Artículo online - Publicado el 07-04-20

El boom biotecnológico chino puede transformar vidas -o destruirlas

Por SCOTT MOOR
Director del Penn Global China Program de la Universidad de Pensilvania.

Cuando a principios de enero de 2016 el entonces director de inteligencia nacional de Estados Unidos James Clapper se presentó ante el Congreso con el informe anual de amenazas a Estados Unidos, no le faltó material. Sólo unas pocas semanas antes, Corea del Norte había probado un arma nuclear y Rusia había comenzado a desplegar misiles de crucero que parecían violar acuerdos esenciales de control de armamento. Pero para la sorpresa de muchos expertos, Clapper destinó una buena parte de su tiempo a describir una amenaza mucho más exótica: la investigación biomédica. Específicamente, alertó Clapper, “es posible que la investigación sobre edición de genoma en países con estándares éticos o regulatorios diferentes de los de los países occidentales eleve el riesgo de desarrollo de productos o agentes biológicos potencialmente nocivos”.

 

La declaración de Clapper no mencionó explícitamente a China -pero no fue necesario. A medida que su testimonio avanzaba, iba dejando claro que mientras en el siglo XX Estados Unidos y la Unión Soviética habían tenido las llaves para evitar una catástrofe planetaria, los jugadores principales del XXI son Estados Unidos y China. Y mientras en otros tiempos, mantener cerrada la caja de Pandora implicaba impedir una guerra nuclear, hoy implica evitar riesgos biotecnológicos.

 

Tan solo en los últimos años, el desarrollo de técnicas baratas para la edición de genes ha democratizado la investigación biomédica, produciendo bonanza biotecnológica en lugares como China, y creando toda una nueva categoría de amenazas a la seguridad, desde el uso de información genética para perseguir a disidentes y grupos minoritarios, hasta el  desarrollo de sofisticadas armas biológicas.

 

La inteligencia artificial tiende a acaparar la mayor parte de la atención cuando se habla de Estados Unidos, de China y de la tecnología. Pero los políticos deben tomar conocimiento -y a la brevedad- de la amenaza todavía mayor de la biotecnología. Por suerte, sin embargo, las preocupaciones que comparten sobre el papel de China en la biotecnología, ofrecen también la oportunidad de interactuar productiva y significativamente para dar forma a las normas en un nuevo mundo.

 

El papel estelar de China en evitar los peligros biotecnológicos del siglo XXI deriva de sus inversiones siderales en investigación biomédica. Históricamente, los países occidentales, y especialmente Estados Unidos, fueron el epicentro de la investigación en las ciencias de la vida. Solo Estados Unidos era responsable de alrededor del 45 por ciento de las patentes biotecnológicas y médicas solicitadas en el período de 14 años que terminó en 2013. Pero ahora, gracias a la fuerte inversión respaldada por el Estado, China lo está alcanzando. Los planes económicos que se instituyeron en 2015 llaman al sector de la biotecnología a hacerse cargo de más del 4 por ciento del PBI total de China para 2020, y se estima que para 2018 los gobiernos centrales, provinciales y locales ya hayan invertido más de 100 mil millones de dólares en ciencias de la vida. Mientras tanto el capital de riesgo y el capital de inversión chino en ese campo totalizaron 45 mil millones, sólo entre 2015 y 2017.

 

Además, China ha invertido gran energía en competir por talento biotecnológico con países como Estados Unidos. De los 7000 investigadores reclutados bajo el Plan Mil Talentos, desde 2008, más de 1.400 se especializan en ciencias de la vida. Un destacado genetista estadounidense, Harris Lewin, ha advertido que Estados Unidos está “comenzando a quedar atrás… los chinos, que siempre han sido buenos colaboradores, están tomando la delantera”.

 

En Estados Unidos y en otros países occidentales el creciente papel de China en la investigación biomédica suscita bastante inquietud. Varios investigadores chinos han demostrado disposición a ignorar las restricciones éticas y regulatorias de la investigación genética. En 2018, He Jiankui se transformó en un alumno modelo de la irresponsabilidad científica cuando anunció haber editado los genes de dos mellizos en útero sin seguir los protocolos de seguridad básicos. Informó que los había considerado pautas, no leyes.

 

Sin embargo, la reacción en China no fue lo que él había esperado. Los estándares relativamente laxos de las universidades chinas habían hecho posible su investigación, e incluso le habían permitido esconder de muchos de los involucrados el verdadero carácter de su secreto –mientras lo discutía con un pequeño grupo de bioéticos y científicos occidentales que manifestaban un fuerte rechazo. En China no es poco común romper reglas y ser loado por los resultados de cualquier modo, sea cual sea el área. A He, sin embargo, la gran atención internacional que siguió al conocerse la historia, le costó su carrera, y es posible que su libertad. Los medios chinos se apresuraron en destacar la condena oficial a los experimentos. Incluso el objetivo manifiesto de la edición –asegurar que los bebés, nacidos de madres con HIV positivo estuvieran protegidos contra el virus– resultó ser pobre desde el punto de vista científico.

 

A medida que crece el sector de biotecnología chino, crecen también los temores de que los investigadores chinos como He estén más dispuestos que los investigadores en Estados Unidos a traspasar límites, tanto los de la ciencia como los de la ética. A principios de este año, investigadores chinos registraron otro hito asombroso cuando implantaron genes humanos asociados a la inteligencia en embriones de monos -y comunicaron que los monos tuvieron mejor desempeño en pruebas de memoria.

 

El dominio del Estado-partido en China suscita serias preocupaciones con respecto a la biotecnología, en especial porque viene con una tesitura etno-nacionalista cada vez más marcada. Cuando en 2018 investigadores chinos crearon los primeros clones de primates del mundo, por ejemplo, los llamaron Zhong Zhong y Hua Hua, por el término “zhonghua” que significa “la Nación China” -un raro apodo ultranacionalista para un par de monos. Las políticas del gobierno chino muchas veces borronean la línea entre eugenesia y educación, juntándolos en la mejora de la “calidad” (suzhi) de la población, lo que ha recibido otro sello de endorso oficial tras el último Cuarto Plenario. Esos programas se llevan a cabo a través de la enorme así llamada burocracia de la planificación familiar del país -establecida originariamente para hacer cumplir la política de hijo único.

 

Además, Pekín cada vez extiende más al ámbito de la genética su formidable aparato de control social. Mientras para el intercambio de datos biomédicos existen restricciones considerables en las empresas privadas, en gran parte debido a una desagradable historia de discriminación popular contra portadores de hepatitis, el gobierno no tiene esas restricciones. Un informe del New York Times de hace algunos meses sugirió, por ejemplo, que las autoridades chinas habían armado un gran tesoro de datos genéticos sin consentimiento de sus ciudadanos, orientado específicamente al grupo minoritario uigur.

 

El estilo bionacionalista de Beijing, además, amenaza de manera directa a Estados Unidos. Los funcionarios estadounidenses han estado alertando a las universidades e instituciones de investigación que el sector de biotecnología es un foco de interés de las actividades de espionaje industrial chinas en Estados Unidos. Y el último agosto, un oficial superior del Departamento de Defensa alertó oficialmente al Congreso que el papel cada vez más extendido de China en la fabricación de medicamentos podría permitirle interrumpir el envío de medicamentos críticos para el campo de batalla e, incluso, alterarlos para dañar a las fuerzas armadas de Estados Unidos.

 

Sin embargo, los mayores riesgos de la biotecnología para China, Estados Unidos y otros países provienen de actores no estatales. Una característica esencial de la biotecnología moderna es que, a diferencia de tecnologías como las armas nucleares, es barata y fácil de desarrollar. La técnica de repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas, conocida como CRISPR (por sus siglas en inglés), que el investigador He usó en su trabajo ilícito de edición genética, hace que casi cualquiera pueda manipular genomas de prácticamente cualquier organismo a mano. Con la CRISPR es mucho más fácil evitar restricciones éticas y es espantosamente sencillo desarrollar armas temibles para los grupos terroristas.

 

Los investigadores ya han demostrado que es posible reconstruir el virus de la varicela, erradicado del mundo en 1970, por sólo 200.000 dólares, usando fragmentos de ADN que se pueden comprar en Internet. Si un estado terrorista o rebelde lograra hacerlo con éxito, prácticamente nadie vivo en este momento tendría resistencia al virus y hace ya tiempo que se destruyó la mayoría de las reservas de la vacuna. Existe una organización, International Gene Synthesis Consortium, que intenta filtrar pedidos sospechosos de fragmentos de ADN que podrían usarse para fabricar tales armas. Y aunque la mayoría de las empresas que sintetizan ADN son miembros del Consorcio, la pertenencia es completamente voluntaria. Hay, además, un mercado negro floreciente y enteramente desregulado, gran parte del cual tiene su base en China.

 

Todo esto significa que los estándares de bioseguridad en lugares como China son más importantes que nunca. Después de todo, si algún agente biológico fuese liberado, es poco probable que cualquier país importante, integrado globalmente pueda escapar indemne. Afortunadamente, hay señales crecientes de que China está abierta a regular mejor su sector de biotecnología. En febrero, el gobierno chino anunció que la investigación biomédica de “alto riesgo” sería monitoreada por el Consejo de Estado, equivalente al Gabinete, una señal de las preocupaciones con que Pekín ve los incidentes como el escándalo con la CRISPR de He Jiankui. Otra señal fue la creación de un nuevo comité para asesorar a los líderes más importantes sobre la ética en la investigación que el Partido Comunista Chino anunció en agosto.

 

Una creciente inquietud pública dentro de China acompaña la preocupación de su gobierno. Es posible que la oposición a organismos genéticamente modificados sea más fuerte en China que en los países occidentales donde los temas sanitarios están a la cabeza en la lista de asuntos públicos. La mayoría de los rumores y pánicos giran alrededor de temas de salud, especialmente después de una serie de escándalos relacionados con la vacunación. Eso significa que el gobierno tiene que andar con excepcional cuidado y ofrece muchas oportunidades para construir pautas éticas tanto en leyes como para la práctica.

 

Existe una gran cantidad de temas a abordar en biotecnología y bioseguridad en la cooperación Estados Unidos-China. Mientras tanto, dado el rol de China en el escándalo He Jiankui, sería razonable que se asociase a Estados Unidos y a otros países como participante de una nueva iniciativa de la OIS a fin de establecer pautas internacionales para el uso de las CRISPR. Otra área promisoria para la cooperación Estados Unidos-China, en especial en la comunidad de investigación, se relaciona con la llamada dirección de genes, el proceso de edición de genomas y de su diseminación en unas pocas generaciones en toda la población. Usar genética dirigida para evitar que ciertas especies de mosquitos se reproduzcan, por ejemplo, puede desterrar finalmente enfermedades debilitantes muy diseminadas como la malaria y el zika. Además, la ingeniería genética se puede usar con especies en extinción para que sobrevivan al cambio climático.

 

El fundador de Microsoft, Bill Gates, observó una vez que “El mundo no ha tenido muchas tecnologías que sean tan promisorias como riesgosas. … Tuvimos armas nucleares y energía nuclear”. Pero debido en gran parte a las iniciativas de investigadores biomédicos en Estados Unidos y en China, la biotecnología está abriendo una caja de Pandora parecida. Y si el mundo ha evitado hasta ahora un conflicto o una guerra nuclear, se debe en gran parte a las iniciativas de los gobiernos, favorecidas con el hecho de que la tecnología nuclear es extremadamente difícil y costosa de dominar.

 

La nueva ola de la biología sintética es exactamente lo contrario: barata de usar y de emplear. Por esa precisa razón, aunque los gobiernos de Estados Unidos, China y otros sean fundamentales para responder a las amenazas de las nuevas tecnologías, la discusión no puede limitarse a los Estados-Nación. Estos deberán reunir a todos los investigadores, empresas y organizaciones como la Gene Synthesis Consortium. Tratándose de los riesgos que presentan las tecnologías emergentes, Pekín y Washington, tendrán que hacer frente a los límites de su capacidad de resolver los problemas cada cual por su lado.

 

Este artículo fue publicado originalmente en Foreign Policy magazine el 8 de noviembre de 2019

https://foreignpolicy.com/2019/11/08/cloning-crispr-he-jiankui-china-biotech-boom-could-transform-lives-destroy-them/

 

 

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