Artículo online - Publicado el 10-04-26

Actualidad Internacional

IRÁN Y EL RIESGO DE REPETIR GALÍPOLI

Por Verónica Pérez Taffi
Presidenta de la Asociación de Estudios de Relaciones Internacionales de Argentina (AERIA). Directora de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad del Salvador (USAL) y profesora en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) y la Universidad de Palermo (UP). Es candidata a doctora en Relaciones Internacionales por la USAL.

Las grandes potencias suelen cometer los mismos errores: subestimar al adversario, simplificar escenarios complejos y confiar en que la superioridad militar basta para imponer orden. La historia ofrece múltiples advertencias, pero rara vez son escuchadas. Hoy, la presión creciente sobre Irán parece avanzar en esa misma dirección. Conviene, por tanto, recordar la Campaña de Galípoli del Reino Unido contra el Imperio Otomano, para extraer lecciones que permitan analizar el conflicto actual.

Entre la Campaña de Galípoli (1915-1916) y la actual estrategia de Estados Unidos frente a Irán hay más que una analogía histórica: hay una forma recurrente de concebir el poder, el territorio y al adversario.

En 1915, el Reino Unido creyó posible modificar el equilibrio de la guerra al abrir un frente indirecto. Su estrategia consistía en controlar el Estrecho de los Dardanelos, que era fundamental para el comercio y la proyección militar, con el fin de debilitar al Imperio Otomano, reconfigurar el teatro de operaciones y abrir una vía hacia Rusia. La decisión, impulsada entre otros, por Winston Churchill, descansaba sobre una premisa que se repetiría a lo largo del siglo XX: la superioridad tecnológica podía compensar cualquier complejidad territorial o política.

Galípoli mostró lo contrario. La resistencia otomana, articulada, entre otros, por Mustafa Kemal Atatürk, no sólo frustró la operación, sino que puso en evidencia los límites de una racionalidad estratégica que reduce el espacio a un problema técnico y al adversario a una variable secundaria. La estrategia otomana desarticuló una operación concebida desde la distancia, sin una comprensión real del terreno ni del adversario. El resultado fue un empantanamiento costoso que se cobró la vida de miles de vidas, entre heridos y muertos. Una masacre que aún hoy se conmemora cada 25 de abril entre los deudos de los jóvenes reclutas del ejército del ANZAC (Cuerpos del Ejército Australiano y Neozelandés, en inglés).

Un siglo después, la escena y los actores cambian, pero los errores se repiten. La estrategia de Estados Unidos hacia Irán se despliega a través de sanciones, ataques, bombardeos, presión militar y una narrativa persistente de amenaza. No hay desembarcos por el momento, pero sí una movilización, como forma de intervención que busca disciplinar. Cambian los medios, pero la lógica permanece.

Hoy, experiencias como la de la estrategia empleada en Galípoli adquieren renovada vigencia en una región atravesada por conflictos superpuestos, rivalidades geopolíticas y equilibrios inestables.

UN ACTOR CENTRAL

Irán no es un actor más en este escenario. Su centralidad se explica tanto por su ubicación geográfica, que le permite controlar el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz, como por sus dimensiones (1.648.195 km2) y demografía (93 millones de habitantes). Se trata de un país natural y geográficamente defensivo, con dos grandes cordones montañosos, extensas zonas desérticas, y costas de difícil acceso. Es, además, un Estado civilizacional, capaz de proyectar influencia a través de una red de alianzas estatales y no estatales. Una intervención terrestre en esta guerra podría repetir la espantosa experiencia de la Campaña de Galípoli.

Las relaciones conflictivas y contemporáneas de Irán con Occidente se remontan al golpe de Estado contra Mohammad Mossadegh en 1953, articulado por la inteligencia británica, y a la Revolución Islámica de 1979, que marcó un punto de inflexión en las relaciones con Estados Unidos. A partir de entonces, los enfrentamientos indirectos y episodios de escalada controlada configuraron un patrón en el que ninguna de las partes parecía estar dispuesta a una guerra abierta. Nadie la sugería. El vínculo con Estados Unidos mantuvo un nivel de fricción sostenido, particularmente en torno al programa nuclear iraní, sobre todo desde comienzos del siglo XXI. Esta tensión se intensificó tras el abandono por parte de la administración de Trump, del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) de 2015, la firma de los Acuerdos de Abraham de 2020 (mediante los cuales Bahréin y Emiratos Árabes Unidos normalizaron sus relaciones con Israel) y el aumento en presencia militar de la región (en particular sobre los afectados países del Consejo de Cooperación del Golfo).

La persistente tensión con Israel constituye uno de los ejes más visibles desde una perspectiva histórica. La guerra se precipitó en medio de negociaciones mediadas por Omán, como principal mediador, en Ginebra. Qatar, Egipto y Turquía se unieron en la segunda ronda, mientras que Pakistán actúo como canal de comunicación para transmitir las propuestas al gobierno iraní. Las negociaciones no prosperaron y fueron interrumpidas por un ataque a gran escala llevado a cabo por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero de 2026, bajo el argumento de que el tiempo de negociación había expirado.

LAS CONSECUENCIAS EN EL CORTO PLAZO

El Golfo Pérsico es un espacio de alta sensibilidad estratégica. Cualquier interrupción del tránsito marítimo tiene consecuencias inmediatas en los mercados energéticos globales, como efectivamente ocurrió. Por el Golfo Pérsico no solo se transportan grandes volúmenes de petróleo y gas, sino también fertilizantes esenciales para la producción agrícola, materias primas críticas para la industria de semiconductores, además del transporte de alimentos. La interrupción del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz fue casi inmediata por efecto de los ataques de ambos lados, sin ser necesario el decreto de su cierre. Sus efectos sobre la economía mundial, sobre las posibilidades del cambio de petrodólares por petroyuanes, los circuitos logísticos, las cadenas de suministro y los precios de los combustibles se empezaron a sentir rápidamente, avizorando una nueva crisis y esta vez, de proporciones épicas.

La región muestra además signos de creciente fragmentación. Los conflictos en Yemen, Siria e Irak no pueden entenderse sin la competencia entre potencias regionales. En estos escenarios intervienen actores diversos, minorías tales como los kurdos y los baluchis, así como milicias como Hezbolá y los hutíes. En muchos de ellos, Irán ha consolidado su influencia.

La analogía con Galípoli se vuelve sugerente: las potencias aliadas subestimaron la geografía y la resistencia del adversario, resultando en un empantanamiento costoso. La salida es incierta.

En el caso de Irán, cualquier intervención terrestre debería enfrentar no solo un territorio complejo, sino también una red regional interconectada. Desde la geopolítica crítica, la geopolítica no describe el mundo, lo produce. En ese sentido, Irán no es solo un actor objetivo, sino también una construcción estratégica, un “otro” que condensa riesgos e inestabilidad en una región que reproduce una competencia global sin mitigación.

Irán forma parte de la Ruta Terrestre de la Seda, de los BRICS+, y mantiene un Tratado de Cooperación integral con Rusia, firmado en enero de 2025, con quien coopera en materia económica, militar y energética. En relación con China, el comercio del petróleo iraní, adquirido a precios con descuento, forma parte del elemento central. Asimismo, con la Asociación Estratégica Integral de 2021, las proyecciones de inversión china en Irán se extienden a un horizonte de 25 años.

En este contexto, lejos de simplificarse, su complejidad interna, su racionalidad y voluntad de resistencia, así como sus vinculaciones regionales y globales deberían de ser consideradas con mayor detalle.

Pero hay un elemento adicional que vuelve más inestable la dinámica que estamos observando. Como planteó Thomas Schelling, la estrategia en contextos de conflicto no se reduce al uso de la fuerza, sino a la capacidad de influir sobre las decisiones del otro. La coerción funciona en la medida en que el adversario percibe que el costo de no ceder será mayor que el de negociar, es decir, cuando cree que ceder es mejor que resistir. Pero ese cálculo no es unilateral, sino relacional: depende de percepciones, la historia y el contexto.

En Galípoli, la intervención no quebró la voluntad del adversario. La reforzó. En el caso de Irán, la presión externa puede producir un efecto similar: cohesión interna, legitimidad del conflicto, proyección regional. La coerción, lejos de disciplinar, puede consolidar al adversario.

UNA COERCIÓN DE DOBLE FILO

Hay, además, una dimensión que suele omitirse. Así como el Estrecho de los Dardanelos era un punto crítico del sistema internacional, el Estrecho de Ormuz lo es hoy. No se trata solo de geografía. Se trata de control, de circulación, de poder. En dos oportunidades se llevaban a cabo negociaciones mediadas por terceros países e Irán fue objeto de ataques. La primera en junio de 2025 y la segunda desató la guerra el 28 de febrero de 2026.

Aquí aparece un punto crítico. La estrategia hacia Irán descansa en esa lógica de coerción: sanciones, presión militar a través de ataques y asesinatos selectivos a líderes, como el líder religioso Alí Jameneí, miembros de la Guardia Revolucionaria, infraestructura, y población civil. A esto se añaden señales de fuerza orientadas a modificar su comportamiento. Sin embargo, como advierte Schelling, este tipo de estrategias es inherentemente inestable. Depende de percepciones, de cálculos cruzados y de la capacidad de sostener credibilidad sin desencadenar una escalada no deseada, que por el momento Estados Unidos no es capaz de controlar.

En Galípoli, esa dimensión fue subestimada. No se trataba solo de ocupar un territorio, sino de quebrar la voluntad del adversario. Eso nunca ocurrió. Por el contrario, la intervención fortaleció la resistencia otomana y consolidó liderazgos emergentes a futuro.

En el caso de Irán, el riesgo es similar. Lejos de debilitar al régimen, la presión externa puede reforzar su cohesión interna y su proyección regional. La coerción, en lugar de disciplinar, puede endurecer posiciones y ampliar el conflicto rehabilitando a las milicias que se creían destruidas, ramificando la inestabilidad, empeorando severamente las condiciones previas.

Las estrategias internacionales no son neutrales, responden a un orden que se busca sostener. Cuando ese orden entra en tensión, las estrategias tienden a volverse más riesgosas. En ese sentido, la presión sobre Irán no puede leerse aisladamente, sino como parte de una disputa global más amplia por la reconfiguración del sistema internacional. Un orden internacional en interregno.

Las intervenciones no garantizan orden; muchas veces producen lo contrario. Las experiencias de Afganistán, Irak, Libia, Siria, así lo atestiguan.

Las posibles consecuencias son conocidas: un conflicto prolongado, sin resolución clara, con efectos desestabilizadores en toda la región y repercusiones globales. La participación indirecta de actores como China o Rusia no haría más que profundizar esa dinámica. Por el momento se observa que sus estrategias son otras.

Galípoli dejó una lección que excede su tiempo: el poder no fracasa solo por falta de recursos, sino por errores en la forma de pensar al adversario y el escenario. Ignorar esa lección implica asumir un riesgo conocido. Porque, en última instancia, no siempre gana el considerado más fuerte, sino quien comprende mejor el conflicto en el que está involucrado.

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