Artículo online - Publicado el 21-11-19

EN LAS GUERRAS FUTURAS, LOS MILITARES DE ESTADOS UNIDOS NO TENDRÁN DÓNDE ESCONDERSE.

Por Michael Beckley
Profesor asociado de ciencias políticas en la Universidad de Tufts, investigador visitante de Jeane Kirkpatrick en el American Enterprise Institute

Las nuevas tecnologías permiten a Rusia y China destruir las bases y las redes logísticas de Estados Unidos incluidas las de su territorio continental.

Durante la mayor parte de su historia, Estados Unidos ha tenido el lujo de luchar sus guerras desde refugios seguros. En más de dos siglos no se han llevado a cabo grandes batallas internacionales en el Estados Unidos continental, y su territorio en alta mar no ha sufrido un ataque serio desde que Japón bombardeó Pearl Harbor en la Segunda Guerra Mundial. Durante las últimas décadas, incluso las bases estadounidenses en suelo extranjero se han enfrentado a pocas amenazas militares convencionales.

Esta inmunidad sin precedentes ha permitido a Estados Unidos una forma particular de guerra que involucra ataques masivos lanzados desde santuarios casi invulnerables y geográficamente distantes. En las guerras recientes en Afganistán, Irak, Libia y Serbia, por ejemplo, el ejército norteamericano usó bases seguras y redes logísticas que se extienden desde el corazón de Estados Unidos hasta las fronteras del enemigo. Desde estos vastos espacios seguros, los militares pudieron elegir sus batallas estratégicamente y lanzar ataques aéreos y de misiles con eficiencia industrial. Por lo tanto, los resultados de las guerras inmediatas, si no sus secuelas, nunca estuvieron en duda.

 

 

Sin embargo, en futuras guerras, las nuevas tecnologías pueden permitir a las grandes potencias rivales, como China y Rusia, llevar a cabo ataques precisos y devastadores contra las bases militares y las redes logísticas de Estados Unidos, incluidas las ubicadas dentro de su territorio. Los avances en los campos de la industria aeroespacial, la robótica, el aprendizaje automático, la impresión 3D y los nanomateriales están creando nuevas clases de misiles y drones letales que se pueden lanzarse de forma discreta y recorrer grandes distancias, todo por una fracción del costo de los tradicionales armas tripuladas.

 

Los nuevos misiles hipersónicos, por ejemplo, combinan la velocidad y el alcance de los misiles balísticos con la maniobrabilidad y precisión de los misiles crucero. Los vehículos aéreos no tripulados y los planeadores submarinos han logrado un alcance transoceánico. Los algoritmos pueden coordinar enjambres de más de 1.000 drones. Las impresoras 3D de carbono pueden producir 1.000 cuerpos de drones por día por menos de 10 dólares cada uno, y los nanomateriales pueden equipar a los drones con ojivas que son dos veces más potentes que los explosivos convencionales.

 

La difusión de estas tecnologías hará obsoleta la actual forma de guerra de Estados Unidos. Dotados con grandes y crecientes arsenales de misiles de largo alcance y drones armados, China y Rusia son cada vez más capaces de negar el santuario operativo militar norteamericano. En épocas tecnológicas anteriores, atacar las bases de Estados Unidos requería de incursiones atrevidas, que generalmente eran demasiado pequeñas y esporádicas como para afectar su poder de combate, o de ataques con misiles nucleares que desencadenarían una represalia masiva equivalente. Ahora, sin embargo, China y Rusia pueden enviar hordas de misiles convencionales y drones prescindibles para causar estragos en las redes de Estados Unidos, destruyendo las plataformas de armas mientras están en la base, cortando los enlaces de comunicaciones de Estados Unidos y eliminando depósitos vitales de combustible y municiones.

 

El ejército norteamericano tendría problemas para responder rápidamente a tales ataques porque no está preparado. La mayoría de las bases tienen pocos sistemas de defensa antimisiles, o ninguno, o refugios reforzados. Los aviones de combate y los buques de guerra a menudo están estacionados al aire libre, uno al lado del otro. Las comunicaciones entre los centros de comando y los soldados en el campo dependen en gran medida de satélites que siguen órbitas predecibles y de cables submarinos que se mapean en fuentes abiertas. La fuerza logística de Estados Unidos consiste principalmente en embarcaciones desarmadas, la mayoría de las cuales se retirarán dentro de 15 años, y los buques de guerra y los submarinos estadounidenses no se pueden recargar en el mar, por lo que en tiempos de guerra tienen que viajar entre el teatro de combate y un puñado de puertos en territorio estadounidense y aliado.

 

Estas vulnerabilidades abiertas, combinadas con un rápido cambio tecnológico, han producido una paradoja: Estados Unidos tiene el ejército más poderoso del mundo por un amplio margen, pero habitualmente “le entrega el culo” en guerras simuladas cuando Rusia o China desatan su fuerzas de misiles y aviones no tripulados.

 

El problema puede empeorar aún más. En un esfuerzo por contrarrestar las capacidades de las armas electrónicas de denegación de acceso a un área (A2/AD) de China y Rusia, que apuntan a las fuerzas de Estados Unidos desplegadas hacia adelante, el ejército norteamericano está aumentando su dependencia de los sistemas de combate que requieren bases seguras y redes logísticas para funcionar. Por ejemplo, Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares para producir un nuevo bombardero para penetrar en las redes A2/AD, el B-21. Estos exquisitos aviones están a una década de ser operativos, pero Rusia y China ya pueden destruirlos en tierra. Ambos países pueden haber puesto misiles crucero avanzados en contenedores que podrían golpear, desde el Golfo de México, el futuro hogar del B-21, la Base de la Fuerza Aérea Whiteman en Missouri.

Otro ejemplo: la Marina de Estados Unidos planea construir cientos de nuevos buques de guerra en los próximos 30 años y dispersarlos en pequeños grupos. Estas operaciones marítimas distribuidas reducirán la exposición de Estados Unidos a los sistemas enemigos A2/AD, pero también producirán fuerzas logísticas precarias que deberán transportar suministros a cientos de barcos repartidos en millones de millas cuadradas. China y Rusia ya tienen planes de atacar estas líneas logísticas con misiles y minas inteligentes.

 

Ya es hora de que el ejército de Estados Unidos se prepare para luchar sin santuarios. En lugar de esperar a que estallen las guerras para luego aumentar los vulnerables portaaviones y las brigadas blindadas en el extranjero, Estados Unidos debería colocar lanzadores de misiles y drones armados en territorio aliado y en buques mercantes en posibles zonas de conflicto. Para el caso de las guerras contra Rusia y China, eso significa cerca del Báltico y en los mares del este y sur de China. Estos misiles y drones actuarían como campos minados de alta tecnología. Podrían destruir las fuerzas de proyección de poder chinas y rusas, pero sería difícil para cualquiera de los países eliminarlas y no requerirían grandes equipos o logísticas. Este enfoque aprovecha una asimetría fundamental en los objetivos de guerra de Estados Unidos y sus adversarios. Mientras que China y Rusia necesitan tomar el control del territorio (por ejemplo, Taiwán o parte del Báltico) para lograr sus objetivos principales, Estados Unidos sólo debe negarles ese control, una misión adecuada para los misiles y drones modernos.

 

Estados Unidos tiene la tecnología para hacer que esta estrategia funcione, pero los poderosos jugadores nacionales dudan en comprometerse con ella. La Marina quiere grandes buques de guerra, no barcazas de misiles. La Fuerza Aérea favorece los aviones tripulados, no los drones autónomos. Los contratistas de defensa quieren construir costosas plataformas de proyección de potencia, no municiones baratas; y muchos miembros del Congreso comparten esta preferencia porque las plataformas sofisticadas y los ciclos de adquisición de décadas de duración generan empleos en sus distritos. Cortar este estancamiento y actualizar el estilo de guerra estadounidense para una nueva era tecnológica requerirá un fuerte compromiso de los altos funcionarios del Departamento de Defensa y una presión constante de un público educado. Históricamente, Estados Unidos ha revisado su postura militar solo después de sufrir un gran shock. Sería trágico si el próximo choque involucrara perder una guerra contra un oponente más débil pero más inteligente tecnológicamente.

 

 

 

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