Artículo online - Publicado el 13-03-26
GISEn 2025, los chilenos eligieron a José Antonio Kast como nuevo presidente. Su victoria no se debió necesariamente a que los chilenos abrazaran su ideología de extrema derecha, sino a exigencias de seguridad y resultados tangibles tras años de frustración. Su victoria refleja un reordenamiento de las prioridades políticas, que se alejan de la transformación y se acercan al control. El éxito de la presidencia de Kast dependerá de si es capaz de cumplir esas expectativas dentro de las limitaciones de las resistentes instituciones chilenas.
Las elecciones presidenciales de Chile de 2025 se desarrollaron en el contexto de una de las crisis políticas más profundas que ha vivido el país desde su retorno a la democracia. La combinación del aumento de la delincuencia, la inquietud por la inmigración, el estancamiento del crecimiento y la continua frustración con los partidos tradicionales derivó en un electorado inclinado a castigar a las figuras del establishment y recompensar a los outsiders, así como a las voces contrarias al statu quo.
La victoria de Kast no debe interpretarse simplemente como un giro ideológico hacia la extrema derecha, ni como una aceptación de gobernanza autoritaria. Más bien, refleja una profunda reacción de los votantes contra la inseguridad, el desorden y la percepción de la incapacidad del Estado tras más de una década de fragmentación política, promesas de reforma incumplidas y disminución de la confianza en las instituciones. Para muchos chilenos, Kast no se presentó como una opción ideológica preferida, sino como el vehículo más creíble para restaurar el control y la previsibilidad en un sistema a la deriva.
Estas elecciones se desarrollaron con el telón de fondo del fallido proceso de reforma constitucional y la decepción con el Gobierno de Gabriel Boric. El derrumbe del cambio constitucional, rechazado dos veces en las urnas, dejó a los chilenos con una sensación de agotamiento y cinismo respecto de la política transformadora. Tras este fracaso, el mensaje de disciplina y liderazgo firme de Kast resonó entre los votantes.
La primera vuelta de las elecciones presidenciales de noviembre de 2025 reveló la profundidad de la crisis de representación que atraviesa Chile. En la contienda participaron ocho candidatos que abarcaban todo el espectro ideológico, desde Jeannette Jara, del Partido Comunista (respaldada por la coalición gobernante de izquierda y centroizquierda), hasta el abanderado de la extrema derecha, Kast. También se presentaron el provocador libertario Johannes Kaiser, el populista Franco Parisi y figuras más tradicionales como la centrista Evelyn Matthei. Aunque Jara quedó en primer lugar con algo menos del 27% de los votos, la señal general fue inequívoca: los candidatos que se oponían al establishment político obtuvieron más del 30% del electorado, y los candidatos de derecha y populistas de derecha superaron juntos el 50%.
Por lo tanto, la victoria final de Kast en la segunda vuelta no fue tanto una sorpresa como la culminación de un reajuste a largo plazo de las preferencias de los votantes. El proyecto de centroizquierda que había dominado la era posterior a la transición parecía agotado. Para muchos votantes, la administración de Boric simbolizaba grandes expectativas seguidas de resultados mediocres, especialmente en materia de seguridad pública y crecimiento económico. Jara, a pesar de sus esfuerzos por distanciarse de Boric y de la coalición gobernante, no pudo escapar a esta asociación.
Por lo tanto, las elecciones funcionaron como un referéndum sobre el orden político que surgió tras el estallido social masivo de 2019. Las reformas se implementaron para impulsar la inclusión, pero en su lugar generaron incertidumbre, parálisis institucional y una percepción cada vez mayor de inseguridad. Kast ofreció un marcado contraste: una jerarquía clara de prioridades, un énfasis sin complejos en la autoridad y un rechazo de lo que él definió como moralismo e indecisión de la elite.
La seguridad pública fue el factor más importante para la victoria de Kast. Aunque Chile sigue siendo mucho más seguro que la mayoría de los países de América Latina en términos absolutos, los debates, las encuestas y las entrevistas a los votantes muestran que la seguridad pública encabeza constantemente la lista de preocupaciones de los votantes. La propagación de los secuestros y las extorsiones por parte de organizaciones criminales cada vez más sofisticadas ha reconfigurado la agenda nacional. Así, pese a que la tasa de homicidios de Chile sigue siendo relativamente baja en comparación con los estándares regionales, el miedo a la delincuencia se ha convertido en un poderoso factor que influye en el comportamiento electoral.
Para muchos chilenos, la cuestión decisiva no es si las tasas de criminalidad son objetivamente altas, sino si el Estado parece capaz de controlarlas. En este frente, los sucesivos gobiernos han tenido dificultades. La administración Boric, en particular, fue percibida ampliamente como vacilante e ideológicamente conflictiva en su respuesta al aumento de la inseguridad. Las primeras críticas a los abusos policiales, las divisiones internas sobre la política de seguridad y los retrasos en el fortalecimiento de las fuerzas del orden contribuyeron a crear una imagen de debilidad que Kast supo explotar.
El atractivo de Kast radicaba en la claridad más que en los matices. Su retórica de mano dura, abiertamente inspirada en Nayib Bukele, de El Salvador, transmitía decisión y certeza moral. Propuestas como la ampliación de las prisiones de máxima seguridad, el aumento de la participación militar en la policía y la imposición de penas más severas para el crimen organizado eran menos importantes en sus detalles técnicos que en su significado simbólico. Los votantes no exigían pruebas de que las políticas de Kast fueran a funcionar, ni siquiera de que fueran totalmente legales. Lo que importaba era la percepción de que él actuaría con firmeza donde otros habían dudado. En un entorno de miedo y frustración, la promesa de actuar pesó más que las preocupaciones sobre los derechos, la proporcionalidad o la fricción institucional.
La inmigración se convirtió en el segundo eje principal del reajuste electoral. Durante la última década, Chile ha experimentado una afluencia sin precedentes de migrantes, especialmente procedentes de Venezuela y Haití. Si bien las migraciones han traído consigo beneficios económicos y demográficos, también han generado fuertes presiones en aquellos lugares donde la capacidad del Estado es más débil.
Kast y otros candidatos de derecha aprovecharon estos sentimientos proponiendo medidas draconianas: desde el cierre de fronteras y el despliegue del Ejército en el interior del país hasta el recorte de las prestaciones sociales para los migrantes irregulares. Este enfoque parece haber tenido eco entre los votantes. En las regiones del norte, donde el impacto de la migración es más visible, Kast y otros candidatos de extrema derecha obtuvieron resultados muy superiores a la media nacional.
Una vez más, la dimensión simbólica fue fundamental. La migración se convirtió en un sustituto de la soberanía, la aplicación de las normas y la equidad. Kast planteó la cuestión no como una gestión humanitaria, sino como una prueba respecto de si el Estado podía hacer cumplir sus propias normas. Este planteo atrajo no solo a los conservadores ideológicos, sino también a antiguos votantes de centroizquierda y centristas que creen que las elites progresistas priorizaron valores abstractos por sobre la gobernanza cotidiana.
Los factores económicos reforzaron esta dinámica. La recuperación pospandémica de Chile ha sido más lenta y desigual de lo que muchos votantes esperaban. El crecimiento se estancó, el desempleo sigue siendo alto y la inflación erosionó el poder adquisitivo. Si bien el gobierno de Boric logró importantes victorias legislativas, en particular en materia de pensiones y salarios, estos logros no lograron contrarrestar la percepción generalizada de deriva económica.
Kast aprovechó este descontento presentándose como una alternativa favorable a las empresas y orientada al mercado, capaz de restaurar la confianza y la inversión. Sus promesas de reducir los impuestos a las empresas, simplificar la regulación y recortar el gasto público atrajeron a los votantes que asociaban el estancamiento económico con la experimentación excesiva y la incertidumbre fiscal. Fuesen realistas o no, sus objetivos de crecimiento ofrecían optimismo.
Fundamentalmente, Kast no necesitó persuadir a los votantes de que su programa económico traería una rápida prosperidad. Solo tuvo que convencerlos de que el statu quo estaba fracasando y que la continuidad bajo la candidata del Partido Comunista, Jara, traería más de lo mismo.
A pesar de la claridad de la victoria electoral de Kast, el marco institucional de Chile limita significativamente el alcance de un cambio radical. El Partido Republicano de Kast y sus aliados ganaron terreno, pero no alcanzaron los números necesarios para impulsar sus propuestas más maximalistas, y ninguna coalición electoral obtuvo la mayoría en ninguna de las dos Cámaras.
La Cámara baja, en particular, está ahora profundamente dividida, con el Partido de la Gente, contrario al establishment, en posesión de 14 escaños decisivos. Este equilibrio de poder garantiza prácticamente que Kast se enfrentará a un congreso inclinado hacia la moderación. La composición de la legislatura es más importante en un sistema político institucionalizado como el de Chile que, por ejemplo, en El Salvador o Guatemala, donde el poder presidencial se encuentra menos limitado. Esto significa que la formación de coaliciones y el consenso serán necesarios para el nuevo gobierno, lo que dará lugar a una moderación y estabilidad en las políticas.
Las primeras señales de la coalición sugieren que la base de gobierno de Kast será más estrecha y frágil que su coalición electoral. La decisión de los aliados de extrema derecha de permanecer fuera del gabinete, junto con el nombramiento de un equipo tecnocrático (solo 8 de los 24 ministros del gabinete pertenecen a un partido político), apunta a una presidencia que podría tener dificultades para convertir los mandatos populares en mayorías legislativas duraderas. De hecho, como han señalado muchos analistas, su gabinete se asemeja más a un consejo ejecutivo que a un gabinete presidencial.
El Poder Judicial, las agencias reguladoras y el marco constitucional de Chile también siguen siendo sólidos. A diferencia de otros países de la región, la presidencia de Chile opera dentro de una densa red de puntos de veto institucionales. Por lo tanto, el mandato de Kast es político más que institucional: los votantes exigían resultados en materia de seguridad y orden, no el desmantelamiento de los controles y equilibrios democráticos.
Esta distinción es importante. El éxito de Kast dependerá menos de la pureza ideológica que de su capacidad para sortear las limitaciones institucionales sin alienar a su base. Extralimitarse conlleva el riesgo de la parálisis, mientras que la moderación conlleva el riesgo de la decepción.
© Geopolitical Intelligence Services