Artículo online - Publicado el 27-04-26
GISLas secuelas de la pandemia de Covid-19, el aislamiento en redes sociales y la inestabilidad familiar han minado la confianza de la llamada Generación Z en el contrato social y la democracia estadounidenses, lo que ha atizado el descontento y el extremismo, derivando en un auge de creencias conspirativas.
La historia de Estados Unidos está plagada de períodos de división política, desde los primeros debates entre los fundadores federalistas y antifederalistas, pasando por la guerra civil que enfrentó a unionistas y confederados, hasta, más recientemente, la brecha aparentemente insuperable entre progresistas y conservadores. Sin embargo, en los últimos tiempos, se destaca especialmente el desinterés político de la Generación Z, que ha provocado un aumento del extremismo.
La llamada “Generación Z” hace referencia a los nacidos entre 1997 y 2012, que actualmente tienen entre 14 y 29 años. Les precedieron, en orden cronológico, los millennials (1981-1996); la Generación X (1965-1980); y los baby boomers (1946-1964).
Cada generación está moldeada por experiencias colectivas, aunque estas no sean necesariamente absolutas. Los impactos de los cambios políticos, económicos y culturales pueden variar entre los distintos estratos intrageneracionales, especialmente cuando, como ocurre actualmente, el ritmo del cambio se acelera. Sin embargo, los miembros más jóvenes y los miembros mayores de la Generación Z comparten una historia común.
El espíritu de la Generación Z se ha visto moldeado en gran medida, entre muchas otras cosas, por la pandemia de COVID-19, las redes sociales y los cambios demográficos. La agitación de la última década ha minado, en gran medida, su confianza en los valores estadounidenses fundacionales como el pluralismo, la participación ciudadana, la libre empresa y la democracia. En una encuesta nacional de 2024, casi la mitad de los encuestados de la Generación Z expresó su insatisfacción con el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos, lo que supone un aumento cercano al 50% en comparación con sus homólogos millenials a la misma edad. Además, un tercio de los encuestados de la Generación Z afirmó que la identidad estadounidense tenía “poca importancia” o “ninguna importancia”, más del doble que el porcentaje de millenials a una edad comparable.
Las investigaciones -y los acontecimientos recientes- demuestran que la alienación política alimenta el extremismo. Por lo tanto, resulta preocupante que el 18% de la Generación Z afirme que “nunca” confía en el Gobierno -más del doble de la proporción de los millennials encuestados de forma similar-, mientras que otro 42% solo confía en el Gobierno “en algunas ocasiones”. La Generación Z también tiende a descartar la utilidad del discurso cívico y a considerar el acoso, la intimidación y las protestas violentas como tácticas justificables. Su desmesurada adhesión al socialismo y al nacionalismo refleja simpatías autoritarias.
El extremismo político no es precisamente un fenómeno nuevo en la política estadounidense, pero entre la Generación Z, incluso las opiniones más escandalosas -como la negación del Holocausto y el fanatismo comunista- circulan ampliamente, generan importantes redes y gozan de una gran tolerancia. Por supuesto, hay millones de jóvenes estadounidenses que rechazan esas opiniones, pero son menos propensos que las generaciones anteriores a expresar su desacuerdo o desaprobación. Alrededor del 66% de los estudiantes universitarios encuestados por la Fundación Knight e Ipsos afirmaron autocensurarse durante debates en clase. (Sin embargo, esa reticencia no se extiende a los comentarios maliciosos realizados al amparo del anonimato en Internet).
Acontecimientos recientes como el intento de asesinato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, los asesinatos del activista conservador Charlie Kirk y del director ejecutivo de UnitedHealthcare, Brian Thompson, el aumento de los índices de delitos de odio y los enfrentamientos violentos por el refuerzo de las fronteras reflejan el auge del extremismo político. De hecho, alrededor del 14,5% de los encuestados de la Generación Z en la encuesta nacional de 2024 previamente citada se describieron a sí mismos como ideológicamente “extremistas”, en comparación con el 2,7% de sus homólogos millennials de la misma edad.
El aumento del extremismo no ha pasado desapercibido para el resto del país: en una encuesta de Ipsos de 2025, una mayoría de estadounidenses (27%) citó el extremismo político como el problema más importante al que se enfrenta la nación (seguido de la economía, con un 16%, y la inmigración, con un 10%).
Europa no es en absoluto inmune a la radicalización juvenil, como se observa con especial claridad en Alemania, Francia y el Reino Unido. Identificar los factores que contribuyen a la alienación política de la Generación Z es un paso necesario para restablecer la civilidad de la que depende la democracia occidental.
La pandemia de COVID-19 interfirió en los hitos de la infancia y la adolescencia de la Generación Z. El cierre de escuelas les privó de la educación básica, al tiempo que les impuso largos períodos de aislamiento social. Según la Encuesta Estadounidense sobre la Adolescencia, alrededor del 61% de los adolescentes de la Generación Z afirmó sentirse “solitario y aislado” a menudo, el doble de la proporción registrada por los baby boomers durante su adolescencia. La realidad virtual no puede sustituir la interacción humana.
Los efectos de la pérdida de millones de vidas a causa del COVID-19 son incalculables, por supuesto, pero las pérdidas económicas, que superan los billones de dólares, afectaron de manera desproporcionada a la Generación Z. Los trabajadores más jóvenes constituían la mayor parte del empleo en el sector servicios, incluyendo restaurantes, hoteles, comercios minoristas y otros trabajos de atención al público que se vieron devastados por las medidas de distanciamiento social. De hecho, alrededor de dos tercios de los adultos de la Generación Z encuestados en 2023 afirmaron que el COVID-19 influyó en la trayectoria de sus vidas “mucho” o “bastante”.
Todo ello, como es lógico, minó la confianza de la ciudadanía en la capacidad del Gobierno para gestionar las crisis y, en consecuencia, socavó la esperanza en el futuro. La Encuesta de Jóvenes de Harvard de 2025 reveló que solo un tercio de la Generación Z cree que su situación económica será mejor que la de sus padres.
Las generaciones mayores, aunque de ninguna manera ajenas a ello, estaban en cierta medida preparadas para la adversidad gracias a su experiencia vital. Al carecer de ese contexto, la Generación Z era más vulnerable al cinismo y la desesperanza, lo que ha alimentado lo que el Skeptic Research Center ha calificado como índices “sorprendentemente altos” de creencias conspirativas entre sus filas.
La estructura familiar ha cambiado drásticamente desde mediados de la década de 1960, con menores tasas de matrimonio, así como mayores tasas de divorcio y de nacimientos fuera del matrimonio. El efecto general sobre la Generación Z es doble: según el Pew Research Center, tenían el doble de probabilidades que sus predecesores de ser criados por un progenitor soltero, y son menos los que se han casado o han tenido hijos en la edad adulta temprana en comparación con las generaciones anteriores.
Un hogar con dos padres no es la panacea para una infancia ideal; muchas familias con dos padres sufren disfunciones. Pero las inmensas presiones de la monoparentalidad son intrínsecamente desestabilizadoras, tanto emocional como económicamente. Por ejemplo, el 30% de los hogares con madres solteras viven en la pobreza, en comparación con el 8% de las familias con parejas casadas, si se analizan los datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos.
La evolución de la estructura familiar también ha afectado la crianza y la socialización. Basta con pensar que solo el 38% de la Generación Z afirma haber compartido comidas con su familia durante la infancia, frente al 76% de los baby boomers. Tal y como documentó la revista Pediatrics: “La frecuencia de las comidas familiares se asoció de forma inversa con el consumo de tabaco, alcohol y marihuana; con un bajo promedio de notas; con síntomas depresivos; y con la implicación en casos de suicidio, tras controlar la variable de la cohesión familiar”.
Además, más de un tercio (el 34%) de la Generación Z se identifica como sin afiliación religiosa, según la Encuesta Nacional sobre la Vida Familiar de Estados Unidos, en comparación con el 29% de los millennials, el 25% de la Generación X y el 18% de los baby boomers. Los investigadores han documentado una fuerte correlación entre la afiliación religiosa y el compromiso social y cívico.
Desde la frecuencia de las protestas callejeras violentas hasta el volumen de la retórica de odio en línea, hay abundantes pruebas de una mayor alienación política y extremismo entre la Generación Z.
Las redes sociales cumplen muchas funciones valiosas, pero también alimentan la alienación y el extremismo en un grado preocupante. Los efectos son especialmente significativos para la Generación Z, que pasa en promedio más de cinco horas al día en las redes sociales -casi el doble que los millennials y el triple que la Generación X y los baby boomers-, según la encuesta de S&P Global Intelligence.
No es de extrañar que la Generación Z también confíe más en las redes sociales para obtener noticias e información que cualquier otra cohorte generacional. Eso no tendría por qué ser problemático si accedieran a una variedad de fuentes en línea o verificaran los hechos de forma habitual. Por desgracia, no lo hacen. Las encuestas revelan que la Generación Z se basa principalmente en TikTok, Instagram y YouTube para obtener noticias e información, y es muy susceptible a la desinformación.
Las redes sociales, por su propia naturaleza, fomentan la alienación. Los algoritmos de las plataformas están diseñados para incitar a la emoción con el fin de estimular la participación, incluyendo la curiosidad y el “FOMO” (el miedo a perderse algo: Fear Of Missing Out). Pero nada agita las pasiones como la ira.
Para alimentar esa ira, las redes sociales crean redes de personas con ideas afines, excluyendo las voces moderadas. Este aislamiento genera desconfianza y falta de civismo. Solo un tercio de la Generación Z cree que quienes tienen opiniones políticas opuestas quieren lo mejor para el país, según la Encuesta Juvenil de Harvard. También expresan más antipatía hacia los grupos ajenos que cualquier otra cohorte, según los Estudios Electorales Nacionales de Estados Unidos.
La Generación Z también se ha criado en un entorno constante de difamaciones partidistas y mensajes negativos, lo que ha resultado más perjudicial ante la ausencia de controles institucionales contra la falta de civismo. Mientras que antes eran los políticos y sus partidos, los medios de comunicación, los líderes religiosos y los padres quienes dirigían el discurso público, ahora han sido desplazados en gran medida por influencers en línea -tanto humanos como de IA- que se nutren del odio.
Algunos difusores de contenido extremista afirman que simplemente están haciendo sátira y burla. Como explicó el vicepresidente del think tank Manhattan Institute, Jesse Arm, en un artículo reciente de City Journal: “La política es entretenimiento: un escenario para la burla, la transgresión y la actuación, no para la seriedad moral o la disciplina política”. Pero, como también señala Arm, existe un efecto de desensibilización: uno de cada tres estudiantes encuestados por la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación considera aceptable recurrir a la violencia para silenciar a un ponente en el campus, lo que supone un aumento del 50% con respecto a 2020.
El problema del extremismo se ve agravado por el fracaso de la educación pública a la hora de impartir las lecciones de la historia que, de otro modo, moderarían el entusiasmo por el comunismo, el socialismo, el fascismo y todos los demás “ismos” fantasiosos que los radicales venden como superiores a la democracia estadounidense. Por ejemplo, el 38% de los estudiantes de Virginia afirmaron que la enseñanza universitaria les había proporcionado una visión más negativa de Estados Unidos, mientras que solo el 15% dijo que les había proporcionado una visión positiva del país.
Desde la frecuencia de las protestas callejeras violentas hasta el volumen de los discursos de odio en línea, numerosas pruebas muestran un aumento de la alienación política y el extremismo entre la Generación Z. Una confluencia de factores ha contribuido a este problema, y ninguno de ellos tiene una solución fácil. Pero, como nación construida sobre la virtud cívica y la tolerancia mutua, el futuro de Estados Unidos depende de que se logre revertir esta oscura tendencia.