Revista N° 73 - 2024

Actualidad Internacional

PERSPECTIVAS DEL CONFLICTO EN UCRANIA

Por Jorge Wozniak
Investigador en el Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, especializado en temáticas de la Unión Soviética, Ucrania y Rusia.

Sorpresiva, la invasión de fuerzas ucranianas en el territorio ruso de Kursk, a principios de agosto de 2024, provocó análisis apresurados en los medios de comunicación occidentales sobre las razones y las implicancias del ataque. Una caracterización más profunda de las distintas fases del conflicto y su evolución desde la invasión rusa en febrero de 2022 permite poner en contexto este acontecimiento y formular algunas hipótesis sobre el desarrollo futuro de los enfrentamientos.

A dos años y medio del inicio del conflicto en Ucrania, asistimos a una escalada en los acontecimientos, con la invasión abierta y masiva de fuerzas ucranianas sobre territorio ruso. Es necesario analizar entonces si efectivamente, como muchos afirman, estamos ante una fase absolutamente diferente en el enfrentamiento entre ambos Estados, o si, por el contrario, se trata simplemente de una profundización previsible –aunque con una repercusión pública muy amplia– de un proceso iniciado en los meses previos. Para ello, con fines comparativos, debemos hacer en primer lugar una caracterización de las fases anteriores del conflicto. En segundo lugar, haremos un análisis de los motivos, tanto internos como externos, que pueden explicar la ofensiva de Kiev sobre Kursk. Por último, analizaremos las repercusiones, tanto dentro de Rusia como en Ucrania y en Occidente, de dicha acción, formulando algunas hipótesis sobre el desarrollo de los acontecimientos en los próximos meses.
En primer lugar, quisiera hacer una aclaración conceptual. En este, como en otros artículos, en vez de guerra prefiero emplear el término conflicto. Hablar de guerra implicaría una categoría jurídica, tanto de alcance internacional como con repercusiones legales internas. La misma va precedida por la “declaración de guerra”, que en este caso ni Rusia ni Ucrania realizaron por diferentes motivos. Por ello en Rusia está legalmente prohibido hablar de “guerra” y únicamente se emplea el término “operación militar especial”. Es cierto que el ataque de la OTAN contra Yugoslavia en 1998 o la invasión a Irak en 2003 (para poner sólo dos ejemplos) son una muestra de que las declaraciones de guerra han desparecido en las últimas décadas de los enfrentamientos entre Estados. Tal vez podría emplearse “guerra en Ucrania” para demarcar y localizar geográficamente el conflicto porque si bien el gobierno de Kiev tomó medidas para una movilización total para el esfuerzo bélico, en Rusia no hay ningún estado de guerra similar. Tal vez, otras formas posibles de denominación serían “enfrentamiento militar” o “guerra de facto”, términos que servirían para describir este tipo de conflictos armados, que caracterizan la historia reciente internacional.
En el caso concreto del conflicto en Ucrania podríamos establecer (de manera simplificada), desde febrero de 2022, algunas fases claramente diferenciadas en cuanto a su modalidad e intensidad.

TÁCTICA FALLIDA

La primera fase buscaba lograr mediante una incursión rápida que las autoridades cayeran o cedieran a las exigencias rusas. Aunque dos columnas marcharon hacia Kiev, otras penetraron en diferentes regiones, ocupando casi todo el óblast de Zaporiya, la mayoría de Jersón y amplias extensiones en Járkiv. Por el contrario, hubo avances más limitados en el frente de los óblast secesionistas de Donetsk y Lugansk, precisamente porque desde el año 2014 los ucranianos habían construido una extensa red de fortificaciones en la zona para contener a las milicias prorrusas.

“La resistencia impidió ocupar el aeropuerto de Kiev, por el asesoramiento de la OTAN y porque los militares ucranianos compartían el recuerdo de las tácticas soviéticas y se prepararon para esta eventualidad.”

Esta fase de la invasión estaba inspirada en las experiencias soviéticas para desestabilizar gobiernos de lealtad dudosa en su ámbito de influencia: un movimiento rápido de tropas para descabezar al gobierno o instalar un gobierno acorde a sus intereses. Fue lo que hicieron en mayo de 1968 para derrocar al gobierno de Alexander Dubček en Checoslovaquia: luego de un desembarco repentino en el aeropuerto de la capital pudieron trasladar allí más tropas para ocupar los principales edificios públicos. Así, forzaron la renuncia del gobierno de Dubček y pusieron fin a la Primavera de Praga, experiencia socialista vista con preocupación por la burocracia de todo el bloque soviético.
Algo similar volvieron a hacer los soviéticos en Afganistán en diciembre de 1979 luego del golpe de Estado del prooccidental Hafizullah Amín; este había derrocado poco antes al presidente procomunista. Las tropas ocuparon el aeropuerto de la capital y luego tomaron por asalto la residencia presidencial, instaurando nuevamente un gobierno aliado de Moscú.
Ambos acontecimientos fueron golpes precisos que lograron de manera inmediata el resultado buscado. Sin embargo, esta táctica fracasó en Ucrania: la resistencia de las tropas ucranianas impidió ocupar el aeropuerto, primero, por el asesoramiento de la inteligencia de la OTAN y, segundo, porque los militares ucranianos también compartían el recuerdo de las tácticas y experiencias soviéticas y, por lo tanto, se prepararon para esta eventualidad. El actual comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Oleksandr Sirski, quien dirigió la defensa de Kiev, estudió en las academias militares soviéticas. La posterior retirada de las tropas rusas de la capital y del norte del país fueron atribuidas a la feroz resistencia tanto de las tropas ucranianas como a la tenacidad de Volodimir Zelenski, que no cedió a las presiones. Posteriormente se supo por declaraciones del entonces primer ministro israelí Naftalí Bennett, quien ofició de mediador, y también por las declaraciones de uno de los negocia- dores ucranianos, que la retirada de las tropas rusas era la primera etapa de un armisticio en marcha.
La llegada del primer ministro británico Boris Johnson a Kiev, a principios de abril de 2022, puso fin a este acuerdo. El gobierno británico (hablando tal vez en nombre de la OTAN), ofreció un apoyo irrestricto hasta que se lograra la victoria. Producto de ese respaldo financiero, en armas y en asesoramiento, los ucranianos pudieron comenzar lentos avances y, en agosto de 2022, lanzaron las ofensivas que permitieron recuperar miles de kilómetros cuadrados, principalmente en Járkiv y Jersón. Estos acontecimientos fueron la culminación del esfuerzo bélico ucraniano que se inició con la movilización general ordenada al inicio de la invasión.
Por el contrario, el gobierno ruso no tomó medidas similares hasta tres meses después de la visita de Johnson y cuando el apoyo occidental se comenzó a materializar de manera masiva; recién en julio convocó oficialmente a 300.000 reservistas para cubrir las necesidades del extenso frente de combate, imposible de mantener con los 120.000 soldados involucrados en la invasión.

INTENSIDAD Y DESGASTE

A partir de ese momento comenzaría una segunda fase del conflicto, donde, frente a la diferencia numérica y hasta tanto pudieran prepararse nuevas tropas, los rusos se retiraron al otro lado del río Dniéper y fueron expulsados o retrocedieron a los territorios prorrusos de Donestsk y Lugansk. Lo que fue planificado como un golpe de mano, de corta duración, de- vino en un conflicto de alta intensidad y de incierta duración, con la OTAN y los Estados occidentales interviniendo cada vez más abiertamente.
Esta segunda fase se caracterizó por batallas de posiciones que buscaban atraer las numerosas tropas ucranianas a sitios donde la artillería y la aviación rusas pudieran causar la mayor cantidad de bajas al enemigo, minimizando las propias. El objetivo era desgastar al máximo las fuerzas armadas ucranianas antes de iniciar cualquier ofensiva futura.
A fines de 2022, luego de la exitosa ofensiva que expulsó a los rusos de amplios territorios, comenzó una tercera fase, donde toda Ucrania paso a ser objetivo del desgaste. Para ello, las fuerzas rusas comenzaron a atacar las infraestructuras de posible uso militar, aunque algunas también tuvieran un uso civil: la destrucción de centrales eléctricas buscaba paralizar los ferrocarriles y las fábricas militares, pero dejaron también sin luz a la mayor parte del país. Estos ataques continúan hasta la actualidad y han dejado sin energía a un 70 por ciento del territorio, situación muy grave en vísperas del invierno.
La pertinencia de la estrategia rusa de desgaste se pudo apreciar en la llamada “contraofensiva” ucraniana que comenzó en junio de 2023. En ese momento, las tropas de elite (entre- nadas y armadas por la OTAN) atacaron en Zaporiya para cortar en dos el frente ruso, obligar a las fuerzas rusas a retirarse de las provincias ocupadas e incluso recuperar Crimea. Luego de meses de ataques constantes, los ucranianos apenas lograron penetrar unos pocos kilómetros, sin haber llegado a las defensas principales y con un enorme costo en hombres y materiales.

“Lo que fue planificado como un golpe de mano, de corta duración, devino en un conflicto de incierta duración, con la OTAN y los Estados occidentales interviniendo cada vez más abiertamente.”

Desde fines de 2023 se podría observar una nueva fase en el conflicto: asegurado el des- gaste en hombres y armamentos, los rusos iniciaron avances lentos pero constantes en diferentes zonas. A partir de entonces y, más aún, en los primeros meses de 2024, las tropas rusas iniciaron la ocupación de numerosas localidades en todo el frente, aunque los expertos occidentales seguían afirmando que existía un virtual estancamiento.

LÍNEAS ROJAS

Es en este contexto de una creciente presión rusa a lo largo de todo el frente desde hace meses que se inscribe la invasión ucraniana en Kursk. Aunque los medios de comunicación occidentales afirmen que es la primera vez que se invade territorio ruso desde la Segunda Guerra Mundial, esto no es correcto. Ya en diferentes momentos de 2023 y antes de las elecciones presidenciales rusas de abril de 2024, la Legión Libertad de Rusia y el Cuerpo de Voluntarios Rusos, formados teóricamente por exiliados y ex prisioneros rusos, invadieron localidades fronterizas en Kursk y Belgorod con blindados y armamento occidental. Declaraban como principal objetivo derrocar el gobierno de Putin y liberar a Rusia. Aunque el mando ucraniano afirmó que actuaban con autonomía, su acceso a armamento occidental y la destrucción de banderas rusas en las localidades ocupadas plantean dudas sobre las afirmaciones de Kiev, tanto sobre la composición de sus integrantes como sobre su libertad de acción. Este enmascaramiento de sus verdaderos integrantes estaría relacionado con una de las líneas rojas que los ucranianos no podían atravesar, que era invadir el territorio ruso.
Sin embargo, como se demostró desde el inicio del conflicto, cada línea roja fijada desde Moscú fue cruzada poco después sin repercusiones aparentes; así fueron declaradas líneas rojas proporcionar a Ucrania misiles de mediano y largo alcance, y luego tanques o aviones F-16, entre otras. Atacar con armamento de la OTAN objetivos en las provincias ocupadas –incluyendo Crimea– era considerado legítimo por los gobernantes occidentales. Por eso, hasta la invasión en Kursk, los ataques en el interior de la Rusia histórica se realizaron únicamente con drones de origen ucraniano. Aunque aparentemente no hubo réplica al cruce de las líneas rojas, la declaración de Putin, a principios de 2024, sobre el apoyo de Rusia a los Estados enemigos de Occidente puede considerarse parte de la respuesta. Así deberían ser interpretados los convenios firmados con Corea del Norte o Irán para la transferencia de tecnología y armamento rusos. La creciente efectividad de los hutíes en Yemen para bloquear el comercio occidental vía el Mar Rojo, los sabotajes informáticos o el estallido de fábricas de armamentos en países de la OTAN tal vez constituyan otra parte de la respuesta rusa al cruce de las líneas rojas.
No obstante, en Kursk, a diferencia de las incursiones previas, se observan abiertamente tropas ucranianas con armamento occidental atacando y ocupando territorio propiamente ruso, lo cual lleva a preguntarnos acerca del porqué de ese cambio y de si estamos ante una nueva fase del conflicto. Frente a cada fracaso significativo, la dirigencia ucraniana redobla la apuesta: en ese sentido deben interpretarse los bombardeos a las centrales nucleares de Zaporiya y Kursk, o el ataque con bombas de racimo sobre objetivos civiles en Belgorod.
Lo que en un principio fue presentado como una simple incursión de unos pocos cientos de soldados luego se reveló como una invasión a gran escala, con la participación de entre 10.000 y 12.000 hombres (aunque Zelenski asegura que están involucrados 30.000). Al comienzo, como en otros casos, los mandos de la OTAN declararon desconocer la operación, aunque el 28 de agosto de 2024 The New York Times publicó que un funcionario de la CIA confirmó el uso por parte de Ucrania de sus imágenes satelitales de Kursk y luego el secretario general de la OTAN declaró el pleno apoyo de la organización a la ofensiva. Recordemos que ningún armamento occidental puede usarse fuera del territorio nacional sin la autorización del país de origen.
La ofensiva ucraniana permitió crear un nuevo frente de unos 60 kilómetros de ancho y unos 30 kilómetros de profundidad. Fue un avance rápido al comienzo, aunque poco después se volvió mucho más lento; desde principios de septiembre las fuerzas ucranianas comenzaron a retroceder y para mediados de octubre ya habían perdido la mitad de los territorios conquistados.
Los motivos de la invasión dados por los ucranianos fueron variando. Primero, dijeron que querían crear una zona para amortiguar las incursiones rusas hacia su propio territorio. Luego, declararon que pretendían tomar más prisioneros para poder canjearlos por los ucrania- nos capturados, mucho más numerosos. Extraoficialmente, se afirmaba que el motivo era ocupar territorios para poder intercambiarlos por las provincias anexadas por Rusia en 2022 e, incluso, la Crimea incorporada en 2014. En cualquier negociación futura, capturar la central nuclear de Kursk les brindaría una mejor oportunidad de lograr concesiones.

EFECTOS INESPERADOS

Tanto en Ucrania como en Occidente, el rápido avance permitió sostener la existencia de graves debilidades defensivas de Rusia y, por lo tanto, la necesidad de mantener el apoyo a Kiev hasta la victoria. Además, se remarcó, la ocupación de Kursk produciría el desprestigio interno de Putin, debilitaría su posición interna y lo obligaría a negociar en mejores condiciones para los ucranianos. Esta ofensiva sobre Rusia fue presentada como una nueva fase del conflicto, lo cual no es del todo correcto, dado que, como se señaló anteriormente, grupos de sabotaje o de acciones de propaganda habían ingresado ya desde la segunda fase.

“Tanto en Ucrania como en Occidente, el rápido avance permitió sostener la existencia de graves debilidades defensivas de Rusia y, por lo tanto, la necesidad de mantener el apoyo a Kiev hasta la victoria.”

Luego de casi un año de derrotas sucesivas tras la fallida ofensiva ucraniana en Zaporiya, la exitosa invasión a Kursk contribuyó a levantar significativamente la moral entre las tropas y la población, por lo menos en las primeras semanas. No obstante, para algunos analistas mili- tares rusos, esta operación podría ser sólo una distracción para obligarlos a trasladar fuerzas desde otros frentes, cuando la principal ofensiva sería en otra dirección.
Porque más allá de algunas declaraciones triunfales en Ucrania y Occidente, un análisis más detallado muestra algunos aspectos muy preocupantes para los ucranianos. En primer lugar, la fuerza invasora se formó retirando algunos batallones de las mejores brigadas de otros frentes, que comenzaron a desmoronarse desde ese momento, con la pérdida de numerosas e importantes localidades. La caída de la ciudad fortaleza de Vugledar, el 1º de octubre, punto defensivo central en Donetsk, que resistió diferentes ataques desde el inicio de la invasión, es un indicador del deterioro de la capacidad militar ucraniana.
En segundo lugar, la gran preparación del personal militar ucraniano involucrado, además de la sorpresa, explicaría los rápidos avances iniciales. Sin embargo, el hecho de que guardias fronterizos y reclutas con poco entrenamiento pudieran contenerlos en gran medida y lentificar su avance debiera preocupar a los mandos ucranianos. Esto es especialmente grave cuando poco después llegaron a modo de refuerzo algunas tropas profesionales rusas. Además, el problema es mayor para los ucranianos porque la invasión de suelo ruso permite involucrar en la lucha a cientos de miles de reclutas que por ley no pueden servir fuera del país. Si consideramos que otro de los posibles motivos ucranianos fue que el Ejército ruso disminuyera su presión en otros frentes, al tener que trasladar tropas hacia allí, esto no ha sucedido; por el contrario, la presión en esos frentes se ha intensificado, facilitada por el re- tiro de tropas de elite ucranianas hacia Kursk.
Por otro lado, poco después de la invasión, las imágenes publicadas en los medios rusos mostraban una destrucción masiva de tanques, blindados y otros armamentos ucranianos; cantidades muy superiores al día de hoy a las observadas el año anterior en el mismo lapso en la ofensiva en Zaporiya. Tal nivel de destrucción difícilmente pueda sostenerse mucho tiempo más y podría impedir reforzar los puntos más comprometidos por los avances rusos. La llegada de la raspútitsa (tiempo de los “caminos embarrados”) de otoño, que comenzó a anegar los caminos a principios de octubre, puede ser más perjudicial para los ucranianos que para los rusos: hay una sola ruta pavimentada desde la frontera hasta las posiciones que ocupan en Kursk, lo cual facilitará los ataques a la logística de los invasores.
Más allá de los motivos declarados por las autoridades ucranianas o supuestos por los analistas occidentales, habría que considerar si uno de los principales no fue lograr un éxito –aunque sea temporal– para inclinar al electorado en Estados Unidos hacia los demócratas. El triunfo de Donald Trump implicaría el traslado de los principales esfuerzos contra China. Kursk hubiese justificado frente a los ciudadanos que los fondos aportados no fueron en vano y que la victoria era aún posible. Si esta interpretación es correcta, la meta de las tropas ucranianas fue resistir por lo menos hasta las elecciones presidenciales estadounidenses a principios de noviembre. Una victoria demócrata, aunque finalmente evacuaran Kursk, hubiese permitido mantener teóricamente el apoyo de Estados Unidos por los próximos años.
Esto sería particularmente importante en un contexto donde aumentan los recelos en Europa a aportar fondos o armamentos. Pero, vistos los creciente obstáculos de la ofensiva, habría que plantearse cómo terminaron influyendo en la votación en Estados Unidos. Es llamativo que las autoridades de la ciudad fronteriza de Sumy, de donde partieron los invasores, iniciaran poco después la evacuación hacia la retaguardia de los poblados cercanos, un indicador acerca de cómo algunos dirigentes ucranianos evaluaban el resultado de la ofensiva y las próximas acciones rusas en la región.

“Como resultado inmediato de la invasión, numerosos periodistas y personalidades ahora muy radicalizados, exigen al gobierno adoptar una posición más dura hacia Kiev, incluyendo el uso de armamento nuclear.”

Una de las interpretaciones más repetidas en Occidente fue la humillación que representó la invasión para Putin, haciendo incluso algunos medios de comunicación un análisis de sus gestos y reacciones no verbales al comunicar la noticia a los habitantes del país. Efectivamente, fue la primera invasión en gran escala al territorio de Rusia desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, estas mismas fuerzas con sus acciones realizaron una campaña de propaganda a favor del gobierno ruso. Soldados ucranianos subieron a TikTok imágenes haciendo el saludo nazi al entrar a Kursk, o desplegando la bandera de la división ucraniana de la SS Galitzia; incluso un periodista italiano entrevistó allí a un coman- dante con una gorra con un emblema nazi. Otras imágenes del saqueo de supermercados o del maltrato a prisioneros y civiles rusos fueron transmitidas reiteradas veces en los me- dios públicos o en las redes. Lejos de ser un golpe al gobierno, la invasión ha servido para convencer a amplios sectores de la población –hasta ahora moderados– de la veracidad de los argumentos empleados en 2022 cuando se declaró que el ataque a Ucrania era la forma de acabar con los neonazis (los “ucronazis” se dice en los medios de comunicación) y garantizar la seguridad de Rusia. Al mismo tiempo, el empleo masivo de armamento occidental también contribuyó a presentar a la OTAN como la que organizó el ataque y, por lo tanto, afirmar la necesidad de imponer la futura desmilitarización y neutralidad de Kiev a toda costa. Como resultado inmediato de la invasión, la portavoz de la Cancillería rusa comunicó que quedaba suspendida en adelante la posibilidad de cualquier negociación. Numerosos periodistas y personalidades ahora muy radicalizados, exigen al gobierno adoptar una posición más dura hacia Kiev, incluyendo el uso de armamento nuclear. En este estado de ánimo hay que interpretar los cambios en la doctrina sobre el uso de armas nucleares anunciado a principios de septiembre por el viceministro de Relaciones Exteriores Serguéi Riabkov: aún en caso de un ataque convencional enemigo, Rusia podría emplear esas armas. Así, lejos de debilitar a Putin la invasión ha logrado mayor cohesión en torno al discurso y las medidas del gobierno.

UNA SITUACIÓN DESFAVORABLE

No obstante, queda pendiente la cuestión de cómo la inteligencia rusa no detectó la concentración de cientos de transportes, blindados y tanques, además de casi 12.000 soldados con todos los suministros necesarios. Si consideramos la disponibilidad de drones, imágenes satelitales y seguramente informantes en el territorio de Sumy (donde después de la ucranización forzada, en 2023 el 23 por ciento de la población aún declaraba al ruso como su lengua habitual; antes de 2022 era más del 60 por ciento), es muy llamativo este error de apreciación, si bien nunca se puede descartar el error humano.27
Haciendo una analogía histórica, una crítica similar enfrentó el gobierno israelí en la Guerra de Yom Kipur de 1973 cuando las Fuerzas Armadas de Egipto y Siria comenzaron un ataque repentino y masivo. Años después, al desclasificarse los documentos sobre ese hecho, se reveló que la primera ministro israelí Golda Meir informó al gobierno de Estados Unidos acerca de su intención de lanzar un ataque preventivo –como aquel realizado en 1967 en la Guerra de los Seis Días, en una situación similar–. Tanto el presidente Richard Nixon como el secretario de Estado Henry Kissinger desaconsejaron tal acción: Israel, a pesar de las bajas, debía aparecer como víctima para lograr el respaldo total en Estados Unidos y otros países aliados. Tal vez habría que considerar la posibilidad de que otros motivos, más allá de la in- competencia de la inteligencia rusa, expliquen el desarrollo de los acontecimientos en Kursk. En la Segunda Guerra Mundial, a pocos meses de terminar el conflicto, los nazis lanzaron dos grandes ofensivas: hacia el Oeste, la de las Ardenas, en diciembre de 1944; hacia el Este, la del Lago Balaton, en marzo de 1945. Teniendo en cuenta el nivel de desgaste ucraniano, habría que pensar si la ofensiva en Kursk no es también un intento de usar las últimas fuerzas disponibles para revertir una situación que se está volviendo cada vez más desfavorable para los mandos ucranianos en el Donbás.
La repentina renuncia, el 3 de septiembre de 2024, de algunos ministros de Zelenski es presentada como una reorganización del gobierno, pero tal vez sea la forma que algunos funcionarios encontraron de poner distancia con un gobierno en declive.

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