Artículo online - Publicado el 20-03-26
América LatinaA 50 años del Golpe de Estado que dio inicio a la última dictadura cívico-militar en Argentina, el historiador y escritor Federico Lorenz publica la novela El árbol de Coyote (La Flor Azul, 2026), que reconstruye la relación entre un hijo y su padre, a través del recuerdo de las experiencias de los trabajadores y sus familias, la represión, el miedo y las consecuencias cotidianas de la dictadura, en una época marcada por la lucha obrera y la violencia política. Se reproduce aquí un extracto del libro.
Pienso que no podríamos ser más distintos. Con Laura, quiero decir.
Una mujer que podría ser mi madre, contándome algunas cosas de su pasado revolucionario. Porque solo me habló de sus comienzos, cuando apenas más que una quinceañera se había metido a hacer la revolución.
“Nos atrevimos a hacer cosas grandes”, me había dicho. Podía referirse a varias cosas. A algunas de las acciones espectaculares, de las que se agarran los fachos para denostarlos. Para justificar, todavía hoy, todo lo que hicieron después.
Quizás sí. Me acuerdo de que corregí uno de esos libros que salió cuando estaban de moda “los setenta”, y me quedé con esa impresión. Que el que hablaba era un tipo enamorado de la acción. Debe haber algo de eso, sin duda. ¿Por qué no?
Pero no, creo que “cosas grandes” quiere decir algo distinto. Me quedo con eso que me contó, que, en las marchas, cuando se juntaban miles de personas, iban juntos con personas con las que no tenían nada que ver, salvo el deseo de hacer un mundo mejor, más justo, más solidario. En aquellos años eso tenía un nombre concreto. Era el socialismo, para ellos fue el peronismo. Y así se movieron. Y por eso les dieron como les dieron.
¿Qué había dicho de los navales? “La expresión máxima de la conciencia de clase”… Algo así.
¿Mi viejo era uno de esos? Los asados todos juntos, las risas, el saber que alguien te cubría la espalda, ¿eso era la expresión máxima de la conciencia?
Cómo me hubiera gustado poder preguntarle. Pero si lloró así por sentir que le había fallado a tantos hombres, en sus últimos días en el hospital, puedo pensar que es proporcional al tamaño de lo que había perdido.
Eso que perdió, ¿era una realidad, o una promesa?
“Tu padre fue un revolucionario”, me dijo Julio en el velorio de papá.
¿Qué es ser revolucionario? ¿Qué significa “revolución”?
Soy editor, podría revisar algún diccionario etimológico. Ni siquiera tengo que ir a mi biblioteca, basta que me fije en internet.
Pero lo que pensé esa noche, de regreso de mi visita a Laura, es la distancia enorme que puede haber entre las palabras, que arman definiciones, y los actos.
Papá había hecho algo por lo que una persona sentía que le debía la vida. El “Coyote” había ido más allá de las palabras.
¿Y yo? ¿Qué iba a hacer?

En esos días que esperaba respuesta de Julio, una de las cosas que hice fue leer un poco más sobre la zona de los astilleros en la época de la dictadura. Quería saber mejor cómo había sido todo aquello, salirme de la escala de mi familia, de mi viejo.
Me imaginé un puntito luminoso en mitad de la noche: nuestra casa, rodeada de muchos otros puntitos, los hogares de otras familias como la nuestra que también vivían y trabajaban allí. Si me elevaba un poco más, aparecía una cinta luminosa que llevaba al astillero, los talleres, las fábricas. Las calles y las avenidas, finitas, confluían en la Panamericana un surco luminoso, que volvía a derramarse en muchos brazos hacia el río, al Este, un pozo oscuro. Al Norte, había una mancha más negra aún: Campo de Mayo, la gran guarnición militar. El lugar del que salían las patrullas a secuestrar gente, a montar los controles que nos atemorizaban en las calles. El lugar al que llevaron a muchos de los secuestrados. El lugar donde mataron a los compañeros de mi padre.
Los militares prepararon la represión durante meses. Desde el verano de 1975, con los decretos presidenciales que les permitían intervenir en operaciones antiguerrilleras para “aniquilar a la subversión”, subordinaron a la policía y a otras fuerzas a sus planes. Tenían el control operativo de la represión. Organizaron mesas de reunión de información con otros servicios de inteligencia. Entre esos datos que se dedicaron a procesar estaban las listas de delegados y obreros revoltosos que les proporcionaron los directivos de las fábricas de toda la Argentina.
¿Mi viejo habrá estado en algunas de esas listas? Si se lo llevaron a la comisaría de Tigre, seguro que sí.
El Ejército dividió el país en zonas operativas. Tejieron con paciencia una red para que no escapara nadie, para domesticar a los díscolos, para imponer el terror y restablecer la normalidad. Una red para pescar a todos. Para que no se salvara nadie.
El 24 de marzo de 1976, el día del golpe, el teniente coronel Molinari en persona, del Comando de Institutos Militares de Campo de Mayo, encabezó el operativo de los astilleros. Había camiones cargados de soldados y tanquetas en la entrada de todas las fábricas.
En Astarsa, donde trabajaba mi viejo, todo empezó con los turnos de entrada de la mañana, a las seis. Camino al trabajo, los obreros caminaban o manejaban por la avenida Cazón, una de las principales de Tigre, y doblaban en la calle Solís, que tras cruzar la vía llevaba a la barrera de entrada de Astarsa. Pero ese día no se podía: el operativo militar se veía cuadras antes. Había camiones militares a ambos lados del camino de entrada, soldados conscriptos aferrando sus fusiles de asalto, patrulleros y policías. Un cordón interminable que, como si fuera el brete de las vacas en el matadero llevaba ineludiblemente hacia un grupo de hombres, algunos, de verde, otros no, que parecían ser los jefes, que tenía listas en la mano y decidían quién entraba a trabajar, y quién no.
A los demorados los subían a la caja de los camiones. Otros pasaban escoltados por un oficial y un par de soldados, que los acompañaban a los vestuarios y los obligaban a abrir sus taquillas. Algunos fueron detenidos por tener guardado algún volante, para que se curaran de las ganas de participar.
La red tejida por los servicios de inteligencia, lanzada por el Ejército a pedido de los industriales y terratenientes, mantenida con su complaciente colaboración, enviaba todo aquello que atrapaba en la zona Norte a Campo de Mayo. En 1976 allí había dos centros clandestinos de detención: “El Campito” y “Las casitas”, donde torturaban y vejaban a los secuestrados. Cuando los militares lo disponían, llevaban a los desaparecidos al aeródromo de Campo de Mayo, les daban una inyección para dormirlos y los cargaban en aviones para asesinarlos en los “vuelos de la muerte”. Fue un mecanismo casi perfecto, así que sobrevivió muy poca gente. Hay muy pocos testimonios de Campo de Mayo, ese lugar que crearon para que los militares aprendieran a defender a la Patria y se transformó en un matadero.
De escuela de héroes a cueva de chacales y cobardes. A veces me sorprendía por tener ese tipo de pensamientos, esa bronca que no me conocía. Pensé en el miedo que habrán tenido mi padre, sus compañeros, sus familias. Pensé en lo contentos que habrán estado algunos, también, de que por fin los ponían en su lugar.
Todo eso leí, todo eso pensé, durante los días en los que traté de encontrar a Julio, de saber más sobre mi padre, el “Coyote”, que siguió yendo a trabajar varios meses más, hasta que no pudo más.
Viejo, cómo me hubiera gustado saber, cómo me hubiera gustado aliviarte.
Quizás hubiéramos vivido menos tristes.
Pero eras un tapado. Nos cuidaste a nosotros, cuidaste a tus compañeros.
Volví a ver los puntitos, cada uno una casa, me elevé un poco más como en esas fotografías satelitales.
Todo el país transformado en una red monumental, para pescar a los rebeldes, a los que había que destruir.