantes. La superficie de Afganistán es muy irregular, -mesetas elevadas, vastas montañas, valles profundos, y barrancos-. Como todos los países tropicales montañosos, presenta todo tipo de climas. En Hindu Kush, las altas cumbres tienen nieve todo el año, mientras que en los valles el termómetro llega hasta los ciento treinta grados. El calor es más fuerte en el este que en el oeste del país; pero, por lo general, el clima no es tan caluroso como en la India; y aunque hay grandes oscilaciones de la temperatura entre el verano y el invierno, o el día y la noche, el país tiene un excelente clima para vivir. Las enfermedades principales son las fiebres, los catarros y la oftalmia. La viruela, en ocasiones, es destructiva. La exuberancia de las plantas es una prueba fehaciente de la fertilidad del suelo. Los dátiles florecen en los oasis de los desiertos de arena; la caña de azúcar y el algodón se desarrollan en la calidez de los valles; y las frutas y vegetales europeos crecen en abundancia sobre las laderas de las terrazas hasta un nivel de seis o siete mil pies de altura. Las montañas están cubiertas por bosques de especies nobles que son el sitio preferido de osos, zorros y lobos. Los leones, leopardos y tigres rodean aquellos distritos que congenian con su hábitat. Los animales útiles para el hombre no escasean. Hay una variedad poco común de ovejas, entre ellas la persa o la de cola larga. Los caballos tienen un tamaño importante y son de buena sangre. Los camellos y los asnos se utilizan como bestias de carga, y las cabras, perros y gatos abundan por doquier. Además del Hindu Kush, que es una continuación del Himalaya, hay una cadena montañosa llamada la montaña Solimán sobre el sudoeste del país; y entre Afganistán y Balkh, hay una cadena conocida como la cordillera Paropamisos, de la cual aún se sabe muy poco en Europa. Los ríos no son numerosos; el río Helmand y el río Kabul son los más importantes. Ambos nacen en la montaña Hindu Kush, el río Kabul fluye hacia el este y desemboca en el Indico cerca de Attock; el río Helmand corre hacia el oeste, atraviesa el distrito de Seiestan y desemboca en el lago de Zurrah. El río Helmand tiene la peculiaridad de salirse de sus cauces una vez al año, como el Nilo, con lo cual trae fertilidad al suelo que, más allá de los límites de la inundación, es desierto de arena. Las ciudades importantes de Afganistán son Kabul, la capital, Ghazni, Peshawar, y Kandahar. Kabul es una hermosa ciudad, latitud 34° 10’ Norte, longitud 60° 43’ Este, trazada sobre el río del mismo nombre. La edificación es de madera, prolija y cómoda, y cada predio está cercado por un jardín florido que da un aspecto general muy agradable. La ciudad está ubicada sobre una extensa llanura rodeada de villas y encerrada por una cadena de cerros de poca altura. La tumba del emperador Baber es el monumento principal. Peshawar es una ciudad grande con una población estimada en los cien mil habitantes. Ghazni, una ciudad de antigua reputación, alguna vez la capital del gran sultán Mahmud, dejó de ser un gran Estado para convertirse en un lugar pobre. La tumba de Mahmud se encuentra cerca de allí. Kandahar se fundó hace muy poco, en 1754, y se construyó sobre los cimientos de una ciudad antigua. Durante algunos años fue la capital, pero en 1774 el gobierno decidió asentarse en Kabul. Se cree que allí habitan cien mil personas. Cerca de la ciudad está la tumba del sha Ahmed, su fundador, que se ha convertido en un asilo tan sagrado que ni siquiera el rey puede tocar a los criminales que buscan refugio entre sus paredes.

La posición geográfica de Afganistán y el carácter peculiar de su gente dotan al país de una importancia política tal que apenas puede ser sobrestimada en los asuntos de Asia Central. El gobierno es una monarquía, pero la autoridad del rey sobre una población animada y turbulenta es personal y muy incierta. El reino está dividido en provincias, cada una de ellas manejada por un municipio representante de la soberanía que recauda impuestos y los remite a la capital. Los afganos son una raza valiente, audaz, e independiente; solamente se dedican a la agricultura o a actividades pastorales, evitando el comercio que despectivamente delegan a los hindúes y a otros habitantes de las ciudades. Con ellos, la guerra es una excitación y un alivio de las monótonas ocupaciones industriales. Los afganos se dividen en clanes, sobre los cuales, los distintos jefes ejercen algo parecido a una supremacía feudal. El odio indomable que sienten por los regímenes políticos y el gran amor por su independencia como individuos evitan que se conviertan en una nación poderosa; pero esta gran irregularidad e incertidumbre de acción los hace peligrosos como vecinos, proclives a dejarse llevar por el primer capricho que les plazca, o un buen caldo de cultivo para que los instigadores políticos inciten sus pasiones con cualquier artimaña. Las dos tribus principales son la de los dooranees y los ghilgies, quienes siempre luchan entre sí sin darse tregua. La tribu Dooranee es la más poderosa, y en virtud de su supremacía, su emir o khan se autoproclamó rey de Afganistán. Su autoridad es suprema sólo en su tribu. Los contingentes militares son provistos principalmente por los dooranees, el resto del ejército está armado por los otros clanes o por aventureros militares que se reclutan con la esperanza de recibir algún pago o cometer saqueos. La justicia en los pueblos es administrada por los cadíes, pero los afganos casi nunca recurren a la ley. Sus khans tienen derecho a castigar, y su poder llega hasta perdonar la vida o decretar la muerte de su pueblo. Reivindicar la sangre es una obligación familiar; no obstante, se dice que son gente liberal y generosa cuando no se los provoca, y la hospitalidad es tan sagrada que si un enemigo implacable come pan y sal en una casa, aunque lo haya obtenido por medio de artilugios, ya no puede ser más objeto de venganza, además de tener derecho a pedir que su huésped lo proteja de cualquier otro peligro. En religión son musulmanes y de la secta sunnita; pero no son fanáticos y las alianzas entre los chiitas y los sunnitas no son para nada poco comunes.

Afganistán ha estado sometida alternativamente al dominio mongol y persa. Antes de que los británicos desembarcaran en las costas de India, las invasiones extranjeras que barrían las planicies de Indostán siempre provenían de Afganistán. El sultán Mahmud el Grande, Gengis Khan, Tamerlán y el sha Nadir, todos tomaron esta ruta. En 1747 después de la muerte de Nadir, el sha Ahmed, que había aprendido el arte de la guerra con ese aventurero militar, decidió librarse del yugo persa. Bajo su mando, Afganistán alcanzó el punto más alto de su grandeza y prosperidad en los tiempos modernos. El pertenecía a la familia de los Suddosis, y su primer acto fue apropiarse del botín que su antiguo jefe había reunido en India. En 1748 logró expulsar al gobernador mogol de Kabul y Peshawar, y cruzando la India rápidamente invadió Punjab. Su reino se extendía desde Khorassan a Delhi, e incluso midió armas con los poderes de Mahratts. Estas grandes empresas, sin embargo, no evitaron que cultivara algunas de las artes de la paz, y en general se lo conocía favorablemente como poeta e historiador. Murió en 1772, y dejó su corona a su hijo Timour, quien, no obstante, no estaba capacitado para una carga tan pesada. Abandonó la ciudad de Kandahar que había fundado su padre y que en pocos años la había convertido en un centro de opulencia y popularidad, y mudó la sede del gobierno a Kabul. Durante su reinado, los conflictos internos entre las tribus, que la mano firme del sha Ahmed había mantenido bajo control, volvieron a surgir. Timour murió en 1793, y lo sucedió Siman. Este príncipe tuvo la idea de consolidar el poder mahometano en la India, y se le dio tanta credibilidad a su plan, el que podría haber puesto seriamente en peligro las posesiones británicas, que sir John Malcolm fue enviado a la frontera para refrenar a los afganos en caso de que hicieran algún movimiento. Al mismo tiempo se abrieron las negociaciones con Persia, por cuya asistencia los afganos podrían estar ubicados entre dos fuegos. Sin embargo, estas precauciones fueron innecesarias; el sha Siman estaba más que ocupado por conspiraciones y disturbios internos, y sus grandes planes fueron sofocados en su mismo origen. El hermano del rey, Mahmud, arremetió con Herat pensando en construir un principado independiente, pero al fracasar en su intento huyó a Persia. El sha Siman llegó al trono con la ayuda de la familia Bairukshee, cuya cabeza era el khan Sheir Afras. El nombramiento de un visir nada popular por parte de Siman alimentó el odio de los antiguos defensores de la familia, quienes organizaron una conspiración que terminó con la muerte de Sheir Afras. Los conspiradores llamaron a Mahmud al poder. Siman fue tomado prisionero y luego asesinado. Para que se oponga a Mahmud, quien estaba apoyado por la tribu de los dooranees, la tribu de los ghilgies propusieron a Shah Shuja quien se apoderó del trono por algún tiempo. Finalmente, los mismos partidarios de Shah Shuja lo traicionaron, destronaron, y obligaron a refugiarse entre la tribu de los sikhs.

En 1809, Napoleón había enviado al general Gardane a Persia con la esperanza de inducir al sha Fath Ali a invadir India, y el gobierno de India envió un representante –Mountstuart Elphinstone– a la corte de Shah Shuja para crear una oposición a Persia. Para esos momentos, Runjeet Singh subió al poder y a la fama. El era el caudillo de la tribu Sikh, y gracias a su genio logró que su país se independizara de los afganos, erigiera un reino en el Punjab, se ganara el título de Maharajá -el rajá principal-, y el respeto del gobierno angloindio. El usurpador Mahmud, sin embargo, no estaba destinado a disfrutar su triunfo por mucho tiempo. El khan Futteh, su visir, quien fluctuaba alternativamente entre Mahmud y Shah Shuja, según surgiera su ambición o interés temporario, fue capturado por Kamran, el hijo del rey, quien ordenó que le quiten los ojos y posteriormente le den muerte con crueldad. La poderosa familia del visir asesinado juró vengar su muerte. El títere Shah Shuja fue convocado nuevamente al poder y Mahmud fue expulsado. Pero, como Shah Shuja había agraviado a sus partidarios fue pronto destituido, y en su lugar fue coronado su hermano. Mahmud huyó a Herat, la cual continuaba en su posesión, y en 1829, a su muerte, lo sucedió en el gobierno de ese distrito su hijo Kamran. La familia Bairukshee, habiendo logrado ahora un gran poder, dividió el territorio entre sus propios miembros, pero siguiendo la usanza nacional lucharon entre sí, y sólo se unieron en presencia de un enemigo en común. Uno de los hermanos, el khan Mohammed, conservaba la posesión de Peshawar, por la cual pagaba tributo a Runjeet Singh; otro hermano gobernaba Ghazni; un tercero dominaba Kandahar, mientras que Dost Mohammed, el más poderoso de la familia, imperaba en Kabul.

El capitán Alexander Burnes fue a visitar a este príncipe como embajador en 1835, cuando Rusia e Inglaterra tramaban intrigas una contra otra en Persia y Asia Central. El capitán ofreció pactar una alianza con Dost Mohammed, pero éste la rechazó debido a que el gobierno angloindio exigía demasiadas cosas a cambio de absolutamente nada. Mientras tanto, en 1838, con la ayuda y el asesoramiento de Rusia, los persas sitiaron a Herat, el lugar clave para Afganistán y la India. Un agente persa y un agente ruso viajaron a Kabul para hablar con Dost, pero la negativa constante por parte de los británicos de llegar a un compromiso positivo terminó en que Dost finalmente se sintió obligado a recibir ofertas de las otras partes. Burnes partió, y lord Auckland, entonces gobernador general de la India, influenciado por su secretario, W. McNaghten, decidió castigar a Dost Mohammed, por lo que él mismo lo había obligado a hacer. Resolvió destronarlo y poner en su lugar a Shah Shuja, en esos momentos un pensionado del gobierno de la India. Shah Shuja firmó un tratado con la tribu de los sikhs; el sha comenzó a armar un ejército que los británicos se encargarían de solventar y liderar con sus propios oficiales, y una fuerza angloindia se concentró en Sutlej. McNaghten, secundado por Burnes, debía acompañar la expedición en calidad de representante diplomático en Afganistán. Mientras tanto, los persas habían levantado el estado de sitio de Herat, con lo cual desaparecía la única razón válida por la que querían interferir en Afganistán, pero, a pesar de esto, en diciembre de 1838, el ejército marchó hacia Sinde, cuyo país fue obligado a rendirse y a pagar una contribución para beneficio de los sikhs y Shah Shujan. El 20 de febrero de 1839, el ejército británico atravesó las Indias. El ejército estaba formado por aproximadamente doce mil hombres acompañados por más de cuarenta mil no combatientes además de los reclutados del sha. El pasaje Bolan fue cruzado en marzo; el ejército sentía la falta de provisiones y refugio; los camellos caían de a centenares y una gran parte del equipaje se fue perdiendo en el camino. El 7 de abril, el ejército entró en el paso de Khojak, lo atravesó sin resistencia y el 25 de abril ingresó a Kandahar, que habían abandonado los príncipes afganos, hermanos de Dost Mohammed. Después de descansar dos meses, sir John Keane, el comandante, avanzó con el cuerpo principal del ejército hacia el norte dejando a una brigada bajo Nott en Kandahar. El 22 de julio fue tomada Ghazni, la fortaleza inexpugnable de Afganistán. Un desertor trajo información de que la entrada de Kabul era la única que no había sido encerrada entre muros; obviamente fue derribada y el lugar fue posteriormente tomado por asalto. Después de este desastre, el ejército que había reclutado Dost Mohammed se disolvió, y a partir de allí, Kabul también abrió sus puertas. El 6 de agosto, Shah Shuja tomó el trono nuevamente, pero la verdadera dirección del gobierno siguió estando en manos de McNaghten, quien pagaba todos los gastos de Shah Shuja con el dinero del tesoro de India.

Cuando la conquista de Afganistán pareció haberse logrado, una buena parte de las tropas regresó a sus asientos originales. Sin embargo, a los afganos no les complacía estar bajo el mando de los kaffirs feringhee (infieles europeos), y a lo largo de los años 1840 y 1841, todo el país sufrió los embates de una insurrección detrás de otra. Las tropas angloindias estaban constantemente en acción. Para el criterio de McNaghten, este estado de situaciones era el comportamiento usual de la sociedad afgana, por lo que en una carta enviada a su patria comentó que todo iba bien y que la autoridad de Shah Shuja se iba estabilizando. En vano fueron las advertencias de los oficiales militares y de otros agentes políticos. Dost Mohammed se había rendido ante los británicos en octubre de 1840 y había sido enviado a la India; cada una de las insurrecciones acaecidas durante el verano de 1841 fueron reprimidas con éxito, y hacia octubre, McNaghten, nombrado gobernador de Bombay, intentó marchar hacia India con otra tropa. Pero para esa época se desató la tormenta. La ocupación de Afganistán le costó al tesoro de India un millón doscientas cincuenta mil libras por año: en Afganistán tuvo que instalar y pagar dieciséis mil tropas angloindias y para Shah Shuja; en Sinde y en el pasaje de Bolan tuvo que asentar tres mil tropas más; el tesoro de India mantuvo el esplendor majestuoso de Shah Shuja, los sueldos de sus funcionarios, y todos los gastos de su corte y gobierno, y finalmente, los jefes afganos fueron subsidiados, o más bien, sobornados a fin de mantenerlos apartados de la discordia. McNaghten fue notificado de la imposibilidad de seguir gastando dinero a ese nivel. Intentó economizar, pero la única manera posible fue reducir las asignaciones de los jefes. El mismo día en que McNaghten intentó hacerlo, los jefes formaron una conspiración para exterminar a los británicos y, por ende, el mismo McNaghten fue el instrumento que creó la concentración de estas fuerzas insurrectas que, hasta ese momento, habían luchado contra los invasores solas, sin concierto o unidad; si bien es cierto, también, que para ese entonces el odio que tenían los afganos contra el dominio británico había llegado a su punto máximo.

Los ingleses en Kabul estaban bajo el mando del general Elphinstone, un anciano indeciso, completamente incompetente que sufría gota, cuyas órdenes se contradecían constantemente entre sí. Las tropas ocuparon una especie de campamento fortificado, que era tan extenso que la guarnición apenas alcanzaba para proveer de efectivos en las murallas y mucho menos para dividirlos en distintas fuerzas para actuar en el campo. Las obras eran tan imperfectas que las trincheras y los parapetos podían cruzarse a caballo. Como si esto no fuera suficiente, el campamento era dominado casi dentro del alcance de un mosquete por las alturas lindantes, y para coronar lo absurdo de esta disposición, todas las provisiones y los almacenes médicos estaban en dos fuertes distintos ubicados a cierta distancia del campamento, e incluso separados del campamento por jardines fortificados y por otra fortaleza pequeña no ocupada por los ingleses. La ciudadela o Bala Hissar de Kabul habría ofrecido cuarteles de invierno espléndidos y seguros para todo el ejército, pero para conformar a Shah Shuja, decidieron no ocuparla. El 2 de noviembre de 1841 se desató una insurrección. Los insurrectos atacaron la casa de Alexander Burnes en la ciudad y le dieron muerte. El general británico no hizo nada, y la insurrección creció por impunidad. Elphinstone, absolutamente incompetente, a merced de todo tipo de consejos contradictorios, llevó todo muy pronto al nivel de confusión que Napoleón describió con tres palabras, ordre, contre-ordre, disordre. La ciudad de Bala Hissar seguía desocupada, aún hasta hoy. Se enviaron algunas compañías para contrarrestar a los miles de insurgentes, pero por supuesto, fueron vencidas. Este hecho envalentonó aún más a los afganos. La insurrección ocupó los fuertes cercanos al campamento el 3 de noviembre. El fuerte del comisariato -defendido solamente por ochenta hombres- fue tomado por los afganos el día 9, y los británicos fueron reducidos por inanición. El día 5, Elphinstone ya hablaba de comprar un pasaje para salir del país. En realidad, para la mitad de noviembre, su falta de resolución y su incapacidad habían desmoralizado a las tropas a tal nivel, que a esa altura ni los europeos ni los cipayos tenían la aptitud para enfrentar a los afganos en campo abierto. Luego comenzaron las negociaciones. Entre una negociación y otra, McNaghten fue asesinado en una conferencia con los jefes afganos. La nieve comenzó a cubrir las planicies y las provisiones estaban escaseando. Finalmente, se llegó a una capitulación el primero de enero. Todo el dinero, ciento noventa mil libras, debía ser entregado a los afganos, y se firmaron facturas por ciento cuarenta mil libras o más. Se pactó dejar toda la artillería y las municiones, excepto seis cañones de seis proyectiles y 3 fusiles de montaña. Afganistán debía evacuarse. Los jefes, por otro lado, prometieron dejar provisiones, ganado de carga, y tener buena conducta de allí en más.

El 5 de enero los británicos se retiraron, cuatro mil quinientos combatientes y doce mil no combatientes. Una sola marcha bastó para disolver lo último que quedaba de orden y para hundir a los soldados y no combatientes en una desesperada confusión, que hizo que toda resistencia fuera imposible. El frío, la nieve y la falta de provisiones actuaron como en la retirada de Napoleón de Moscú en 1812. Pero en lugar de que los cosacos mantuvieran una distancia respetuosa, los británicos fueron acosados por enfurecidos tiradores afganos armados con arcabuces de largo alcance ocupando todas las cumbres. Los jefes que firmaron la capitulación no pudieron refrenar las tribus montañesas. El paso Koord-Kabul se convirtió en la tumba de casi todo el ejército, y lo poco que quedaba de él, menos de doscientros europeos, sucumbió en la entrada del paso de Jugduluk. Solamente un hombre, el doctor Brydon, pudo llegar a Jalalabad para contar el cuento. Muchos oficiales, sin embargo, fueron apresados por los afganos y mantenidos en cautiverio. Jalalabad estaba comandada por la brigada de Sale. Si bien se le exigió la capitulación, él se negó a evacuar la ciudad. Nott también rehusó dejar Kandahar. Ghazni había caído, no había un solo hombre en el lugar que entendiera algo de artillería, y los cipayos de la guarnición militar habían sucumbido al clima.

Mientras tanto, cuando las autoridades británicas asentadas en la frontera recibieron las primeras noticias del desastre en Kabul, decidieron concentrar en Peshawar a las tropas destinadas a liberar los regimientos en Afganistán. El transporte de personas estuvo rodeado de carencias y los cipayos se enfermaron en cantidad. El general Pollock tomó el mando en febrero, y hacia fines de marzo de 1842, recibió refuerzos. Con ellos, forzó el pasaje de Khyber y avanzó para el alivio de Sale en Jalalabad. Aquí, Sale tuvo algunos días antes de ser derrotado completamente por el ejército afgano. lord Ellenborough, ahora gobernador general de la India, ordenó a las tropas que retrocedieran; pero tanto Nott como Pollock encontraron una buena excusa al no tener transporte. Finalmente, para principios de julio, la opinión pública en India obligó a lord Ellenborough a hacer algo para recuperar el honor nacional y el prestigio del ejército británico. En respuesta al clamor, autorizó el avance sobre Kabul, tanto desde Kandahar como Jalalabad. Para mediados de agosto, Pollock y Nott llegaron a un acuerdo respecto de sus movimientos, y el 20 de ese mes, Pollock marchó hacia Kabul, llegó a Gundamuck, y venció a un cuerpo de afganos el día 23. Siguió avanzando y atravesó el pasaje de Jugduluk el 8 de septiembre, venció la fuerza unida del enemigo el día 13 en Tezeen, y acampó bajo los muros de Kabul el día 15. Mientras tanto, Nott había evacuado Kandahar el 7 de agosto y marchó con todas sus fuerzas hacia Ghazni. Después de algunos compromisos mínimos, venció a gran cantidad de efectivos afganos. El 30 de agosto tomó posesión de Ghazni que había sido abandonada por el enemigo. El 6 de septiembre destruyó las obras y la ciudad, nuevamente venció a los afganos apostados en Alydan, y el 17 de septiembre llegó cerca de Kabul en donde Pollock pudo establecer comunicaciones con él. Shah Shuja ya había sido asesinado por alguno de los jefes, y desde entonces no había habido ningún gobierno estable en Afganistán. Nominalmente, su hijo Futteh Jung era rey. Pollock envió una caballería para liberar a los prisioneros en Kabul, pero éstos habían sobornado al guardia, lograron escapar y salieron al encuentro de Pollock en el camino. Como señal de venganza, destruyeron el bazar de Kabul, saquearon parte de la ciudad, y masacraron a muchos habitantes. El 12 de octubre, los británicos dejaron Kabul y marcharon por Jalalabad y Peshawar hacia India. Perdiendo la esperanza de su puesto, Futteh Jung los siguió. Dost Mohammed fue liberado de cautiverio y volvió a su reino. De este modo finalizó el intento británico de poner en el trono de Afganistán a un príncipe de su propia hechura.

* Escrito entre julio y agosto de 1857 y publicado en La Nueva Enciclopedia Americana, Volumen 1, 1858.

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