Revista N° 73 - 2024
Actualidad InternacionalEn este ensayo inédito escrito en 2023, que constituye una “versión preliminar para la discusión”, José Paradiso bucea en las raíces profundas de la historia para comprender los motivos que llevaron a Vladimir Putin a ordenar la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022 y las fuerzas que conducen, de uno y otro lado, a la profundización del conflicto.
Pocas veces la capacidad de discernimiento se ha visto tan llena de obstáculos. Una extensa red de prejuicios, algunos de larga –y aun larguísima– data, se interpone ante la intención de comprender lo que está ocurriendo; en ocasiones apenas permite vislumbrarlo entre la opacidad de los acontecimientos. Contamos, por cierto, con una vastísima literatura sobre el desempeño de Rusia –en particular las relaciones con la pequeña península de la masa euro-asiática a la que la leyenda atribuye haber sido raptada por Zeus–, pero cuando pesan los intereses y tallan las pasiones ideológicas, todo lo dicho queda de lado. La sentencia se pronuncia sin escuchar los alegatos.
No existen incógnitas sobre el nacionalismo belicoso de Vladimir Putin, como no las hay respecto de la extensa tradición del nacionalismo ruso. Cierto que la lectura que el actual titular del Kremlin hace de la historia de su país es bastante arbitraria –en ocasiones anacrónica– basada en un antibolcheviquismo bastante primario; pero no es sólo allí donde deben buscarse las causas del actual conflicto con Ucrania. Antes de llegar a este punto parece necesario remontarse en el tiempo. Buscar las nacientes y las distintas vertientes que de allí derivan, algunas recorriendo cauces inesperados.
En realidad, no hay forma de eludir el abordaje de la extensa trayectoria de Rusia y prescindir de develar sus enigmas, muchos de los cuales ya enunciaba Alfred Weber en su monumental Historia de la Cultura. Dueña, como diría Braudel, de un “interminable pasado”, una geografía exuberante y un espacio superabundante. Allí transcurrió la Rusia de Kiev con sus ecos bizantinos, fundada hacia finales del siglo IX y convertida al cristianismo ortodoxo desde los tiempos de su apogeo bajo Vladimiro I, el Santo (980-1015). Bajo el dominio mongol, la figura absorbente fue Alejandro Nevski, príncipe de Novgorod, quién se batiera contra suizos y caballeros teutones y gobernara entre 1252 y 1263.
El ascenso del Estado de Moscovia, fundado por el hijo de Alejandro, se consolidó durante el primado de Iván I (1326-1340) y, más tarde, la Rusia de Moscú, desde los años de Basilio III (1505-1533), aunque su primacía había comenzado a insinuarse con Iván III, apodado el Grande (1462-1505), en tiempos en que, tras la caída de Constantinopla en manos turcas, se convertía en una Tercera Roma destinada a salvar al mundo de inquietantes amenazas. Para consolidar la marcha, fue a buscar a Sofía Paleóloga, última princesa de Bizancio, a la residencia del Papa, convirtiéndola en su mujer. El siguiente Iván, apodado el Terrible, comenzó su ascendente trayectoria conquistando Kazán y Astrakán y avanzando hacia las profundidades siberianas; tomando el título de Zar emprendió una sangrienta campaña para conquistar Novgorod. A su sospechosa muerte siguió un período de graves desórdenes, cerrado en 1613 con el advenimiento de la dinastía de los Romanov.
Los Romanov mandaron durante tres siglos, hasta la victoria de la Revolución de 1917. De todos ellos, ninguno dejó su marca en la trayectoria rusa como Pedro I el Grande (1682- 1725). Pedro le dio un definitivo empuje a una marcha modernizadora hacia Europa que se insinuaba desde antes; una marcha a paso rápido que tendría su símbolo en San Petersburgo, construida desde la mitad de su mandato. En simultáneo, el zar avanzaba hacia el Extremo Oriente, alcanzando el Estrecho de Bering. Pronto Pedro se convirtió en leyenda –como su famoso aunque apócrifo testamento–. Sin privarse de recorridas por capitales europeas, de su visión daría cuenta el hecho de haber adoptado como consejero al filósofo de Leipzig, Gottfried Leibinz. Durante años, ambos mantuvieron una densa relación que hizo pensar al filósofo que Pedro era el indicado para sumar a Rusia a la constelación política europea y conducir la unidad del cristianismo.
Karl Marx, un agudo observador de la diplomacia rusa, diría que San Petersburgo se convirtió en el centro periférico del Imperio, apuntando a una periferia que todavía no se había delimitado. La perspectiva metodológica del filósofo de Tréveris era definida en términos precisos: “Para comprender una época histórica concreta, hemos de traspasar sus límites y compararla con otras épocas históricas. Para juzgar los gobiernos y sus actos, debemos medirlos según sus propios tiempos y la conciencia de sus contemporáneos. Nadie condenará a un estadista británico del siglo XVII por creer en la brujería, si encuentra al propio Bacon catalogando a la demonología en la lista de las ciencias”. Ya en el Manifiesto inaugural de una Asociación Internacional de Trabajadores había recomendado: “Las inmensas usurpaciones realizadas sin obstáculos por esa potencia bárbara, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuya mano se encuentra en todos los gabinetes de Europa, han enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobiernos”.
Volviendo a Pedro, todo su empeño se dirigió hacia el mar, en particular para acceder a las costas del Báltico, objetivo que logró a través de la larga guerra contra Suecia. Su trayectoria fue suficientemente modernizadora –incluyó las vestimentas, los usos diplomáticos y otras costumbres extranjeras– como para generar reacciones identitarias, sobre todo entre los partidarios del eslavismo y los miembros de la Iglesia Ortodoxa, pero las tempestades terminaron amainando. Casi cuatro décadas más tarde llegaría al poder Catalina II (1762- 1796), también apodada la Grande, cuyo desempeño estaría signado por el aire ilustrado derivado de sus diálogos con Voltaire y su simpatía para con los enciclopedistas franceses, los éxitos de una diplomacia conducida por su favorito Grigory Potemkin –quién daría nombre a un famoso acorazado con destino cinematográfico– y sus resonantes victorias sobre los turcos. Como se ha dicho: “alemana por todos los costados”, una circunstancia destinada a tener profundas consecuencias.
Cinco años después de la muerte de Catalina y tras el muy corto reinando de Pablo I, llegó a la cima Alejandro I. Le toco transitar la era napoleónica y terminó capitalizando la catastrófica derrota del emperador, quién había comenzado su campaña con un formidable ejército y habitado los aposentos del Kremlin, para después emprender una humillante retirada hostigado por las tropas del general Kutuzov, cuya victoriosa campaña se hizo en nombre del alma rusa. Después del triunfo, Alejandro se entregaría a un ambiguo misticismo convirtiéndose en promotor y garante de cuanta empresa reaccionaria apareciera y promoviendo una alianza bautizada santa que, dicho al pasar, pretendió frustrar la gesta emancipadora de las colonias americanas de España.
Ya Alejandro había reclamado el derecho de proteger a todo súbdito cristiano del Sultán, apelación a la que no le faltaron apetencias territoriales. Nicolás I (1825-1855) tomó la posta asumiendo ante Turquía la protección del cristianismo ortodoxo. En Londres y París sonaron las alarmas ante el avance ruso y la batalla terminó desarrollándose en la península de Crimea. Fue una guerra librada con fiereza y terminó con el asedio y caída de la base naval de Sebastopol. Para Rusia el saldo resultó desastroso y para la pequeña historia –con destino de futuros registros novelescos y cinematográficos– dejó la imagen de una naciente profesión de enfermería y la épica, tanto como desastrosa, carga de la caballería ligera británica contra la artillería zarista: de los seiscientos que la iniciaron quedaron en pie menos de la mitad. La inmortalizaría una estrella del cine estadounidense y en los anales de la caballería figuraría como antecedente de la carga de la caballería polaca contra los blindados alemanes al inicio de la Segunda Guerra.
Todo concluyó con la paz concertada en París en 1856. Nicolás murió un año antes de las negociaciones celebradas en la capital francesa. Lo sucedieron dos Alejandros –segundo y tercero–, hasta que en 1894 llegó el tiempo de Nicolás II. Lo hizo en una época en que Rusia mostraba una destacada vitalidad en el campo del arte y la literatura. La lista es interminable: Pushkin, Gogol, Turgueniev, Dostoievski, Tolstoi, Chejov, Gorki y tantos más. Títulos imborrables de la poesía y la novelística mundial: Las almas muertas, Guerra y paz, Ana Karenina, Los hermanos Karamazov…
Intentando ganar tiempo frente a la carrera armamentista emprendida por sus eventuales rivales, los consejeros del Zar –en particular los ministros de Finanzas y Relaciones Exteriores– lo convencieron de la conveniencia de construir un espacio multilateral que sirviera para tal propósito. Así surgieron las célebres conferencias de La Haya de 1899 y 1907 –a la cabeza de una de las comisiones constituidas en la oportunidad, pudo instalarse el experto en Derecho Internacional Feodor de Martens–. En los años intermedios entre las dos conferencias, Nicolás II se embarcaría en otra aventura bélica, esta vez con Japón, que culminaría con una nueva humillación. ¿Cómo impedir que esos resonantes fracasos nutrieran la marea revolucionaria que desembocó en las jornadas de 1917? El Palacio de Invierno, adornado de nieve, esperaba la hora del asalto.
Durante la segunda mitad del siglo XIX había tenido amplia difusión una corriente de anticapitalismo agrario que llegó a valerse de métodos violentos, se identificaría como populista y fue parte del clima prerrevolucionario. De todos modos, ese populismo no detendría los compromisos guerreros de un zar no contento con su fallida aventura japonesa. El célebre asesinato de Sarajevo, de julio de 1914, activó los sistemas europeos de alianzas que plasmarían en dos grandes bloques: de un lado las potencias centrales, del otro la coalición formada inicialmente por Rusia, Francia, Gran Bretaña, Serbia y Bélgica. Casi desde los inicios de su participación, la guerra resultaba desastrosa para Nicolás, a pesar de lo cual, con el propósito de ahorrarse definitivamente los costos del frente oriental, el alto mando alemán se valió de los oficios del líder de la fracción bolchevique Vladimir Ilich Uliánov, apodado Lenin: lo montó en un tren sellado que lo condujo desde su exilio suizo hasta Petrogrado. En pocos meses triunfaba la revolución y Lenin firmaba el Tratado de Brest-Litovsk poniendo fin a la guerra con Alemania.
No es éste el momento de volver a una historia que se prolongó por más de siete décadas convirtiéndose en símbolo de todo el siglo XX. El destino de la Revolución estaría marcado desde el inicio; como diría Isaac Deutscher: “ocurrió en una fase temprana del embarazo, mucho antes de que el embrión tuviera tiempo de madurar. El resultado no fue un aborto, pero tampoco el organismo viable del socialismo”. De todos modos, al margen de previsibles desviaciones y fracasos, el acontecimiento del siglo no ha permitido indiferencias ni simplificaciones históricas: desde las desbordadas expectativas del inicio hasta los desencantadores tramos del final, un capítulo de algo más de siete décadas no puede soslayarse ni es posible eludir reflexiones sobre el mismo. Sólo un indicador: las decenas de metáforas que se inventaron para referirse a la luz que venía del Este. Cierto que no todos los tempranos visitantes fueron cegados: el filósofo matemático británico Bertrand Russell, de regreso de la expedición a la meca revolucionaria que incluyó entrevistas con Lenin y Trotski, se manifestó convencido de que se trataba de “una burocracia sofocante y tiránica”.
De todos modos, probablemente uno de los rasgos más destacados del principio fuera la creatividad en el campo del arte y la literatura. Los líderes de la Revolución, Lenin, Trotski, Bujarin, descartaron imponerse por medio de órdenes y decretos; la respetaron y pudo manifestarse en diversas vanguardias, desde el dadaísmo al surrealismo: Tristan Tzara, André Breton, Paul Eluard; todos entusiastas adherentes al Partido. Durante un tiempo desafortunadamente corto, en la poesía, el teatro, el cine y aun en el espectáculo del circo, resonó la formidable voz de Vladimir Mayakovski. Su poema a Lenin, escrito a raíz de la muerte del líder revolucionario, exime de comentarios: “Por encima de las torres/un bosque fragoroso/de millones de brazos/se alzan como banderas clamorosas/en la Plaza Roja/De cada pliegue/de cada bandera/Salen de nuevo clamando/las palabras de Lenin”.
En abril de 1930, el gran poeta futurista puso fin a su vida mediante un balazo: mientras, Josef Stalin coronaba su lucha por la sucesión y se preparaba para acallar toda creatividad bajo la consigna del realismo socialista.
Teniendo en cuenta las actuales argumentaciones de Vladimir Putin, existen cuestiones que no pueden ser dejadas de lado, empezando por sus parciales interpretaciones sobre la concepción leninista de la autodeterminación de las naciones. Es demasiado evidente que los argumentos del actual hombre fuerte del Kremlin no se basan en una lectura cuidadosa de las tesis del líder revolucionario. Tampoco reflejan un conocimiento riguroso de las posturas de Stalin, quién se ocupó más de una vez de la cuestión nacional. Lenin comenzó a referirse a la autodeterminación en 1903: “El reconocimiento incondicional de la lucha por la libre determinación en modo alguno nos obliga a apoyar cualquier demanda de autodeterminación nacional. La socialdemocracia, como partido del proletariado, se plantea la tarea positiva y fundamental de cooperar a la autodeterminación del proletariado de cada nación, y no a la de pueblos y naciones como tales”. Retomaría el tema durante los años de la Primera Guerra, en particular en un texto de 1916 en el que, respecto de las apelaciones de autodeterminación, identifica tres tipos de países: capitalistas avanzados, los del este europeo y las semi-colonias. Sin mencionarlos explícitamente, subyacían en sus argumentaciones la difusión de los Catorce Puntos del presidente Wilson, presentados para sellar la paz, entre los cuales se destacaba el principio de autodeterminación.
Las prevenciones de Lenin respecto de Stalin, no impidieron que en menos de una década se hiciera dueño del Kremlin, desplazando a un adversario tras otro. Una dimensión de la Rusia profunda mandó discrecionalmente y sin ahorrar crueldades hasta 1953. Historiadores y sociólogos deben dilucidar los dilemas en torno de Stalin y los estalinistas: lo que hizo el autócrata georgiano y todo lo que debieron ocultar sus devotos para sostener el culto. Respecto de él, fiel reencarnación de Iván el Terrible, están sus orientaciones económicas, sus purgas, ejecuciones y deportaciones y, sobre todo, su papel en lo que Deutscher llamaría “la degeneración burocrática” de un hecho revolucionario, que, producido en el lugar menos propicio, no tenía otro destino.
La figura de Stalin constituye un buen ejemplo de la ductilidad de la condición humana. Su astucia –le hizo fraguar la foto de regreso de Lenin mostrándose detrás suyo en la pasarela del tren que lo depositaba en Petrogrado– sería un dato fundamental en la lucha por el poder. Por lo demás, de esa ductilidad daría cuenta la superposición de densos razonamientos conceptuales con sangrientas purgas propias de la manía persecutoria a la que se entregó recurrentemente.
Para terminar con Stalin, no es sólo anecdótico reparar en todas las veces que acudió a las fibras patrióticas de su pueblo para enfrentar a los invasores de su país: en tales momentos, no vaciló en valerse de un aparato de propaganda que acudía a la imagen del príncipe Alejandro Nevski y sus combates del siglo XIII contra los caballeros teutónicos del Sacro Imperio Romano Germánico. Para tales propósitos, la formidable filmografía de Eisenstein, empezando por su célebre Acorazado Potemkin, tendría un valor incalculable. Escenas que se repetirían una y otra vez ilustrando cualquier antología de la historia del cine.
Volvamos a la Crimea que dejamos después de la guerra que transcurrió en su territorio a mediados del siglo XIX. Cuando Roosevelt y Churchill llegaron hasta el extremo de la lejana península para legislar sobre el mundo de Posguerra, a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido poner en duda la autoridad soviética sobre ese balcón al Mar Negro; por el contrario, habitaron con indisimulada satisfacción las suntuosas residencias puestas a su disposición. A los diplomáticos estadounidenses que arribaron a Yalta convencidos de la actitud constructiva de la URSS, actitud que atribuían al triunfo de la tesis del socialismo en un solo país sobre las propuestas de reproducción del hecho revolucionario, no les costaba demasiado confiar en las intenciones de Stalin; mientras que Churchill, mucho más prevenido por su talante conservador, debería admitir que el argumento de la seguridad para reparar los enormes daños de la guerra, era una auspiciosa señal. La famosa foto del trío, mostraba inequívocamente quién se sentía más satisfecho con los resultados del encuentro; había llegado a ser el Tío José, aunque tal familiaridad terminó siendo muy fugaz y, para muchos, trágica.
Después vino la ruptura de la alianza de la guerra –acompañada de fatigosos debates sobre la responsabilidad que enfrentaron a tres corrientes historiográficas–, la denominada Guerra Fría y, en medio de ella, la decisión de Kruschev, por entonces embarcado en la puja sucesoria –Stalin había muerto un año antes– de ceder la península de Crimea a Ucrania. Nada que pueda extrañar, como pretende argumentar Putin. ¿Acaso Nikita, él mismo de origen ucraniano y lejos por entonces de concentrar el poder, podía imaginar lo que sucedería cuando el derrumbe de la URSS? Pero no sería lo único inesperado que haría Kruschev, sorprendiendo a propios y extraños: en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética derribó el mito de Stalin denunciando el culto a la personalidad y las cruentas purgas practicadas sistemáticamente. Al día siguiente, miles de militantes del Partido acudieron a consultorios psicoanalíticos para procesar las novedades.
Paradójicamente, Kruschev estuvo en el momento más triunfalista de la experiencia soviética y en el inicio de su declinación. Presidió los éxitos espaciales y misilísticos, al tiempo que las primeras formulaciones sobre corrección de un rumbo que empezaba a comprometerse en una pendiente difícil de detener. Por entonces, las propuestas de cambio chocaron con un irreductible complejo de intereses que lo postergaron por décadas. Importa destacar que, tan pronto se percibió el freno de todo un modelo extensivo de crecimiento, comenzaron a ponerse de manifiesto en el complejo edificio de las Repúblicas Soviéticas grietas que tomaron la forma de reclamos nacionalistas: en diciembre de 1972, Leonid Brezhnev denunciaba ante el Comité Central del Partido Comunista la emergencia de “prejuicios nacionalistas y manifestaciones hipertrofiadas del sentimiento nacional”. Obviamente, nadie creería que esas expresiones fueran promovidas desde el exterior por “políticos y propagandistas burgueses”.
Si existían tales, más inquietante debería haber sido el incontenible ascenso de la disidencia interior; una combinación de desencantados que procuraba corregir rumbos y de francos opositores. Uno de ellos, el historiador Andrei Amalrik publicaría un texto en el que se preguntaba si sobreviviría la Unión Soviética hasta el año 1984. Quien se convertiría en uno de los emblemas de la disidencia sería el escritor Aleksandr Solzhenitsyn. Deportado a Siberia en los años de Stalin, capitalizó esa experiencia escribiendo Archipiélago Gulag, que, dando ejemplo de los usos y costumbres de la Guerra Fría, le valdría el Premio Nobel de Literatura en 1970. Desprovisto de su nacionalidad permaneció en el exilio hasta que fuera rehabilitado, retornando a Rusia en 1994. Lo cierto es que el pronóstico de Amalrik se postergó algunos años, pero, en definitiva, el derrumbe terminó produciéndose.
Desde 1985, Mijaíl Gorbachov procuró frenar la pendiente con audaces reformas –glasnost y perestroika–, pero lo que podía haber resultado a principio de los años sesenta, ahora era del todo insuficiente. Los críticos, incluidos conspicuos intelectuales progresistas hablaron de gatopardismo y se apresuraron a definirlas como cosméticas, sin advertir que el juicio sobre intenciones suele ser desmentido por los resultados. No fueron ellos los únicos desautorizados por la realidad; también erraron los que ante la evidencia de la declinación política y económica anticiparon que la gran potencia se abroquelaría detrás del poder militar y allí permanecería por décadas. Entretanto, se producían hechos catastróficos como la explosión de un reactor nuclear en Chernóbil, situada en Ucrania. Lo cierto es que los cimientos cedieron y el complejo edificio se derrumbó rápidamente dejando sólo en pie la aparatosa mampostería del Kremlin. Un torneo de interpretaciones –diferentes ideológicamente y en materia de sustento científico–, se abrió al día siguiente del siniestro y seguirá activo por tiempo indeterminado.
Durante años, Boris Yeltsin había permanecido semioculto en alguna dacha embebido en los vahos del vodka mejor destilado. Un personaje sin méritos conocidos, estructuralmente mezquino y sin remordimientos por haber desalojado al reformista Gorbachov. Y a partir de entonces una cruenta terapia de choque monitoreada por el FMI; amplio programa de privatizaciones: más de mil empresas pasarían a manos privadas permitiendo la emergencia de una nueva oligarquía. Luego, la invasión a Chechenia; una primera guerra contra fuerzas separatistas, librada entre 1994 y 1996.
Entre los escombros, comenzó su carrera Vladimir Putin; carrera pausada, pero continua y sin grandes tropiezos. Como un personaje salido de alguna novela de John Le Carré, el frío le era familiar. Desde 1975 se había desempeñado en la KGB acumulando una experiencia incomparable para moverse en medio de órdenes, manipulaciones e intrigas. Arropado por los vahos alcohólicos de Boris Yeltsin, llegó a la cima entre 1999 y 2000. Durante un período alternó los cargos de presidente de la Federación Rusa y primer ministro, hasta que en las elecciones de marzo del 2018 obtuvo un nuevo mandato que se prolonga hasta hoy. Durante un tiempo se empeñó en la rehabilitación del perdido poderío, una reconstrucción ardua, pero a la postre exitosa, uno de cuyos capítulos más destacados sería la expansión de los yacimientos gasíferos y petroleros de Siberia, el fortalecimiento de Gazprom, la empresa gasífera más importante del mundo, y el tendido de una red de gasoductos hacia Europa. En agosto de 1999, Putin comenzó su primera gran guerra; fue la segunda de Chechenia y se libró hasta el año 2009 con un enorme costo material y humano –alrededor de diez mil bajas según estimaciones no oficiales–; pero, se sabe, no pesan en la conciencia de Vladimir.
Mientras transcurría el esfuerzo de rehabilitación de Rusia, el progresista Bill Clinton había procurado aislarla. En medio de jugueteos sexuales con una joven pasante, desestimando promesas formales oportunamente hechas por Washington y recomendaciones de hombres tan experimentados como George Kennan, Clinton impulsó el despliegue de la OTAN en Polonia, Hungría y República Checa. En este movimiento belicista debían inscribirse las jornadas del Maidán, en las que conspicuos miembros del Departamento de Estado, presididos por la subsecretaria Victoria Nuland, se florearon en la Plaza de la Independencia de Kiev para lograr el derrocamiento del presidente Yanukóvich, que mantenía una actitud amistosa hacia Moscú.
La reconstrucción interior le permitió a Vladimir tomar impulso para el gran salto adelante en materia de política exterior: en 2014 se hizo dueño de Crimea y durante el año siguiente retornó a Medio Oriente valiéndose del apoyo militar al régimen sirio de Bashar al Assad –que éste retribuyó concediendo bases navales y aéreas en su territorio– y haciéndose presente en la Libia pos Gadafi.
Ya en el siglo XVIII las tropas de Alexandr Suvorov se habían batido por una Crimea rusa; luego, la guerra ya mencionada y la frustración de Nicolás I. Basta con mirar un mapa para comprender el valor geopolítico de la península. A modo de balcón sobre el Mar Negro, no lejos de la desembocadura del Danubio, se proyecta hacia los estrechos y más allá, al Mar Egeo. Era más que previsible que Putin se impusiera como objetivo desandar aquella decisión de Kruschev de 1954. Lo concretó en 2014 en medio de una ensordecedora gritería europea que se desentendía de razones históricas, demográficas y culturales, y de las opiniones de los habitantes de la península. Sólo se verían las garras del oso ruso. La operación se completó con el control del Mar de Azov y el Estrecho de Kerch.
Entretanto, se iba incubando el choque con Ucrania. Detengámonos por un instante en un país con historia corta pero intensa. No existía como Estado independiente antes de 1917, aunque acreditaba un sentimiento nacionalista que se intensificó durante la ocupación alemana y que se apoyaba en la rica, bien que en ocasiones contradictoria, tradición cosaca. Era la representación de la llamada Pequeña Rusia que se manifestara durante gran parte del siglo XIX. El derrumbe de la Unión Soviética abrió el camino a una independencia que muchos procuraron convertir en muro de contención de una eventual recuperación rusa. Al menos, esto es lo que propuso el inefable Zbigniew Brzezinski en sus elucubraciones sobre el tablero mundial. Lo que el estadounidense de origen polaco no tenía en cuenta era que la existencia de una región abiertamente prorrusa ponía una carta de triunfo en manos de Moscú. Y allí comenzó “el gran lío”.
El choque entre Rusia y Ucrania fue activado por la mencionada revuelta del Maidán, piloteada desde Washington. En este contexto pesaba la situación de la región del Donbás, –sede de las repúblicas prorrusas de Donetsk y Lugansk–, tanto como la presencia de organizaciones de extrema derecha alentadas por la consagración presidencial de un poco experimentado artista cómico de apellido Zelenski en las elecciones de marzo del 2019. Un personaje patético, de esos que no vacilan en llevar a sus pueblos a la ruina.
Desde Kiev, comenzó a promoverse con imprudente entusiasmo la llegada de una OTAN empeñada en cerrar el cerco a Rusia. Hubo largas negociaciones para encauzar el entredicho que terminaron en fracaso, en virtud de lo cual Vladimir sacó la artillería: después del discurso a la Nación del 23 de febrero del 2022, en el que mencionó la convicción de contar con el respaldo de “las fuerzas patrióticas” de su país, puso en marcha la “operación especial” y tuvo su guerra mayor.
Es propio del nacionalismo de unos denunciar el nacionalismo de sus adversarios. Como en el baile de los cosacos –aquellas poblaciones guerreras de raíz eslava desplegadas en las desembocaduras del Don y el Dniéper, en su gran mayoría fieles al zarismo y hoy honradas por Vladimir–, el movimiento constante y acompasado mantiene la estabilidad en el Kremlin, aun cuando tal movimiento implique una invasión y llevar las cosas al extremo de una guerra generalizada. Cierto que enfrente está la OTAN y el sistema de guerra estadounidense, también que existen residuos de nazismo en Ucrania y que resultan más que sospechosos sectores de su elite dirigente, pero precisamente por eso, por lo de adentro y por lo de afuera, era fácil prever la entidad que tomaría la resistencia y hasta dónde tendría que llegar Moscú para doblegarla. El “hasta dónde” puede entreverse en la gélida gestualidad del ex oficial de la KGB y en la disposición de sus adversarios del lejano oeste de sacrificar a todo un pueblo: armémoslos y que resistan. Ni el derrumbe de la URSS y el marcado debilitamiento del adversario de décadas pusieron una pausa en el despliegue de la organización bélica atlántica. Sus sofisticados arsenales siguieron desplegándose geográficamente para llegar lo más cerca posible de Moscú, mostrándose dispuesta a incorporar nuevos socios.
Mientras destruye lo que se interpone a sus propósitos sin reparar en daños materiales ni víctimas humanas, rodeado de un teatral entorno de entorchados, el hombre de la gélida mirada aprovecha la efeméride del triunfo sobre el nazismo para una ostentosa exhibición de poderío militar. Y el baile sigue. El hecho de tener a Estados Unidos y la OTAN como antagonistas le han valido a Putin contar, si no con la simpatía, al menos con la condescendencia de sectores de izquierda del universo periférico. Quién ha puesto las cosas en su lugar ha sido el sabio estadounidense Noam Chomsky, quién no ha vacilado en calificar de “criminal” la invasión rusa, equiparable, según su opinión, a otros hechos criminales de la historia mundial contemporánea, incluidos muchos de los perpetrados por Washington en distintas latitudes. Lo destacable de Chomsky no es sólo que advierte sobre consecuencias gravosas –entre ellas, meter a Europa en el bolsillo estadounidense neutralizando un potencial papel constructivo–, sino que adelanta vías posibles para salir del atolladero creado por el belicismo de unos y otros. Pero sus palabras suenan como campanas de palo.
¿Cómo construir un juicio ponderado ante tal escenario? El tema de las responsabilidades ante un acontecimiento o cadena de acontecimientos, siempre vino acompañado de intensos debates, mucho más intensos cuando se unió a demandas por reparaciones para compensar daños provocados por el juzgado como responsable. Ahora se trata de analizar la invasión rusa a Ucrania. Resulta claro que una principal responsabilidad le cabe a Estados Unidos y la OTAN; más específicamente, a las decisiones adoptada por el demócrata Bill Clinton y sus seguidores, todos ellos servidores de un Sistema de Guerra que no ha dejado de crecer desde 1939, nutrido con generosos presupuestos, por lejos los más abultados del mundo. Pero si Washington y la OTAN deben figurar en la primera línea de las responsabilidades, no hay motivos para eximir a Vladimir. Lejos de ser proporcionada, su respuesta parece como un calco a la de otros dirigentes rusos identificados con Iván el Terrible.
La guerra lejos de ceder, gana en intensidad. Era previsible que el conjunto de países occidentales redoblara su respaldo a las autoridades de Kiev, proveyendo a Zelenski de una legitimidad que ni el mismo hubiera imaginado al desencadenarse el conflicto. Por cierto, las acusaciones de propiciar un enclave nazi sólo reflejan un componente parcial dentro de un cuadro política e ideológicamente complejo, pero sirven a los propósitos bélicos de Moscú, propósitos que se respaldan en un arsenal que no deja de ampliarse y sofisticarse y que por el momento –salvo algunos indicios parciales– no reparan en bajas humanas o costos materiales.