Carta del Director

Revista N° 63 -

Anibal Jozami


Desde el inicio pensamos que Archivos del Presente debía ser un vehículo que generara debate y una mirada ampliada de la situación internacional. En la edición de cada número tratamos de esquivar las urgencias de la coyuntura más inmediata, de los reclamos de la actualidad más rabiosa, los títulos de la última hora. En este proceso, la Carta del Director ha sido siempre una suerte de cierre de cada número, la tarea que me reservo específicamente dentro del equipo de nuestra revista, y en el que sí se filtra, de alguna manera, la coyuntura del momento.

El hic et nunc de la situación internacional es, en líneas generales, una reiteración de los pesares que el Sistema Mundial (lo que queda de él, o lo que en algún momento supo ser) viene padeciendo en los últimos años. En este tiempo nunca ha dejado de consolidarse la certeza de que vivimos en un planeta crecientemente inseguro y con recurrentes crisis económicas, que se caracterizan por la amenaza de contagio global. Dicho de otra manera: del terrorismo modelo ISIS al tembladeral financiero griego. Además del terrorismo y las crisis económicas, extiendo ahora este personal recorte que hago al restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba y a la encíclica Laudato Si del papa Francisco.

Algunas señales que emite con insistencia el mundo no son halagüeñas. Continuamos en un derrotero en ebullición. Se trata de un sistema ajado y sometido a tensión cotidiana, un sistema que hace lo que puede, mientras siguen sin aparecer indicios de una evolución de la arquitectura global que permita una gestión diferente a escala planetaria.

El escenario griego nos devuelve, de alguna manera, a la crisis argentina de 2001 y repone una vez más y lamentablemente, la discusión sobre la gobernabilidad, más precisamente, sobre la incapacidad de la política para gestionar la cosa pública una vez que la situación económica se revela destructiva. Aquella incapacidad política estuvo en el origen de la crisis argentina. Algo similar ocurre en el caso de Grecia. A ninguna de las dos naciones le es ajeno el deterioro de la clase dirigente. La situación se agravó de la mano del Diktat externo, que hace un inestimable aporte a que se escurra de las manos del Estado nacional, en este caso el griego, lo que alguna vez fue el sólido concepto de la soberanía. Ocurre que las crisis ya no son nacionales y sólo aparentemente están localizadas. Ni bien surgen se despliega el temor del contagio.

Se pueden cargar las tintas sobre el Fondo Monetario Internacional y sus pares en la troika –la Comisión Europea y el Banco Central Europeo– y su responsabilidad de no haber presionado a los anteriores gobiernos griegos, sobre todo desde 2010, para que procedieran a realizar una reestructuración de su deuda. Esta omisión habría actuado de caldo de cultivo para que estallara con mayor virulencia en el futuro, que es hoy, la crisis. Esta postura permite archivar la cuestión pero no identificar realmente la complejidad real del caso. Aceptar o rechazar la receta ortodoxa puede tranquilizar alguna conciencia, pero no resuelve un problema. En la Argentina tenemos una larga experiencia respecto de la esgrima retórica sobre la inviabilidad de apretar al enfermo más allá de las pocas reservas que conserva. Oscilar entre la incompetencia de las administraciones griegas y la incapacidad de la troika como pronosticadores de la situación nacional tampoco es un camino fructífero.

El plan de rescate de 2010 pudo haber estado mal prefigurado. No obstante, ello no quita relevancia al hecho de que los organismos internacionales y comunitarios optaron por la “solución” política de huir hacia adelante y apoyar una administración políticamente moderada, con la ilusión que de esta manera se encapsularía la crisis dentro de las fronteras griegas.

Grecia puede ser el motor de una crisis teleológica de la UE. Es a lo que de alguna manera se refiere el historiador británico Timothy Garton Ash, cuando plantea que “Europa debe salvar a Grecia” porque “si las consecuencias de que permanezca en la eurozona serán malas, las de que se vaya serían aún peores”. Cree que puede ser el inicio de un dominó por parte de otros miembros que son también deudores significativos, lo que llevaría a un contexto signado por la agresividad especuladora de los mercados.

Además de un riesgo largo para la cosmovisión comunitaria, hay una realidad concreta: uno de cada cuatro habitantes de Grecia está sin trabajo. El mismo Garton Ash desliza: “¿Por qué deben los pueblos trabajadores del norte de Europa, que han soportado las reformas estructurales y la austeridad, seguir pagando a los que no lo han hecho?”. La pregunta recuerda el envoltorio en el que venía el reclamo del ajuste de los organismos internacionales hacia la economía argentina en la crisis post-2001. En aquella oportunidad se contraponían los bonos argentinos defaulteados y la necesidad de cuidar el ahorro de los plomeros y carpinteros estadounidenses que habían confiado en aquellos.

Estamos ante una urgencia de realpolitik que se deglute sin miramientos toda la nobleza de la cosmovisión europea. El cientista político Roger Senserrich dice que los líderes griegos “deben ser capaces de proponer soluciones que el resto de los dirigentes europeos puedan vender a sus electorados”. El hecho es simple, crudo: más allá de la efectiva condición de enfermo casi terminal que acredite Grecia y la eventualidad de que se pueda acordar sobre la necesidad de una quita de su deuda, y aún pese a la viabilidad teórica de concluir sobre lo inútiles y contraproducentes que fueron las reformas impuestas por Bruselas a Atenas en los últimos años, lo cierto es que cualquier plan de acción griego para salir de la crisis debe ser políticamente aceptable puertas adentro de los países. No permitirán que el desastre griego los lleve a una derrota política personal que los deje afuera del poder.

Mientras tanto, el viernes 26 de junio quedó patente el déficit de seguridad global: en un lapso no mayor a tres horas se produjeron tres atentados que arrojaron un muerto en París, 27 en Kuwait y 37 en Túnez. Hasta el momento en que escribo estas líneas ha sido el último gran acto terrorista de todo un año, el último, que estuvo jalonado por una secuencia estremecedora protagonizada por ISIS. Una amenaza constituida en proyecto político que no parece ni que vaya a ceder ni que los Estados comprometidos con el objetivo de paz, sean de Occidente u Oriente, vayan a poder articular una estrategia efectiva para su desarticulación.

Tal vez la magnitud de la amenaza militar de ISIS no sea su principal activo, sino la capacidad de aterrorizar que viene demostrando por la espectacularidad y difusión de sus crímenes. El Sistema Internacional también se rige por símbolos e imágenes. ISIS aterroriza mediante las tecnologías de la comunicación. ¿Están preparados los dirigentes y las naciones del mundo para gestionar este desafío? Pero ISIS no es el único carril que tiene la autopista de la inseguridad global. Hay otros que se presentan como menos dramáticos y algunos hasta pueden ser presentados con optimismo, aunque ciertamente muy moderado.

En el tramo final de su mandato presidencial, Barack Obama está ausente de la crisis europea, pero esperanzado en mejorar la relación con Irán que, se ilusiona, contribuya a estabilizar Oriente Próximo. Una perspectiva que hay que relativizar ante la sombra de ISIS y la continuada falta de una política acertada hacia el área por parte del gobierno estadounidense. No hay que restar valor a la posibilidad de terminar de cerrar un acuerdo nuclear con Teherán, pero su impacto será acotado y su incidencia regional presumiblemente tenue.

La administración estadounidense también dedica sus últimos esfuerzos a una cuestión netamente simbólica, que puede parecer tener que ver con la seguridad hemisférica, pero que en este aspecto es testimonial. El restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba no implicará de hecho ninguna morigeración en los niveles de seguridad regional. Hace décadas que el régimen castrista no constituye una amenaza para la paz. La negociación entre ambos gobiernos generará efectos benéficos para las sociedades de ambos países, que pueden llegar también levemente al resto de América Latina. Para los cubanos, la eliminación del bloqueo creará perspectivas auspiciosas en materia económica. Una puerta que puede conducir a la reducción de la carestía crónica que dificulta, por decirlo suavemente, la vida cotidiana de los habitantes de la isla desde hace décadas. El pasillo que lleve a la ampliación de las libertades civiles en Cuba seguramente será más estrecho y largo, pero todo parece indicar que el camino que comenzaron a transitar Washington y La Habana es irreversible.

Finalizo esta Carta alejándome de la coyuntura. Semanas atrás, el papa Francisco dio a conocer la primera encíclica enteramente suya: Laudato Sí. Identificarla, como muchos lo han hecho, como la encíclica verde es restarle el valor político que tiene. Sí, valor político. Es cierto que gira en torno a la denuncia del estado dramático en que se encuentra el planeta en términos medioambientales, pero avanza en las razones económicas de la precariedad ecológica del mundo y las consecuencias políticas y sociales degradantes que aquellas acarrean.

Francisco habla de la crisis ética, cultural y espiritual como rasgo del momento actual de la modernidad, por lo que excede los límites de una encíclica verde. “No podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el medioambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”.

El Papa puntualiza la disfuncionalidad del Sistema. Algún fundamentalista podrá tildarla de una afirmación antieconómica y antitecnológica; pero lo cierto es que Francisco plantea la integralidad y la gravedad de la tragedia política de la cual es indicio el estado del medioambiente. “El mercado por sí mismo –dice– no garantiza el desarrollo humano e integral y la inclusión social (…) los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes, aunque deban analizar el nivel escandaloso de consumo de algunos sectores privilegiados de su población y controlar mejor su corrupción. También es verdad que deben desarrollar formas menos contaminantes de energía, pero para ello requieren contar con la ayuda de los países que han crecido mucho a costa de la contaminación actual del planeta”.

Es la palabra del Papa. Es cierto, son palabras y los resortes de poder de los que dispone no son equiparables a los que manejan los otros jefes de Estado. Sin embargo, la potencia política de este papado no debe ser desestimada, ya que en el breve tiempo que lleva al frente del Vaticano se ha constituido en una referencia política global. Palabras, sí, pero difíciles de desatender.

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