Artículo online - Publicado el 09-04-21

Debates

REFLEXIONES DESDE EL MÁS ACÁ

Por Fernando Petrella
Fue Subsecretario de Relaciones Exteriores, Vice Canciller, Embajador en las Naciones Unidas, Director del Instituto de Servicio al Exterior de la Nación (ISEN). Miembro del CARI. Profesor ISEN y Profesor visitante de las universidades de Córdoba y Austral.

En el año 2006 Carlos Ortiz de Rosas, uno de los diplomáticos argentinos más destacados y mundialmente respetado, reflexionaba así:

 

“…Tendremos que bregar por una Nación que inspire confianza, enrolada en las tendencias mundiales que marcan rumbos, con instituciones sólidas y respetadas, con seguridad jurídica, estabilidad democrática y un fuerte desarrollo económico. Entonces, con continuidad en las ideas, con perseverancia y con tenacidad, nuestro legitimo reclamo terminará por prevalecer como se imponen siempre las causas justas…” (Carlos Ortiz de Rozas, Historia Oficial Británica sobre las Islas Malvinas: Análisis Critico. Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, 2006, pág. 42).

 

El párrafo anterior nos señala que, tanto en política exterior como en su instrumento, que es la diplomacia, lo que realmente importa es lo que cada actor hace -sea persona o Gobierno- para generar cambios que mejoren su situación relativa. Señala, además, que las circunstancias debemos crearlas nosotros, así como la iniciativa, nunca esperarla del “otro”. Para ello existe la negociación, que es la manera de que los conflictos no se resuelvan por la fuerza. Pero los diplomáticos más experimentados han aprendido de la historia que una negociación, en principio, no asegura el 100 x 100 del éxito. Una negociación, para considerarse exitosa, supone siempre un “compromiso”. Esto es, que cada negociador satisfaga, en parte, la base de su posición. Sólo así se asegura una sustentabilidad del arreglo. Que cada “actor” se lleve algo a su casa. Tampoco esto supone “dormir en los resultados”. La historia indica, y los diplomáticos también saben, que siempre hay que estar encima de las cosas. Que no hay “santos” en el sistema internacional, y que los somnolientos o distraídos suelen tener un despertar tormentoso.

 

El párrafo de Ortiz de Rozas citado al principio (Ver asimismo CARI. Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, Diplomacia Argentina en las Naciones Unidas, 1991/99. 2008) se refiere a las negociaciones, largas y pendulares, entre Argentina y el Reino Unido sobre las Islas Malvinas. Esas negociaciones nacieron  auspiciosamente en 1965, hace más de cincuenta años. En ese extenso periodo, el mundo cambió sustancialmente y también -nos guste o no- cambió la interpretación e interrelación de las reglas aplicables a la descolonización y a los conflictos territoriales: “Interests”, “self determination”, “peoples”, “territorial integrity”, “hearts and minds”, etc. De allí que resulte aconsejable adaptar las tácticas, lo que en modo alguno implica cambiar los objetivos. Requiere mayor sabiduría y menos conservadorismo estéril que se refugia siempre en el ámbito doméstico. Esta última conducta es vista como reflejando inseguridad para un eventual, pero necesario, encuentro cara a cara. Temor a la mesa de negociación y a la mirada de la otra parte que nos interroga con los ojos y pregunta: ¿Por dónde empezamos? Pero lo único que nunca debería cambiar es la idea de que la aproximación es siempre más útil que la confrontación. La confrontación cierra los caminos, consolida el status quo que, en definitiva, favorece a la contraparte. Cuando Argentina llevó a cabo una diplomacia de aproximación (1972/1982) las Islas pasaron a estar de hecho bajo nuestro control. La conectividad fue factor esencial. En Naciones Unidas nos auguraban que, vuelta la democracia, la ansiada solución se concretaría gradualmente. En los años de Cavallo / Di Tella / Rodríguez Giavarini, la conectividad volvió a ser factor que inclinaba la situación de hecho, poco a poco, en favor de la Argentina. Se hablaba informalmente de todos los temas y la “soberanía” nunca estuvo excluida. El Vice Canciller británico visitó las Islas y declaró: “No puede haber transferencia de soberanía por la fuerza… podría verse una discusión en el futuro….pero nunca por la fuerza…” (Penguin News, julio 1993). Evidentemente la conectividad, las buenas relaciones bilaterales y la amistosa disposición hacia los isleños, ayudaban al contexto. Los Isleños duros decían que los argentinos son verdaderamente peligrosos cuando son sensatos. Durante las gestiones de los ministros de relaciones exteriores Malcorra/Faurie; Theresa May, Primer Ministro del Reino Unido, le envió una carta a Mauricio Macri admitiendo las diferencias (disputa) y proponiendo temas concretos de discusión. El vice Canciller Duncan vino a Buenos Aires y emitió conjuntamente con el Vice argentino, el Embajador Foradori, un comunicado que establecía obligaciones reciprocas. La oposición lo criticó duramente pero sin fundamentos, soslayando que para resultados concretos hace falta tiempo y continuidad. Igual que en la economía y para las inversiones. Actuamos como si, nuevamente, se temiese enfrentar la realidad para avanzar pavimentando las coincidencias. Volvió el temor a encarar a la otra parte desde las convergencias. Volvimos a escondernos adentro de casa.

 

Ahora bien, los cambios sistémicos pueden ayudar pero nunca sustituir lo que nos corresponde hacer a nosotros. Ni la opinión de la Corte Internacional de Justicia en el caso Chagos es tan “favorable” (Un jurista de la CIJ muy próximo a la Argentina sostuvo que la autodeterminación es un derecho humano individual), ni el Brexit hará del Reino Unido un país menos gravitante. Lo probable es lo contrario. Repasemos la historia británica. Pero el Brexit parece impulsar la idea de Londres de un acuerdo comercial con el Mercosur. El Foreign Office no ignora que dicho acuerdo traería la cuestión de Malvinas al tablero negociador otra vez. No lo ignora. No dan puntada sin hilo.

 

Volviendo a Ortiz de Rozas, hace pocos días un economista destacado, Remes Lenicov, coincidió al sostener, como muchos, que hay que generar seguridad jurídica para atraer capitales y crear empleo genuino, sin exprimir al sector productivo (mal llamado “sector privado”). En economía, igual que en política exterior, hay que asumir la realidad y trabajar sobre ella, mirando al mundo. Sólo de nosotros depende.

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