Artículo online - Publicado el 21-11-18

América Latina

LA INSERCIÓN DE LA MINORÍA ALEMANA EN LA ARGENTINA

Por Alberto Ferrari Etcheberry
Director del Instituto de Estudios Brasileños de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

La presencia alemana en el proceso de formación de la Argentina parece haber sido olvidada o sólo iluminada en aspectos referidos al ámbito militar o a los movimientos obreros. Sin embargo, la influencia de esta colectividad ha sido profunda en el desarrollo de áreas como la agricultura, la arquitectura y la educación.

No soy germanista, por cierto, y mi desconocimiento de la lengua alemana es tan absoluto que me atrevo a dirigirme a ella glosando a Borges: “en la linde de los años cansados, te diviso lejana como el álgebra y la luna”. Pero en alguna oportunidad comenté entre amigos que no entendía por qué no había en la Argentina un estudio específico sobre la influencia de los alemanes liberales en la formación del país —fuera del movimiento obrero y socialista—. Recordé algunos nombres que, a mi juicio, justificaban esa investigación y opiné intuitivamente que la raíz germánica podía encontrarse en valores principales que habían forjado el modelo de la Argentina a construir, en distintos campos, desde la educación pública a las ciencias, y que me parecía difícil comprender, por ejemplo, la evolución agrícola soslayando el aporte alemán en la producción y en el comercio del trigo.

Tiempo después una amiga retoma el tema y me cuenta que le había planteado el tema a un historiador argentino, probablemente el más importante, y que éste le había contestado: “No hubo influencia alemana en la formación argentina”.

Final del cuento: provocado, terminé tratando de negar en forma de pregunta la afirmación de Tulio Halperín Donghi.

No pretendo aproximarme al estudio sistemático ausente, que sigo creyendo que es necesario, como también que es una deuda que los argentinos (particularmente quienes están alcanzados por lo que yo llamaría el complejo germano-argentino) tienen respecto de esa influencia.

Mi propósito no va más allá de bucear el rastro germánico en algunas facetas del proceso de la formación argentina y de realizar un ejercicio de comprensión de las causas por las que esa influencia que —lo adelanto— en mi opinión es innegable, se ha oscurecido, limitándome a usar algunos testimonios y referencias, probablemente desbalanceados, que he recogido a través de estudios dirigidos en otras direcciones.

Influencia: “Acción y efecto de influir, efectos que unas cosas ejercen sobre otras, como la luz sobre la vegetación; la fuerza moral de una persona sobre otra; la contribución que se presta para el éxito de un negocio” (esto es, especificando, para la formación argentina).

No traeré en mi apoyo al bávaro Ulrico Schmidl de Straubin, aunque no me parece anecdótico que el primer cronista del Río de la Plata haya sido un alemán.

Atesorar la lengua fue un patrimonio que los germanos conservaron en cualquier lugar en que se detuvieron sin entrar en contradicción con el arraigo en esas tierras

La emigración distinguió a los pueblos alemanes mucho antes de la aparición de los movimientos humanos masivos del siglo XIX. Y por razones y con características tan distintas como propias. No parece que deba sorprendernos el cronista Schmidl, ni que en la expedición de don Pedro de Mendoza, en el año 1536, además de tripulación alemana, hubiera barcos fletados por comerciantes alemanes cuando se encuentra en pleno auge la prosperidad bajo el rey Carlos I y emperador Carlos V.

Cuando digo alemanes no me refiero a un Estado sino a un pueblo, uno de los más antiguos de Europa, cuya lengua y costumbres iría sembrando con generosidad. Podría decirse, con Goethe, mi patria es mi lengua. La lengua, síntesis de valores y costumbres que los germanos en cualquier lugar en que se detuvieran atesoraron como un patrimonio indiscutible, incluyó una señal que les es típica, pues esa fidelidad habitualmente no fue contradictoria con el arraigo en las tierras en las que se detenía su peregrinaje.

Thomas Sowell resume con precisión erudita el ambular de los germanos, ya reconocidos y definidos como tales en el imperio romano. Soldados en Roma, el movimiento transmigrante en gran escala fue en la Edad Media, de campesinos que se dirigieron hacia el este europeo alentados por sus gobernantes checos, polacos, o húngaros, que buscaban incorporar con ellos las más avanzadas técnicas del oeste. Un fenómeno similar ocurría en muchos centros urbanos medievales, en los que el dominio demográfico, cultural y económico de los alemanes alcanzaba al idioma, al extremo que hasta el siglo XVI los registros oficiales de Cracovia se expresaban en alemán.

Hay en la emigración que se acelera en el siglo XIX y que proviene ahora de todas las regiones y se dirigirá a América, primero al sur y desde la cuarta década a Estados Unidos, una larga tradición cultural. Esos emigrantes más que abandonar Alemania, como bien dice Sowell, llevaban con ellos una parte de Alemania: a veces, ciencia y tecnología que estaban en un momento inferior, pero que aún configuraban un importante aporte para sociedades en formación, como artesanos especializados, imprenteros, mineros. Se distinguían ciertas contribuciones específicas: la prioridad a la educación como un valor cultural, la larga tradición militar, la vocación y el interés por descubrir, conocer y poblar nuevas tierras, a la vanguardia muchas veces de la expansión de las fronteras.

En Rusia y en el Báltico se subrayarán, junto a su capacidad prolífica y sentido del hogar, disciplina, laboriosidad, orden, frugalidad, eficacia, incorruptibilidad, lealtad al país, no racismo. Todo llevará, en marcado contraste con el medio dominante, a la expansión triguera rusa del mar Negro y de los colonos del Volga. Los emigrantes alemanes se distinguían por concebir la educación como un valor cultural, la tradición militar y el interés por descubrir y poblar nuevas tierras.

A los campesinos en América se unirán comerciantes, industriales, científicos, académicos y luego exiliados por sus ideas o actividades políticas.

La enorme mayoría fue recibida por Estados Unidos. Desde fines del siglo XVII comenzó, en Pensilvania, el establecimiento permanente arraigado en valores similares: en esta comunidad germana se efectuó en Estados Unidos la primera reunión de protesta contra la esclavitud en 1688. Desde allí se desgranó una cadena de centros de habla alemana que se distinguían por esos valores y que se asentaban en las tierras baratas de la frontera que expandían con su esfuerzo y con su generalmente buena relación con la población indígena, al influjo de las leyes del hogar que entregaban tierra al inmigrante y que serían la base de la reputada contribución alemana a la agricultura norteamericana. A ellos se unieron alemanes urbanos, artesanos que incorporaban alta calidad en cristalería, imprenta, herrería, cerveza, óptica. Otros sumarían su capacidad militar en la guerra de la independencia. Con el creciente flujo de la inmigración interna, desde el Este, se fueron conformando en Estados Unidos áreas de marcada presencia alemana, en las que se mantenía viva la cultura de origen y en las que fue habitual la endogamia.

En los siglos XVIII y XIX, los alemanes y sus descendientes se destacaron por sus ideas liberales y progresistas, la oposición a la esclavitud, la libertad individual, la bienvenida a los judíos alemanes. Aun hoy se habla de “los alemanes del cuarenta y ocho”, en referencia a quienes arribaron luego del fracaso revolucionario. Algunos inclusive antes, librepensadores o socialistas utópicos, que fundarían colonias como la fugaz Bettina en Texas y otras como Frederickburg de las que, contra la actitud en general apática respecto de la política, surgirían germanos recién llegados que serían pronto parlamentarios y generales del ejército de la Unión en la Guerra de Secesión.

Distinta fue la evolución en países donde la emigración alemana fue mucho menor. En Brasil las colonias alemanas se concentraron en áreas de Río Grande del Sur a partir de la tercera década del siglo XIX formando enclaves sumamente cerrados y endogámicos, que se distinguieron por la laboriosidad, la frugalidad, el asociacionismo, el fomento de la educación y también por la poca vinculación con el resto de la población, aunque con rechazo hacia el sistema esclavista. En Paraguay primó la aproximación a los indígenas, privilegiando valores similares que, como la educación, fueron también típicos de los emigrantes alemanes en Australia, también mayoritariamente refractarios al acercamiento con el resto de la sociedad, pero defensores de los indígenas.

En Brasil las colonias alemanas se distinguieron por la laboriosidad, la frugalidad, el asociacionismo, la educación y la poca vinculación con el resto de la población

Sowell intenta un sumario de las características culturales alemanas predominantes dentro y fuera del propio suelo, esto es, los valores que pueden aceptarse como integrantes del activo que aportan los emigrantes germánicos a la sociedad que los recibe y con capacidad para influir en su desarrollo.

Uno indudable es el respeto por la educación, en cuyo desarrollo prusianos y alemanes fueron la vanguardia, desde la didáctica al kindergarten y la organización de la universidad y la investigación.

Se le une una laboriosidad sin excepciones y, a veces, a lo que algunos ven como su contrapartida, la indiferencia hacia la política, probablemente afín a la lealtad hacia sus nuevas residencias, nunca entendida como contradictoria con el mantenimiento de la cultura alemana y de la valoración de sus ancestros.

Finalmente, el valor por la investigación científica y tecnológica y el respeto por la universalidad de la creación artística.

EL PROCESO DE LA FORMACIÓN ARGENTINA

No se trata, por cierto, de apreciar un resultado. En Estados Unidos, el país donde el aporte alemán ha sido mayor y seguramente por encima de las otras corrientes inmigratorias, hoy este componente se ha diluido, tanto que para algunos ya no es distinguible.

El desafío es valorar la posible influencia alemana en las coordenadas que delimitaron el proyecto de construcción de una nación en estas tierras. Es necesario deslindar: nación es un concepto eurocentrista que estrictamente es de escasa aplicabilidad en América. La nación-Estado en Europa surgió del liderazgo y dominio de una nación-pueblo sobre otras naciones-pueblo. Sin Prusia es difícil imaginar la unidad alemana. Castilla es el eje español, como Inglaterra lo es de Gran Bretaña. Ese proceso de unificación nacional, a veces exitoso, otras fallido, que privilegia el mercado nacional y los grandes espacios necesarios para hacerlo viable, es ajeno a América, donde tanto la nación como el Estado y aún el espacio, son buscados como un objetivo futuro y a construir, esto es, como el fruto de la voluntad política. Sarmiento lo resumió en 1855: “Hoy la nación se crea por decretos”.

Pero ya antes habían llegado germanos a Buenos Aires que echaron raíces profundas. En 1812, acompañando a San Martín, llega el barón Holmberg, militar y botánico, cuya vida argentina puede tomarse como modelo de la de muchos germanos. Se casará con una criolla, y su hijo, liberal, masón y amigo de Sarmiento —ambos exiliados en Chile—, será, como su padre, militar y botánico. Su nieto, Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937) es el famoso sabio naturalista, además de pionero de la literatura de ciencia ficción.

Con Rivadavia llegaron siete viñateros alemanes, de uno de ellos deriva la ciudad de Lanús. Hubo varios más, de trayectoria generalmente similar. Una poderosa familia criolla, Lezica, con vínculos comerciales y financieros en el norte alemán, fomenta y ayuda a este núcleo que se arraiga rápidamente; establece el cementerio alemán en 1833; trae en 1843 a su pastor August Siegel, con su maestro colaborador, Johann Frers; así como Carlos Augusto Bunge, casado con una Peña Lezica, viuda de otro alemán, importa a Roberto Wernicke para maestro de sus hijos mientras los mayores estudian en Alemania. Otras familias son Bemberg, Tornquist, Hasenclever, Bullrich, Bohlen, Altgelt, Scheiber, Schenken, Klappenbach, Hutz, Stegmann, Ferber, Halbach, Rescht. Los Bunge irán mostrando en sus generaciones siguientes características comunes a otras familias germanas cuyos nombres, por lo general, no son habituales entre los que marcan la inclinación predominante: vacas, latifundios y luego París o Biarritz. En 1928 hay sólo cuatro apellidos alemanes en las cincuenta familias propietarias de más de treinta mil hectáreas en la provincia de Buenos Aires. Se distinguirán por la educación, las ciencias, la constitución de familias numerosas formadas con la elite local, la activa vida comunitaria, aunque excepcionalmente en la política.

Es útil preguntarse cómo era esa sociedad, quizá mejor, esa ciudad que los recibía, tan ajena como alejada de las tierras germánicas. Recurro a Miguel Ángel Cárcano: ” Dos elementos de carácter social y psicológico actúan permanentemente en el desarrollo de la Argentina: la influencia de las ideas y ejemplos extracontinentales y la gravitación de una minoría culta de publicistas y hombres de gobierno”.

Esto es lo que más tarde, desde perspectivas que se pretendieron críticas, sería sintetizado como “minorías extranjerizantes”. Siendo así, no parece extraño el temprano arraigo germánico. Tampoco su continuidad generacional que desde temprano, como ocurrió con los Bunge, los vinculó a la elite local, inclusive cuando no expresaba riquezas ni fortunas. En la Guía Palma de 1914, algo así como el almanaque Gotha, muchos de esos apellidos, generalmente cruzados con locales, integran ya el núcleo dirigente de Buenos Aires, aunque también en el interior los emigrados germanos, a despecho de su frecuente credo protestante, serían aceptados, cuando no preferidos, para desposar a las niñas de las familias dirigentes.

Pero todo eso, con ser importante, no parece ser suficiente para justificar la tesis de la influencia alemana. Esa tierra argentina anterior a Caseros está más cerca de la colonia que de lo que hoy se entiende cuando se habla de la formación nacional, porque la decisión política en la formación argentina debía conformarse sobre los ejes concebidos y planteados como programa y plan de acción por Sarmiento y por Alberdi. Para ambos el enemigo era el desierto, más humano que geográfico, en una empresa que Alberdi definió: “gobernar es poblar” y que Sarmiento completó: “gobernar es educar”.

Alberdi, el fino intelectual que terminará expatriado, luego de buscar en una Europa que lo desilusiona “ejemplos prácticos de instituciones capaces, por su escala y alcance, de realizarse entre nosotros” pensó las bases institucionales de “la república posible”. El temperamental Sarmiento va aún más lejos en su rechazo de Europa, “triste mezcla de grandeza y de abyección, de saber y de embrutecimiento”, pero hombre de acción, ajeno a la contemplación y a la conformidad conservadora, afrontó la construcción y resumió su programa de gobierno lejos de toda abstracción: “cien Chivilcoy en toda la República”. Y lo expresó así precisamente en Chivilcoy, porque allí ya estaban en acto los factores que debían privilegiarse: posesión de la tierra, agricultura, innovación tecnológica, educación, impulso a las ciencias, comunidades fuertes autogobernadas.

“El sistema de instrucción pública de la Prusia es el bello ideal que pretenden realizar otros pueblos”. Domingo Faustino Sarmiento

No sorprende que sea Sarmiento quien busque y traiga el ejemplo alemán, que ya lo deslumbra en Berlín en 1847. Le escribe a Manuel Montt desde Gotinga: “El sistema de instrucción pública de la Prusia es el bello ideal que pretenden realizar otros pueblos y juzgarlo a vista de ojo (ha sido) el objeto mi incursión. He recogido sobre este punto datos preciosísimos que reservo con otros muchos para un tratado especial. Baste por ahora decir que M. Eickhorn, ministro de la instrucción pública, me ha prodigado todo género de atenciones”.

De estos conocimientos y reflexiones surgirá su obra Educación popular. Ya presidente, en 1869 recibirá las cartas credenciales del ministro alemán, otorgadas por el rey de Prusia como Presidente de la Confederación Germánica, recordando: “El nombre de la Prusia no nos llega sin venir asociado con su admirable sistema de educación popular y sus escuelas a que tuve el honor de visitar alguna vez mediando la generosa acogida que vuestro gobierno acuerda siempre a los que desean a este respecto seguir sus pasos”.

Se recuerda habitualmente la influencia de Estados Unidos en las propuestas educativas de Sarmiento, pero menos que también tanto Horace Mann como las maestras norteamericanas que vinieron traídas por Sarmiento conocían y habían recibido la influencia prusiana.

En Estados Unidos describirá a los alemanes en términos que resumen su aspiración: “Vienen bien educados en las escuelas de Alemania, no se sienten inferiores a los yanquis, aventajándolos en ciertas dotes naturales y adquiridas”.

Elogia luego el espíritu y la disciplina de los inmigrantes germanos y suizos, que contribuyen hasta con sus cantos a mantener vivas las tradiciones de sus países de origen; pero que se identifican tanto con Estados Unidos, que participan también en el ejército con sus armas y su propia organización y se sienten “orgullosos de ser ciudadanos norteamericanos”. Los considera elementos ideales como inmigrantes, por su educación, su disciplina y su amor al trabajo y a la tierra.

Todo eso encuentra Sarmiento en Chivilcoy y simbolizado en su amigo Carlos Augusto Krause, cuya vida el propio Sarmiento resume en un discurso admirable. Krause, nacido en 1811 en Sajonia, estudió teología, pedagogía, filosofía, tecnología en la universidad de Halle, centro del pietismo, y allí fundó y dirigió un instituto para la educación de los ciegos y dirigió durante catorce el Instituto Psiquiátrico de Merseburg. De ideas liberales y progresistas, tras el fracaso de la revolución, emigra a la Argentina en 1851 y es uno de los primeros pobladores de Chivilcoy. Acompañará desde entonces a Sarmiento, intervendrá activamente en la legislación escolar de la provincia de Buenos Aires, que luego será la base de la Ley Nacional 1420, y será Inspector General de Escuelas, traduciendo canciones infantiles alemanas que seguirán cantándose en pueblos y villorrios durante el siglo siguiente, para sorpresa de visitantes alemanes. Ciudadano argentino, el 23 de febrero de 1878 el emigrado sajón encabeza el desfile de diez mil niños en homenaje a San Martín en su primer centenario. Sarmiento despedirá sus restos en 1881.

Padrino de sus hijos mellizos, Domingo y Faustino, quienes, como sus otros dos hermanos, Otto y Julio, serán reconocidos ingenieros de profunda vocación pública y universitaria, exponentes de las virtudes germanas y liberales adquiridas en su hogar. Otto, decano de la facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires, asociará su nombre a la educación industrial y se casará con una hija de otro emigrado liberal llegado en 1850, el teniente y arquitecto prusiano Otto von Arnim, educado en la Academia de Potsdam y también de intensa contribución al desarrollo argentino. Construyó el primer tramo del ferrocarril oeste, antes de su venta al capital inglés, y estaciones ferroviarias como la de Chivilcoy. También serán obra suya los dos primeros puentes sobre el Riachuelo. Fue fundador de la Sociedad Central de Arquitectos y, continuando con la tradición de los primeros germanos, se casará con una Ramos Mejía, hermana de la mujer de Hugo Bunge.

Llegarán otros exponentes de la cultura germana, muchos directamente invitados por Sarmiento, que serían los pioneros y ocuparán posiciones de liderazgo en los campos predilectos por la emigración alemana señalados por Sowell. Son éstos los que dejarán la mayor influencia alemana. Omito expresamente la enorme contribución germana en las ciencias, también obra de Sarmiento. Como alguien dijo alguna vez, es impensable la ciencia argentina sin ese aporte. Hay una generalizada marca alemana desde la Academia de Ciencias de Córdoba, fundada por Sarmiento en 1869, a los hielos patagónicos, en particular el hoy famoso glaciar perito Moreno que un alemán primero denominó Otto Bismarck. El ejemplo de Sarmiento fue continuado y llegaron numerosos científicos de origen germano a distintos lugares del país.

Me parece pertinente no insistir en la influencia germana en la educación. Es conocido el aporte alemán al Instituto Nacional del Profesorado y en la creación de la Universidad de La Plata. Menos conocida es la influencia germana en la Universidad de Tucumán, a través de dos hijos de un alemán imprentero de familia de agricultores: Julio y Ernesto Prebisch, hermanos del más famoso economista latinoamericano, Raúl, y del arquitecto Alberto que para bien o para mal nos ha legado el Obelisco.

Alejandro Korn, uno de los más influyentes filósofos argentinos es hijo de alemanes, usaba el idioma alemán para sus poesías (traducidas al castellano por Ernesto Palacio). Como una excepción a la influencia cultural francesa en la Argentina, Hipólito Yrigoyen se formó en las ideas éticas krausistas, esto es, las de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), que recibió de España. Alejandro Bunge, de formación alemana, es reconocido como el más temprano defensor del proteccionismo industrial, con clara influencia de la experiencia y las teorías alemanas.

Tampoco cabe aquí incursionar en el formidable aporte alemán a la arquitectura, incluido el sustancial referido a la construcción y especialmente en el hormigón armado. Y sigue en el tintero la radicación de capitales liderada por la energía eléctrica —solo superada por los ferrocarriles británicos— y el intercambio comercial que al estallar la Primera Guerra Mundial era superior al norteamericano y se había acercado mucho al británico, aunque no gozaba como éste de sectores secuestrados como los derivados de los ferrocarriles y de los frigoríficos.

Hay otros dos aspectos de la influencia alemana que, aunque es innecesario justificar su importancia, no es posible omitir. El Ejército argentino moderno se estructuró desde la llamada Ley Riccheri de 1901, siguiendo el modelo alemán o mejor, prusiano.

Es cierto, sin embargo, que la inmigración campesina germana no llegó tan lejos como hubiera querido Sarmiento, aunque ya Wilcken, también germano, en el informe de su recorrida por las colonias agrícolas en 1872, marcó su presencia, preferentemente desde cantones suizos.

Pero hay un aspecto del aporte alemán en la agricultura que quiero subrayar, porque a menudo se lo olvida, y no únicamente que un germano, Ernesto Orendorff, fue el primer jefe del departamento de agricultura, también designación de Sarmiento (1871), que el hijo de aquel primer maestro alemán, fue el primer ministro de Agricultura, Emilio Frers (1899) y que el famoso Instituto de Santa Catalina, embrión de la primera Facultad de Agronomía, se formó siguiendo el modelo alemán y francés. El trigo argentino moderno, elaborado a partir de la ciencia y científicamente apropiado al suelo, fue impulsado por el alemán Enrique Klein, graduado pioneramente en Bonn en genética y fitotecnia. En 1912 arribó a Uruguay siguiendo a su eminente maestro el genetista Alberto Boerger, y en 1917 a la Argentina como consultor en cebada cervecera para Quilmes —empresa de otro alemán, Otto Bemberg, quien edificaría un imperio industrial y financiero.

La primera semilla de girasol es de Klein, como también las variedades de lino que fueron la base de la adelantadísima fábrica textil Flandria del belga flamenco Steverlynck.

Un hijo de alemán, Walter Kugler, dos veces titular de Agricultura en el gobierno nacional, destacado investigador y propulsor de la agricultura, se consideraba su discípulo. Un tercer alemán, José Buck, nacido en 1900 en el sur alemán, llegó en 1923 y en 1930 y comenzó su propio programa de mejoramiento genético en el sur bonaerense.

El trigo argentino moderno, elaborado a partir de la ciencia y científicamente apropiado al suelo, fue impulsado por el alemán Enrique Klein

Pero el trigo, primero y luego los otros granos se expandieron en la Argentina como efecto de la demanda externa y desde el comienzo —principios del siglo XX— fueron tres grandes empresas cerealistas de origen alemán las que encabezaron su comercio, que de hecho incluía la financiación de la producción y la organización logística: Bunge & Born, Dreyfus y Weil Hermanos.

Bunge & Born llegó a simbolizar muchas cosas en este país, particularmente cuando asciende como socio en igualdad de condiciones en los años veinte otro alemán, Alfredo Hirsch, y aunque su enorme conglomerado en la Argentina ya no existe, se mantiene su actividad multinacional cuyo centro está en Brasil. Dreyfus, en contraste, se mantuvo y se mantiene como una empresa extranjera, si no legalmente, con su sede en París. En los años veinte llegó otra empresa que se especializó en la selección de granos específicos y luego, ya en la segunda generación, en la exportación masiva y en otras actividades conexas. Su nombre, Nidera —una suerte de acróstico que menta Netherland, Italy, Deutschland, England, Rumania, Argentina— indica el carácter internacional que desde el comienzo tuvo el comercio de granos. Las familias fundadoras de Nidera se arraigaron en la Argentina hasta hoy.

Pero es Weil Hermanos, la que merece un párrafo especial. El vertiginoso crecimiento a partir de 1900 de esta firma familiar de inmigrantes pertenecientes a la minoría culta judía de Frankfurt generó una enorme riqueza hasta 1929, en que la empresa cerealista se disolvió y pasó a otras actividades que aún se mantienen. Varias ramas también se afincaron, y en la Guía Palma de 1914 ya Samuel Weil figura dentro de la elite porteña, aunque todavía no un Born ni un Hirsch.

A MODO DE CONCLUSIONES

Hoy la Argentina, se dice, es un país democrático respetuoso de ideas y opiniones. Quede Halperín con la suya y yo concluyo con la mía: hubo una importante influencia alemana en la formación nacional.

Negarla sería en primer lugar, minimizar la influencia de Sarmiento.

Entonces, ¿por qué es necesario probarla y anunciarla? A nadie se le ocurriría hacerlo con los ferrocarriles o los capitales británicos o con la relación comercial con Inglaterra. Tampoco con las notas francesas de una etapa de nuestra cultura, que hasta engendró horrorosos galicismos.

Omito adrede la nefasta influencia del período nazi.

Precisamente Félix Weil da una clave. En uno de los libros más lúcidos sobre la Argentina, Argentine Riddle, escrito en Nueva York y editado en 1944, compara Weil distintas comunidades de origen extranjero en ese año, integradas por cincuenta mil de origen británico, tres mil norteamericanos y doscientos mil alemanes: “Los alemanes reciben el respeto y admiración de los argentinos no sólo por su destreza militar, talento organizativo, logros educativos y científicos, sino también por su deseo y habilidad para convivir con los argentinos. Los prenazis alemanes nunca trataron a los argentinos como nativos como lo hicieron los británicos. Ni contaban los días que faltaban para volver con mucho dinero “a nuestro propio país de Dios” (go back to God’s own country) como hicieron muchos norteamericanos. Los alemanes vinieron para quedarse. Aprendieron castellano. Se casaron con argentinos. Estaban listos para ayudar a los argentinos en cualquier forma”.

Se integraron. Quizás eso explique que durante la Primera Guerra Mundial fueron muchos los argentinos de la elite que eran germanófilos, como el general Uriburu —luego, en 1930, dictador y primer presidente de facto— quien matemáticamente explicaba el triunfo inevitable del ejército imperial, el modelo que bajo su influencia siguió el argentino. También lo eran socialistas como Augusto Bunge, médicos y científicos y quizá el más completo académico de ese entonces, Ernesto Quesada, quien poco después se divorciaría de una aristócrata criolla para esposar a una alemana, Leonore Niessen-Deiters, que terminaría siendo ciudadana argentina.

Los alemanes contribuyeron a formar una sociedad argentina abierta que se caracterizó por su inclusión social, en la que el melted pot fue más profundo que en Norteamérica

Si los amigos germanos de Sarmiento pensaron que con sus aportes científicos y técnicos estaban ayudando a la construcción de un émulo del modelo norteamericano, parece difícil negar que la pretensión no haya sido confirmada por los hechos. Los cien Chivilcoy no se alcanzaron y las vacas, como diría Sarmiento, en buena medida impusieron no sólo su prioridad económica, sino también su presencia cultural en la Argentina orgullosa de la lugoniana “oda a los ganados y las mieses”. Pero no es menos verdad que esos y otros germanos incorporaron los valores de su cultura y que con ello contribuyeron a formar una sociedad abierta que se caracterizó por su alto grado de inclusión social, en la que a mi juicio el melted pot, el crisol de razas y pueblos, fue más profundo que en el modelo norteamericano.

Escéptico, pero no cínico, tal vez valga la pena traer nuevamente el juicio de un actor, el lúcido Miguel Ángel Cárcano, nieto de un humilde músico emigrado de Italia que, como los alemanes, formó familia con la descendiente de una vieja familia cordobesa: “El fondo de nuestro pueblo es español… sus conductores trasplantan instituciones anglosajonas y en realidad sólo consiguen un tipo de república que se parece más a la española que a la norteamericana de Washington… Las perturbaciones sociales y políticas no varían las líneas principales que han trazado la geografía y las condiciones de su pueblo… El carácter del pueblo, los hábitos sociales, las instituciones y las leyes; la manera de pensar, de hablar e imaginar; el lenguaje y la oratoria, la religión y la filosofía, su tendencia a las carreras liberales y preocupaciones legalistas; su afición por el juego, el hábito de holgar; su inclinación al caudillismo, el abuso de la autoridad y rebeliones armadas; la hospitalidad generosa y la arrogancia individual; la comida sustanciosa, el habla fácil y ligera, la vida dispendiosa y el lujo ostensible; el vivir en el campo con sus faenas ganaderas, la forma como se recibe la vida y también como se la despide, el amor a la familia, a la propiedad, a la ciudad y al país, su educación a medias, todo el complejo de fuerzas que mueven la colectividad y estimulan el espíritu del individuo, llevan el sello inconfundible del país conquistador… Es un país donde el esfuerzo del hombre es ampliamente recompensado por la naturaleza. Nunca precisó el aporte de los esclavos negros, como en el Brasil y el Caribe. No exigió la aplicación de una técnica superior. La vida en el campo es agradable y provechosa. Es tierra para agricultores y ganaderos”.

Cárcano inició su vida pública con el estudio crítico del régimen de la tierra pública, esto es, con la apropiación de la única riqueza —el desierto que desafiaba a Alberdi y a Sarmiento— por poquísimas manos. Para el Premio Nobel de Economía W. Arthur Lewis esta concentración de la propiedad de la tierra fue la causa del fracaso de la industrialización argentina en relación a formaciones similares como Australia: “La crucial diferencia entre los dos países fue que la política argentina estaba dominada por una vieja aristocracia rural. Australia no tuvo aristocracia rural”.

Es notable que medio siglo después Cárcano ignore a ese monopolio de la tierra, la contracara de los cien Chivilcoy de Sarmiento que, intuyo, debe haber participado negativamente en la concreción de muchos esfuerzos de los germanos que me he permitido evocar.

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